El silencio es duro como un martillo golpeando un yunque que más que moldear desfigura el hierro candente, lo machaca incansable en estos días donde ecos pasados estallan en mi propia cabeza, mezclándose diabólicos con las mecánicas embestidas del martillo. No existe un rincón que atenúe la brutalidad sonora del silencio golpeando; no puedo huir porque no me persigue, me espera allí donde voy y a la vez, me acompaña en el camino. La opresión fluctuante entre la sien y el pecho, la sequedad mental, la debilidad de mis latidos avasallados por la fuerza descomunal de la peor de las elipsis, y un océano de nada surgiendo majestuosamente terrorífico a mi alrededor, quedando mi cuerpo entregado; una isla deshabitada ya de razones, sobreviviendo por meras sensaciones que obligan a continuar la espiral. Una y otra vez, sube el martillo, baja y golpea, sube el martillo, baja y golpea. La terrible sensación de un silencio despiadado que ataca y perfora la fragilidad de un sentimiento que de puro es endeble.
El silencio es dulce como un baño tibio a la luz de una vela. Dormir mecido en las sábanas suaves con tu cuerpo rozando ligero el mío, ese silencio de tu respiración posándose sobre mi brazo, envolviendo con una tela de armonía la pasión saciada. El cosquilleo de tu aliento en mis labios como un violín afinado, tus ojos cerrados surcando territorios inexplorados, mis ojos abiertos surcando tu piel infinita. Las mejillas rosadas, tu lengua que atravesó mis trincheras hasta lo más profundo de mis entrañas, tus dedos callados que acariciaron mi satisfacción, tus piernas exhaustas que enredaron mi camino hasta dirigirlo sólo a ti. Tu cuerpo dormido en calma, en el delicioso silencio que inunda mis oídos.
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jueves, 8 de septiembre de 2011
miércoles, 16 de marzo de 2011
Tan cerca y tan lejos
Lejos:
imágenes invisibles,
sueños,
risas,
besos,
abrazos.
Cerca:
silencio.
El silencio dañino,
que me deja sordo,
que taladra
mi cabeza, hastiada
e indefensa;
podrida,
de la magnitud de los infiernos
que surco en la palidez
de la nada absoluta,
en la pureza
del indigno sentimiento
rechazado.
Una espada de Damocles ya caída,
sangre seca,
ropa sucia;
el óxido de su filo que corroe
el blanco de mis ojos,
se adueña de mi el hedor de un tiempo pasado,
muerto,
cabizbajo,
ese que estuvo tan cerca y ahora...
Ahora no está.
Tan cerca el silencio perverso,
tan lejos tú.
imágenes invisibles,
sueños,
risas,
besos,
abrazos.
Cerca:
silencio.
El silencio dañino,
que me deja sordo,
que taladra
mi cabeza, hastiada
e indefensa;
podrida,
de la magnitud de los infiernos
que surco en la palidez
de la nada absoluta,
en la pureza
del indigno sentimiento
rechazado.
Una espada de Damocles ya caída,
sangre seca,
ropa sucia;
el óxido de su filo que corroe
el blanco de mis ojos,
se adueña de mi el hedor de un tiempo pasado,
muerto,
cabizbajo,
ese que estuvo tan cerca y ahora...
Ahora no está.
Tan cerca el silencio perverso,
tan lejos tú.
lunes, 5 de abril de 2010
Nada
El tacto,
tuyo,
y el de esa bañera japonesa,
camina por mi piel.
Las formas,
de tus labios
y de las sábanas negras,
acarician mis mejillas.
Tus ojos
indefinidos
definen mi sed,
alimentan mi ansia,
voraz,
de ti
de recorrerte,
de lunar en lunar,
de cicatriz en cicatriz,
jugármela a doble
o nada,
de antemano sabiendo,
que es nada.
Subo el volumen,
ensordezco
y pierdo la sensación
de realidad.
Ando por las nubes,
paso las horas
indefenso,
tus ataques
me derriban,
me seducen,
me enloquecen.
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