Siento envidia de mis propios recuerdos,
miro con resentimiento a mi interior,
a la subconsciencia más profunda de mi ser
que mantiene frescas las imágenes que mis ojos empiezan a olvidar.
El efecto de difuminado,
dañino,
corrosivo con un corazón que vomita su verdad
en las largas noches de un verano frustrado,
inquieto
y padeciendo la terrible realidad del paso del tiempo,
la degradación de la viva imagen de la propia historia,
esa que no se escribe en libros,
sólo en arrítmicos y enfermos versos
para nadie más que la soledad.
Desgastada mente que empuja hacia abajo las sonrisas,
yacen bajo las vísceras quemadas del subconsciente impenetrable,
se esconde lo que me quedaba,
intangible, si,
pero lo que me quedaba.
La soledad no es soledad mientras no se escondan de uno hasta los recuerdos,
y desespera.
En las noches, esa soledad,
desespera.
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martes, 17 de mayo de 2011
miércoles, 23 de marzo de 2011
Cuervos en mi ventana
Oigo graznidos de los cuervos más oscuros a través de mi ventana abierta.
De par en par dejo entrar el gélido aire invernal. Que recorra mi cuerpo desnudo e inerte, el que quieto baila al son de una danza furibunda y demencial. Agarrotado, con los ojos abiertos y enrojecidos, mirando al techo gotear la sangre de mis cabezazos, mascullando el dolor sin queja, supurando una bilis amarga y suplicando el descabello.
Que sea silencioso, como el tiempo perdido en extrañas enajenaciones; que sea efectivo, como las desesperadas palabras pronunciadas en busca de un no se qué que nunca llega; que sea profundo, como la pureza del amor desmedido que burla a un corazón deshecho; que sea inmune, para no contagiarse del absurdo amargor de la saliva perdida en batallas sin sentido.
La rabia por este odio sensible enquistado en cada rincón de mi me produce el vómito, me atraganto con la dulzura de palabras pronunciadas con la sinceridad mirando a otro lado, con los actos aberrantes de una mente desquiciada me abro las venas y suplico por el perdón y la verdad. Mis manos se agrietaron de cavar trincheras en enormes rocas, de destrabar cerrojos de las puertas de un destino supuestamente escrito, de golpear las barreras de quien dijo imposible, de lavar en ríos de fuego la ropa manchada por noches en vela.
Y los cuervos siguen llenándome de pánico, pero no puedo cerrar la ventana.
De par en par dejo entrar el gélido aire invernal. Que recorra mi cuerpo desnudo e inerte, el que quieto baila al son de una danza furibunda y demencial. Agarrotado, con los ojos abiertos y enrojecidos, mirando al techo gotear la sangre de mis cabezazos, mascullando el dolor sin queja, supurando una bilis amarga y suplicando el descabello.
Que sea silencioso, como el tiempo perdido en extrañas enajenaciones; que sea efectivo, como las desesperadas palabras pronunciadas en busca de un no se qué que nunca llega; que sea profundo, como la pureza del amor desmedido que burla a un corazón deshecho; que sea inmune, para no contagiarse del absurdo amargor de la saliva perdida en batallas sin sentido.
La rabia por este odio sensible enquistado en cada rincón de mi me produce el vómito, me atraganto con la dulzura de palabras pronunciadas con la sinceridad mirando a otro lado, con los actos aberrantes de una mente desquiciada me abro las venas y suplico por el perdón y la verdad. Mis manos se agrietaron de cavar trincheras en enormes rocas, de destrabar cerrojos de las puertas de un destino supuestamente escrito, de golpear las barreras de quien dijo imposible, de lavar en ríos de fuego la ropa manchada por noches en vela.
Y los cuervos siguen llenándome de pánico, pero no puedo cerrar la ventana.
hablo de
amor,
bailar,
dolor,
miedo,
pensamientos,
sentimientos,
ventana,
vomitar
lunes, 28 de febrero de 2011
Vomitando
Las excusas arañan la soledad de mi cama vacía.
Mis brazos languidecen
al ritmo de pianos desafinados,
con cuerdas de acero cual cabellos lacios
percutidas por un martillo huidizo.
El sonido odioso,
la caja de resonancia oxidada,
mi armonía rota en mil pedazos
y cada pedazo en cienmil más.
El sentir vacío de mi pecho extraviado,
un sentimiento inerte al son de un reloj parado,
una mirada perdida al horizonte,
los ojos del color desconocido.
Y hablar ya no hablo,
y ver no veo,
y escuchar ni quiero.
Pero escribir vomito.
Mis brazos languidecen
al ritmo de pianos desafinados,
con cuerdas de acero cual cabellos lacios
percutidas por un martillo huidizo.
El sonido odioso,
la caja de resonancia oxidada,
mi armonía rota en mil pedazos
y cada pedazo en cienmil más.
El sentir vacío de mi pecho extraviado,
un sentimiento inerte al son de un reloj parado,
una mirada perdida al horizonte,
los ojos del color desconocido.
Y hablar ya no hablo,
y ver no veo,
y escuchar ni quiero.
Pero escribir vomito.
La piel se cae a tiras en noches así.
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