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viernes, 22 de octubre de 2010

Colectivo porteño (I)

La primavera porteña es calurosa y húmeda. Esperando al 60 en la parada, siento las primeras gotas de sudor provocadas por el Sol que atraviesa la cargada atmósfera de la ciudad, y estos rayos llegan a mi plenos de calor y humo, recalentando mis neuronas y mis circuitos cerebrales. Mi cabeza bulle, no puede parar, da vueltas sin freno. Y a decir verdad, si alguna masa con forma humana -de las que caminan raudas sin mirar a los lados ni a los ojos de nadie- le diera por preguntarme en qué estoy pensando en este mismo instante, no sabría que carajo responder.


Ahí viene el colectivo, la puta madre, son las 12 de la mañana y el tráfico va casi marcha atrás. Le veo a 100 metros, pero no parece acercarse demasiado. Ahí va llegando. La fila de personas es de al menos 8, yo estoy el 2º, pero a la señora que está 3ª y que lleva bastón la dejaré pasar, a ver si algún alma cándida la cede el asiento para su viaje. Ahí frena, chirría todos sus años en el asfalto, llega -obvio- con las puertas abiertas desde que bajó de los 30 kilómetros por hora, con la cara de vértigo que eso le provoca a quienes se disponen a descender. 


Subo, pago mi peso veinte y camino rápido hacia el fondo, no sea que el colectivero arranque a lo Fernando Alonso y nos deje a todos tiesos, como es costumbre. Cuando agarro la barra con mis pies firmes en el suelo, apago el cerebro. Modo off absoluto.


Pero éste sólo dura un par de minutos.




¿Por qué? Ahhhh, en unos días más... ¡Continuará!