Vaya por delante, que David Lynch es un director que me parece de lo más irregular y que a mi, me tiene absolutamente confuso, ya que si le conocí viendo El Hombre Elefante y me pareció genial, y portador de un algo diferente que le hacía dar un toque muy especial a sus películas, me marea también bastante, con por ejemplo Terciopelo Azul, que me gusta, que tiene un argumento potente y lo trata de una manera muy personal y creo que acertada, pero marea de cojones. Con Twin Peaks (lo siento Luis) me aturdió un poco más, y con Mulholland Drive me hundió más aun en la miseria y en ese pozo en el que te crees metido cuando ves tal jaleo.
Y un día le dio por hacer una película clásica. Y le salió una de las mejores películas que he visto, Una historia verdadera, en la que narra la historia de Alvin Straight, un anciano con numerosos problemas de salud que debe moverse con dos muletas y que recibe una llamada que le alerta del mal estado de salud que también sufre su hermano, con el que no habla hace 10 años. Su único medio para superar los 400 kilómetros que les separan es su segadora, asíque sin dudarlo comienza su viaje, dejando en casa a su hija discapacitada (una Sissy Spacek que me sigue turbando cada vez que la veo, aun recuerdo su diabólica apariencia en Carrie).
La historia es de una sencillez apabullante, y aun así, rezuma vida y amor. Cada imagen es un regalo que se nos ofrece, el guión es inteligente y bien construido, los pocos diálogos son determinantes y dan el punto necesario para conocer a Alvin y su historia, y la música de Angelo Badalamenti es -nuevamente- el perfecto aliado de la gran historia y de las imágenes. El poder del amor (fraternal en este caso) contra el rencor y el orgullo, que tantas veces se imponen a los verdaderos sentimientos, es lo que se nos muestra en la pantalla. Con un ritmo pausado -que no lento- y un tono vital a pesar de la vejez, el camino de Alvin parece una quimera que poco a poco va superando, con problemas, pero con tesón.
Es verdaderamente una delicia de película, con frases inolvidables y escenas verdaderamente entrañables y que dan ganas de volver a ver la película de nuevo. Recuerdo que serenidad me embargó al finalizar la película, lo unido que me vi al viejo Alvin, como los motivos del largo enfado con su hermano se nos omiten -con una voluntariedad inteligentísima- para mostrarnos la cara más amable y emotiva de una relación que se afianzó mirando a las estrellas en las noches de verano.