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jueves, 20 de noviembre de 2008

La tapa de la caja

Al levantar la tapa de la caja que me habían traído aquella mañana, recordé tras muchos años los días en los que mi única preocupación era si jugaría a la comba o a las muñecas, si el maestro había mandado deberes para el día siguiente, o si el chico guapo del grupo de los mayores se fijaría en mi alguna vez.

Lloré. Lloré como si jamás hubiera llorado antes. Desbordé todo lo que había arrinconado durante años, lo que había tragado sin queja alguna y que había amontonado en mi interior y que había ido haciendo mella en mi corazón. Me embargó un desconsuelo brutal, mientras sostenía la tapa de la caja abierta, escuchando esa dulce melodía que, aunque ajada por los años, se había mantenido casi intacta al pesado paso del tiempo. Ese mismo tiempo en el que yo había dejado de ser una niña ingenua, es el que la música que estaba escuchando había esperado para volver a mostrarse, inundando el silencio que sólo roto por mi llanto, desgarrador y punzante, envolvía todo en un tinte lastimoso.

Me enjuagué las lágrimas con la manga e intenté serenar el gesto, torcido como un hierro oxidado y dolorido como un enfermo terminal. Respiré profundamente varias veces, y cerré la tapa de la caja, y guardé ésta bajo la cama. Me puse en pie lentamente y caminé pesada hacia la ventana, donde me asomé a la escasa luz que entraba. Veo poco más que gentes lejanas y calles infranqueables, veo formas y una normalidad en los gestos que desconozco, que me aterran.

Entonces, cierro los ojos y me aferro fuertemente a los barrotes.

Me alejo.