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jueves, 21 de abril de 2011

Canto del cisne

Tu canto del cisne fue el más feliz que pudiste regalarnos.
Y no se olvidará ni te olvidaremos.

jueves, 19 de febrero de 2009

Sin nombre (y VIII)

En capítulos anteriores...
I, II, III, IV, V, (VI) y (VII)

Vuelvo a verlo.

El único lugar donde me he sentido persona alguna vez, donde he sido uno más, que reía o lloraba, que quería y era querido, allí donde me peleaba pero donde me divertía. Hace tanto de eso que ni me acuerdo. Tengo ganas de llorar, de llorar hasta que me seque por dentro, hasta que mi corazón no aguante más las lágrimas y explote, hasta que mi sufrimiento vea su fin. Pero no puedo hacerlo, no puedo irme sin más, no me se rendir de esa manera. Tampoco me atrevo.

Esa casa, esa puerta, esas ventanas... Conozco cada astilla, cada recoveco. Yo mismo pinté las paredes en varias ocasiones, y cambié las cortinas, y arreglé el grifo de la cocina cuando se taponó y casi se inunda todo. He dormido en esa cama tantas noches, he vivido tantas tormentas asomado a la ventana, tantos días de Sol dejando pasar el aire dentro. Hace tanto, realmente, que ya ni me acuerdo.

Si sigo pensando en todo esto voy a reventar. Noto un leve mareo, pero no reparo demasiado en ello. Doy los pocos pasos que me separan de la puerta, y me detengo cuando la tengo al alcance. Me tiemblan las piernas, me sudan las manos, tengo cada pelo de mi cuerpo erizado en este instante. El reloj se para y ni siquiera se respirar.

Toco la puerta dos veces. Toc. Toc.

No sé que hago en este mismo instante, no sé si estoy aquí o me he ido ya. No soy dueño de mi ser, lo he perdido, se me ha escapado. Oigo un repicar en la puerta: la mirilla. Atisbo un mínimo rayo de luz hasta que su ojo impide que siga atravesando el agujerito.

Silencio absoluto.

Oigo un pequeño repicar de nuevo al otro lado de la puerta. Siento una presencia contra la puerta. Noto los pensamientos, los sentimientos que afloran. Quizá, lágrimas también.

Nada.

Recupero mi ser, aunque tan solo una pequeña parte, la justa para entender. Me doy la vuelta, me alejo. Me alejo para no volver nunca más. Me difumino en el horizonte.

Adiós.

viernes, 23 de enero de 2009

Sin nombre (VI)

En capítulos anteriores...

Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Sin nombre (III)
Sin nombre (IV)
Sin nombre (V)

- Cóbrate de aquí lo de hoy y lo del otro día.

El camarero me mira satisfecho, supongo que es la falta de costumbre a que le salden tan temprano las deudas.

-Bien, muy bien.
-Adiós.

No volveré. Mientras apuraba el último trago lo había decidido, y quiero que así sea. Me siento mal perdiendo el tiempo y el dinero en este tugurio donde me acabaré pudriendo sino me escapo. Bien es cierto que la causa es sobretodo económica, ya que el tiempo me sobra, pero dinero cada vez me queda menos y no me apetece acabar durmiendo entre cartones.

Fuera, una noche tranquila, de esas en las que las ratas salen de sus escondrijos y buscan alimentos entre los deshechos de la ciudad. Una fina lluvia me empapaba la cara y hacía pesaroso mi camino a casa, aunque realmente no tengo prisa, así que dejo que el agua corra por mi ajado rostro, limpiándolo de humo y melancolía. Apenas nadie se encuentra en las calles, vacías y mojadas, quizá sea la hora, aunque no sé exactamente cuánto de tarde es, o quizá el clima, o quizá nada.

Al llegar a mi portal, subo lentamente las escaleras, tambaleándome levemente -whiskys dobles corren por mis venas en atasco- y voy sacando las llaves del bolsillo. No enciendo luz alguna, me sentiría deslumbrado y realmente me gusta más así, verme atravesar como una sombra mi portal, subir las escaleras en vaivén, olvidarme de ver nada y sentir, sólo sentir. Ante mi puerta estoy, y me cuesta meter la llave en la cerradura. Suena a metal, me cuesta.

-Puta llave.

Respiro hondo un par de veces y ahora sí, entra. Giro la llave, más bien lo intento porque no se deja. No aprieto para evitar males mayores, pero lo intento repetidas veces, sin éxito. Agacho la cabeza y cierro fuertemente los ojos, rascándome el cogote, comprendiendo. Pulso a tientas el interruptor de la luz y el descansillo se ilumina tibiamente, con esa luz horrorosa y amarilla que hace brillar mi cerradura, nueva. Levanto la cabeza y veo un folio pegado a la puerta, con cuatro palabras muy claras.

"DOS SEMANAS. NO VUELVAS"

En ese mismo instante, decidí posponer mi efímero adiós.