Últimamente indago en humo,
escribo sin tinta en máquinas de escribir sin letras,
sin fuerza derribo muros de hojas secas.
Pasto en eriales lejanos,
lejanos como mis ojos derecho e izquierdo,
buscadores de reflejos que les muestren su igual,
su igual: habitante de un rostro mutilado,
despojado de la virtud de conocerse,
atado a una realidad efímera e inconsistente,
ciego de verdades.
A veces hay
una mejilla entre calaveras,
un color entre la niebla,
una flor entre cenizas.
Y tus caricias, la luz me la dan tus caricias.
Mostrando entradas con la etiqueta humo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta humo. Mostrar todas las entradas
lunes, 28 de noviembre de 2011
viernes, 22 de octubre de 2010
Colectivo porteño (I)
La primavera porteña es calurosa y húmeda. Esperando al 60 en la parada, siento las primeras gotas de sudor provocadas por el Sol que atraviesa la cargada atmósfera de la ciudad, y estos rayos llegan a mi plenos de calor y humo, recalentando mis neuronas y mis circuitos cerebrales. Mi cabeza bulle, no puede parar, da vueltas sin freno. Y a decir verdad, si alguna masa con forma humana -de las que caminan raudas sin mirar a los lados ni a los ojos de nadie- le diera por preguntarme en qué estoy pensando en este mismo instante, no sabría que carajo responder.
Ahí viene el colectivo, la puta madre, son las 12 de la mañana y el tráfico va casi marcha atrás. Le veo a 100 metros, pero no parece acercarse demasiado. Ahí va llegando. La fila de personas es de al menos 8, yo estoy el 2º, pero a la señora que está 3ª y que lleva bastón la dejaré pasar, a ver si algún alma cándida la cede el asiento para su viaje. Ahí frena, chirría todos sus años en el asfalto, llega -obvio- con las puertas abiertas desde que bajó de los 30 kilómetros por hora, con la cara de vértigo que eso le provoca a quienes se disponen a descender.
Subo, pago mi peso veinte y camino rápido hacia el fondo, no sea que el colectivero arranque a lo Fernando Alonso y nos deje a todos tiesos, como es costumbre. Cuando agarro la barra con mis pies firmes en el suelo, apago el cerebro. Modo off absoluto.
Pero éste sólo dura un par de minutos.
¿Por qué? Ahhhh, en unos días más... ¡Continuará!
Ahí viene el colectivo, la puta madre, son las 12 de la mañana y el tráfico va casi marcha atrás. Le veo a 100 metros, pero no parece acercarse demasiado. Ahí va llegando. La fila de personas es de al menos 8, yo estoy el 2º, pero a la señora que está 3ª y que lleva bastón la dejaré pasar, a ver si algún alma cándida la cede el asiento para su viaje. Ahí frena, chirría todos sus años en el asfalto, llega -obvio- con las puertas abiertas desde que bajó de los 30 kilómetros por hora, con la cara de vértigo que eso le provoca a quienes se disponen a descender.
Subo, pago mi peso veinte y camino rápido hacia el fondo, no sea que el colectivero arranque a lo Fernando Alonso y nos deje a todos tiesos, como es costumbre. Cuando agarro la barra con mis pies firmes en el suelo, apago el cerebro. Modo off absoluto.
Pero éste sólo dura un par de minutos.
¿Por qué? Ahhhh, en unos días más... ¡Continuará!
hablo de
Argentina,
Buenos Aires,
colectivo,
Fernando Alonso,
humo,
relatos
lunes, 8 de diciembre de 2008
Sin nombre (I)
Meto la llave en la cerradura y la giro, sigue como la dejé, con dos vueltas. Se abre y me percato de que me olvidé apagar la lámpara, que emite una tenue luz que me llega a través de una neblina provocada por el humo del tabaco que me fumé antes, jodido olvido el mío de no abrir la ventana antes de salir.
Huele a cerrado, a cigarrillos consumidos hasta el filtro y a coñac, también dejé la botella abierta y un vaso a medio terminar en la mesa. Bueno, tampoco importa, convivo con ello cada día y me hace compañía como para que aun no me haya tirado por la ventana, así que es un mal menor que puedo soportar. Intento dejar la gabardina en una silla estirando el brazo y sin preocuparme demasiado, con lo que cae al suelo, pero no me agacho a recogerla. Mañana.
Caigo desplomado en el sofá, miro a través de la ventana y percibo la oscuridad de la madrugada con toda su crudeza y su significado. Al menos tengo un techo, pienso, y no como esos sucios vagabundos y mendigos que deambulan de una día para otro con su cartón de vino malo y sus pertenencias a cuestas, oliendo a mierda y dando pena para ganarse unas monedas. Me consuela y dejo de mirar por la ventana, suspiro bajo ese pequeño momento feliz y paseo la mirada en busca del mando de la televisión. Acierto a verlo medio asomado debajo de un cojín y lo agarro. Apuntó al aparato y pulso algún botón. Nada, olvidé cambiar las pilas, anoche no funcionaba ya. Anteanoche tampoco.
Saco el paquete de tabaco de mi bolsillo del pantalón y me enciendo un pitillo, haciendo que el humo recién creado se funda con el que flota desde hace horas. Bostezo y me estiro, mientras aguanto el cigarrillo entre mis labios, aspirando su aroma, saboreando cada partícula que pasa a través de mi garganta. Me pesan los párpados, creo que me voy a dormir, mañana compraré pilas.
(continuará...)
Huele a cerrado, a cigarrillos consumidos hasta el filtro y a coñac, también dejé la botella abierta y un vaso a medio terminar en la mesa. Bueno, tampoco importa, convivo con ello cada día y me hace compañía como para que aun no me haya tirado por la ventana, así que es un mal menor que puedo soportar. Intento dejar la gabardina en una silla estirando el brazo y sin preocuparme demasiado, con lo que cae al suelo, pero no me agacho a recogerla. Mañana.
Caigo desplomado en el sofá, miro a través de la ventana y percibo la oscuridad de la madrugada con toda su crudeza y su significado. Al menos tengo un techo, pienso, y no como esos sucios vagabundos y mendigos que deambulan de una día para otro con su cartón de vino malo y sus pertenencias a cuestas, oliendo a mierda y dando pena para ganarse unas monedas. Me consuela y dejo de mirar por la ventana, suspiro bajo ese pequeño momento feliz y paseo la mirada en busca del mando de la televisión. Acierto a verlo medio asomado debajo de un cojín y lo agarro. Apuntó al aparato y pulso algún botón. Nada, olvidé cambiar las pilas, anoche no funcionaba ya. Anteanoche tampoco.
Saco el paquete de tabaco de mi bolsillo del pantalón y me enciendo un pitillo, haciendo que el humo recién creado se funda con el que flota desde hace horas. Bostezo y me estiro, mientras aguanto el cigarrillo entre mis labios, aspirando su aroma, saboreando cada partícula que pasa a través de mi garganta. Me pesan los párpados, creo que me voy a dormir, mañana compraré pilas.
(continuará...)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)