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viernes, 1 de julio de 2011

Zanahoria

Con mis dedos escribo palabras que con la boca callo,
y quiero parar,
marcharme de este erial que me rodea,
dejar de buscarle grietas al muro levantado;
darme la vuelta,
alejarme,
no mirar atrás
alejarme,
alejarme...


Porque no hay peor sensación que el hambre cuando la comida está tan cerca pero sólo la puedes oler.
Porque me siento un burro con una zanahoria atada a un palo,
mis pasos son torpes,
pero mis ojos brillan como nunca
y de mi boca sale un ardor invisible,
enérgico,
con la esperanza de que en el fondo,
nunca me de por alejarme,
nunca me de por abandonar mi zanahoria.

jueves, 5 de mayo de 2011

Mareos

Es tarde, tardísimo;
y cada vez más lejano
padezco
-en pecho, ojos y manos-
la cruel sensación 
de desequilibrio y mareo 
ante la realidad que irradia el presente.
Insomne y exhausto,
con la mera compañía del teclado que percuto con la ansiedad de un enfermo sin cura,
con ella dentro metida,
abierta mi piel de par en par
y sangrante;
ciego de ver sus ojos,
de admirar el contorno de su figura (mil veces recorrida) vetada,
manco de negar una caricia que me abrasa,
de rozar "accidentalmente" el pelo que ahora se me prohibe revolver.
Negado el gusto recurro al olor,
el mareo aturde y aspiro más fuerte,
convencido,
anestesiando el dolor si te respiro,
cojo aire,
mis venas bombean metralla
a mis pulmones,
invencibles, irreductibles,
mientras yo (mis restos)
reducido a la mínima expresión por las luchas de mi interior,
chapoteo en el inmenso océano de la -imbécil- esperanza.

jueves, 29 de enero de 2009

Rendijas

Miraba embobado el transcurrir de las nubes desde hacía horas. Era uno de esos días en los que hay una gran nubosidad, pero en los que se ven trozos del cielo azul a ratos, entre las rendijas de las destartaladas nubes. Era feliz en días como ese, en los que ante sus ojos negros, caídos y cansados, iban pasando ,ignorantes, imágenes llenas de matices, en blanco y negro pero con tintes azules tan puros como no hay más. Además, estos azules se veían cada vez en una forma distinta, siempre dependiendo del azaroso camino que siguiera el recorrido de las nubes.

Desde el blanco virgen de las nubes más jóvenes, hasta el gris más oscuro de las que recorren el cielo buscando un lugar donde descargar el húmedo lastre, el abanico de grises era inacabable, y se mezclaba constantemente ofreciendo otros nuevos, en una espiral sin fin.

Pero, la noche se acercaba con terrorífica alevosía, y sabía que los matices se perderían, que todo caería en el pozo de la más absoluta negrura, que todo se difuminaría en un espesor desasosegante, vil. No recibía la noche con gusto en días como aquel, quizá mañana
no depararía un cielo con esas nubes, con ese azul del cielo tan vivo, con ese Sol escondido luchando por iluminar y permitiendo el espectáculo de hoy. Quizá mañana un espeso manto de nubes negras y uniformes sería lo único que se encontraría, y con ello la desesperanza.

Cerró la ventana, pero antes de correr la cortina, una sonrisa iluminó su cara. Se acercaba el Sol al horizonte y el ocaso inundaba desde la lejanía hacia él mismo, y pudo ver por el lado contrario al que se ponía el Sol, una luna, una luna llena que esperaba su momento. Tomaría la noche y la iluminaría, y la llenaría de su fulgor prestado, y serían otros matices, otra belleza, pero habría matices y belleza.

Y la ventana volvió a abrirse.