Ginés no firmó la carta, y sin releerla, la dobló y la introdujo en el sobre, por el que pasó su lengua para que quedara cerrado. La dejó encima de su mesa y se echó hacia atrás en su sillón de cuero negro, que le servía como perfecto lugar para siestas improvisadas. Cerró los ojos un momento, pero estaba nervioso, y no aguanto mucho tiempo sentado.
Caminó por la oficina vacía, silbando una melodía inventada, acariciando con la yema de los dedos cada milímetro del sobre, mirando cada mesa de trabajo, que a esas horas nadie ocupaba ya. Llegó al punto opuesto de su despacho, y en esa mesa depositó, dejándola bien visible, la carta que tan cuidadosamente había escrito, que no había firmado, y que había doblado perfectamente e introducido en el sobre. "Así aprenderás a no entrometerte en las relaciones de tu jefe, chaval" se dijo a si mismo. Por un instante se detuvo junto a la mesa, con la mirada perdida, dudó.
Sólo tuvo que acordarse de lo que su hermosa secretaria le había dicho aquella misma tarde, para eliminar todo atisbo de duda. "Tú no has dejado a tu mujer se atrevió a soltarme la muy... Maldita sea, no sé que me está pasando, pero no puedo permitirlo, no puedo, no" se decía a si mismo constantemente, aquella joven le volvía loco, nunca nadie le había entregado tanto su cuerpo y su alma como aquella muchacha que ahora le traicionaba. Negaba con la cabeza, "no he tolerado que nadie juegue con mis putitas jamás, y con ella... ¡Jamás!" golpeó con los nudillos el sobre donde le había puesto las cosas muy claras a su joven empleado. Y se marchó airado de la oficina.
Continuará...