Hace muchos años que quiero tatuarme. Desde bien pequeño me ha atraído el poder imprimir algo en mi piel, hacerlo permanente, para toda la vida. En este mundo en el que vivimos, en lo que todo vuela, todo pasa rápido, y cuanto más mejor, donde lo fugaz se ha apoderado de las amistades, del amor, de las relaciones, donde hay que ir a un ritmo desenfrenado para poder seguir en la onda, me gusta ese significado que tiene lo permanente, lo que es para siempre, las cosas que hacemos con un sentido y un fin irrevocable.
Llevo mucho tiempo pensando qué significado le quiero dar al tatuaje que me haga, qué dibujo será, el tamaño, el color, dónde me lo haré... Muchas elementos que hay que valorar porque joder, ¡es para siempre! Tampoco me he atrevido realmente a ir a un tatuador y decirle, oye mira quiero algo así así y así, he sido más de mirar por mi cuenta cosas por Internet, o en reportajes de alguna revista, o fijándome si veía un tatuaje por ahí, nada en plan serio. Y ese es el problema, que no me pongo un día y digo, venga, me lo hago. Antes, porque era pequeño, porque era caro, porque bla bla bla... Ahora, que si en verano sudas y se puede estropear, que si busca un tatuador del que te hayan hablado bien y sea de confianza, y ¡coño! lo más importante, ¿qué me voy a hacer?
Bueno, esta vez más o menos lo tengo decidido, y espero que antes de fin de año tenga conmigo ese símbolo de lo que perdurará en mi cuerpo hasta mi descomposición o incineración.
Veremos.