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jueves, 5 de abril de 2012

Sintiendo sueños (II)

Llego a casa empapado por la lluvia primaveral que me inunda los ojos perdidos. Desnudo mi cuerpo y mi ser en un cuarto vacío, arrojo las ropas mojadas al baúl de la nada, me acurruco en una esquina en penumbra, escondiéndome de esta noche fría, húmeda y de una soledad que trasciende mis poros estallándome en los huesos, ya resquebrajados por tantas horas de espera. De espera a algo que ni sé, ni realmente espero. Joder.


¿Acaso sigues asomándote a mi ventana? A veces pienso que tienes la llave de esta puerta que un día echaste abajo con una dulce patada, y me dan ganas de marcharme de esta casa abarrotada de recuerdos, imágenes que aun dibujan tiempos en los que yo era yo y nada más. No ahora, que soy yo con trabas, con pasado, con el presente condicionado, con las uñas carcomidas por la avalancha de un futuro que no deseo.


Y sigo mascullando en esta esquina oscura, susurrando al viento que deje de soplarme en la cara.

viernes, 2 de septiembre de 2011

En caída libre

Tus besos puro fuego,
para los que el agua no sirve.
El campo con puertas es jaula,
no hay llave que cierre la nuestra,
¿no lo sabes?
El fuego entra,
sale,
las verjas inexistentes no son nada,
sólo miedo.
Y el miedo quema,
a mi también.
Para huir de él salté al vacío,
salté y ahora,
en caída libre,
estiro los brazos, sonrío.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Cuentos (III) La llave

La ventana se volvió a abrir, si es que alguna vez estuvo cerrada.


Aquella llave, que una vez estuvo atada a una piedra preciosa pintada por tus manos y navegó por los mares del norte desde que partió de los acantilados, volvió a penetrar en la cerradura de mis entrañas. Esa llave que abre ventanas entornadas, que abrió puertas de bosques, que bailó en nuestras manos 


y en nuestras lenguas,


que nos hizo volar a rincones secretos por donde pasaban miles de personas, que nos abrió las murallas de las fortalezas más vigiladas, que activó las llamas de lejanos volcanes. 


Si, esa llave volvió a penetrar en la cerradura de mis entrañas.

viernes, 23 de enero de 2009

Sin nombre (VI)

En capítulos anteriores...

Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Sin nombre (III)
Sin nombre (IV)
Sin nombre (V)

- Cóbrate de aquí lo de hoy y lo del otro día.

El camarero me mira satisfecho, supongo que es la falta de costumbre a que le salden tan temprano las deudas.

-Bien, muy bien.
-Adiós.

No volveré. Mientras apuraba el último trago lo había decidido, y quiero que así sea. Me siento mal perdiendo el tiempo y el dinero en este tugurio donde me acabaré pudriendo sino me escapo. Bien es cierto que la causa es sobretodo económica, ya que el tiempo me sobra, pero dinero cada vez me queda menos y no me apetece acabar durmiendo entre cartones.

Fuera, una noche tranquila, de esas en las que las ratas salen de sus escondrijos y buscan alimentos entre los deshechos de la ciudad. Una fina lluvia me empapaba la cara y hacía pesaroso mi camino a casa, aunque realmente no tengo prisa, así que dejo que el agua corra por mi ajado rostro, limpiándolo de humo y melancolía. Apenas nadie se encuentra en las calles, vacías y mojadas, quizá sea la hora, aunque no sé exactamente cuánto de tarde es, o quizá el clima, o quizá nada.

Al llegar a mi portal, subo lentamente las escaleras, tambaleándome levemente -whiskys dobles corren por mis venas en atasco- y voy sacando las llaves del bolsillo. No enciendo luz alguna, me sentiría deslumbrado y realmente me gusta más así, verme atravesar como una sombra mi portal, subir las escaleras en vaivén, olvidarme de ver nada y sentir, sólo sentir. Ante mi puerta estoy, y me cuesta meter la llave en la cerradura. Suena a metal, me cuesta.

-Puta llave.

Respiro hondo un par de veces y ahora sí, entra. Giro la llave, más bien lo intento porque no se deja. No aprieto para evitar males mayores, pero lo intento repetidas veces, sin éxito. Agacho la cabeza y cierro fuertemente los ojos, rascándome el cogote, comprendiendo. Pulso a tientas el interruptor de la luz y el descansillo se ilumina tibiamente, con esa luz horrorosa y amarilla que hace brillar mi cerradura, nueva. Levanto la cabeza y veo un folio pegado a la puerta, con cuatro palabras muy claras.

"DOS SEMANAS. NO VUELVAS"

En ese mismo instante, decidí posponer mi efímero adiós.