Te envío los besos más grandes, como sólo pueden serlo los últimos.
Te quiero.
Las lágrimas desgarradas de ella fluían por su rostro como un río salvaje, erosionando su piel lechosa; caían rabiosas, corriendo la tinta del papel, fusionándose el dolor de ella con las letras de él.
No había remedio, ni para las noticias que traía la carta, ni para la locura desesperante que atacó a la muchacha, haciendo saltar por los aires su sistema nervioso. Temblaba, gritaba y lloraba. Su mente era una niebla confusa plagada de rabia e impotencia, una impotencia insostenible y abrumadora.
Al menos no tuvo que sufrir el verle a él escribir sus últimas palabras con un lápiz del tamaño de una uña, a la luz ínfima que se colaba por una hendidura de la puerta, en un estado penoso de delgadez extrema, donde sus huesos eran salientes picudos, y su piel amoratada se resquebrajaba con soplarla.
No vio como los guardias lo levantaron del helado frío de su celda, y lo arrastraron inhumanamente hasta el patio, donde lo arrojaron al lado de otros prisioneros infectos como él.
No vio como los colocaron en fila delante de un grupo de jóvenes soldados con la mirada asesina de un viejo lobo.
No vio como un capitán bien trajeado y con la panza llena dio la orden.
No vio como los viejos lobos con uniformes militares apretaban los dientes y soltaban ráfagas de ametralladora contra los escombros humanos que tenían delante.
No tuvo que ver como el cuerpo de él recibía con sacudidas y espasmos las balas.
No tuvo que ver como la sangre brotó a chorros de su cuerpo.
Ni siquiera tuvo que ver como, inerte y sin vida, su cuerpo se desplomó contra el árido suelo.
Pero llora, grita y tiembla de pensarlo.
Lee y relee sin parar su última frase: "Te envío los besos más grandes, como sólo pueden serlo los últimos".
Y llora más, grita más alto y tiembla más fuerte.