Saben dónde estamos, qué hacemos, cuánto gastamos, qué vemos, con quién vamos, lo que nos interesa y lo que no.
Somos un dato, un número, un código de barras.
Nada más lejos de la realidad, que nadie se asuste. Sabemos que lo saben y nos gusta, estamos de acuerdo en ello. Implantar cámaras en las calles, el móvil avisa cuando lo enciendes para que nadie te de por incomunicado, fichamos para entrar a trabajar y pronto lo haremos al entrar en una tienda o en nuestra propia casa.
Nos engañan con espejos por un camino estrecho, nos hacen ver un ancho espacio donde los metros cuadrados escasean, y no hablo de un hogar. Nuestro código está vinculado a la información, a esta sociedad de la (mega)información en la que una base de datos recopila nuestros pasos, añade nuevas barras al código, decodificando nuestro ser, escaneando cada movimiento físico y casi mental que realizamos.
Saluda a cámara, hay más de mil(millones) que velan por tu seguridad. ¿Por tu libertad? Esto... Saluda, que te ven.