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I, II, III, IV, V, (VI) y (VII)
Vuelvo a verlo.
El único lugar donde me he sentido persona alguna vez, donde he sido uno más, que reía o lloraba, que quería y era querido, allí donde me peleaba pero donde me divertía. Hace tanto de eso que ni me acuerdo. Tengo ganas de llorar, de llorar hasta que me seque por dentro, hasta que mi corazón no aguante más las lágrimas y explote, hasta que mi sufrimiento vea su fin. Pero no puedo hacerlo, no puedo irme sin más, no me se rendir de esa manera. Tampoco me atrevo.
Esa casa, esa puerta, esas ventanas... Conozco cada astilla, cada recoveco. Yo mismo pinté las paredes en varias ocasiones, y cambié las cortinas, y arreglé el grifo de la cocina cuando se taponó y casi se inunda todo. He dormido en esa cama tantas noches, he vivido tantas tormentas asomado a la ventana, tantos días de Sol dejando pasar el aire dentro. Hace tanto, realmente, que ya ni me acuerdo.
Si sigo pensando en todo esto voy a reventar. Noto un leve mareo, pero no reparo demasiado en ello. Doy los pocos pasos que me separan de la puerta, y me detengo cuando la tengo al alcance. Me tiemblan las piernas, me sudan las manos, tengo cada pelo de mi cuerpo erizado en este instante. El reloj se para y ni siquiera se respirar.
Toco la puerta dos veces. Toc. Toc.
No sé que hago en este mismo instante, no sé si estoy aquí o me he ido ya. No soy dueño de mi ser, lo he perdido, se me ha escapado. Oigo un repicar en la puerta: la mirilla. Atisbo un mínimo rayo de luz hasta que su ojo impide que siga atravesando el agujerito.
Silencio absoluto.
Oigo un pequeño repicar de nuevo al otro lado de la puerta. Siento una presencia contra la puerta. Noto los pensamientos, los sentimientos que afloran. Quizá, lágrimas también.
Nada.
Recupero mi ser, aunque tan solo una pequeña parte, la justa para entender. Me doy la vuelta, me alejo. Me alejo para no volver nunca más. Me difumino en el horizonte.
Adiós.
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jueves, 19 de febrero de 2009
viernes, 6 de febrero de 2009
Sin nombre (VII)
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I, II, III, IV, V y (VI)
El Sol de la mañana se empieza a entrometer entre yo y mi sueño, con un fulgor que no recuerdo apunta a mis ojos cerrados, legañosos, cansados. Me doy la vuelta costosamente, los bancos de la calle son especialmente estrechos, nunca lo había pensado hasta ahora, pero lo son, y mucho. Apenas llevo aquí tres jodidas horas, y ya amanece, ya no puedo seguir durmiendo hasta la tarde, dejando pasar horas inútiles para mi desde hace muchos años. No tengo claro a donde dirigirme ahora, nunca había pasado la noche a la intemperie, ni siquiera había pensado que pudiera hacerlo, pero la vida es así de puta conmigo.
Me incorporo pesadamente, me siento agarrotado por el frío y mi espalda cruje dolorida, nunca había tenido en tan buena estima a mi ya antiguo colchón hasta este mismo momento, que lo echaba de menos como a un padre. El cielo está raso, ni una nube ensucia el panorama anaranjado que deja el alba, no me puedo creer estar aquí ahora mismo. Me subo la cochambrosa manta y me tapo la cara, echo hacia atrás el cuello...
Abro los ojos, no sé cuanto más he dormitado, dos o tres horas quizá, y para mal, porque me duele el cuerpo más que nunca en mi vida, me siento descompuesto, sollozo, no me salen lágrimas. Algo blando golpea mi pierna, y asomo la cabeza rápidamente, temeroso. Veo un niño de unos 6 o 7 años correr hacia mi, pero se detiene a un par de metros, me mira muy atento. Le miro, no entiendo. Señala mis pies.
-Señor, ¿me puede dar el balón? Por favor.
Me encojo hacia delante -con todo el crujir de mi tronco acompañándome- siguiendo el camino del pequeño dedo y veo un balón de color rojo a mis pies. El objeto blando, vaya. Recuerdo que yo tenía uno parecido cuando era de la edad del chaval que tenía delante, pensé entonces en mi hermano, con el que cada mañana de verano salía a darle patadas a la pelota junto con los vecinos, y pienso en mi padre, que nos miraba desde la ventana, sonriente, animoso. Recuerdo a mi madre, cuando llegaba hasta las orejas de polvo o de barro, regañarme y hacerme dar un baño. Recuerdo...
-Señor, es mi pelota.
Levanto bruscamente la mirada, lo que provoca que mi cuello se queje. Intento sonreír al muchacho, aunque sólo me sale una mueca.
-Claro.
La agarro, y se la pongo al alcance de las manos. El niño desconfía un poco, pero enseguida estira sus bracitos y coge el balón. Se da la vuelta y sale corriendo de nuevo, le miro, y me veo en él.
I, II, III, IV, V y (VI)
El Sol de la mañana se empieza a entrometer entre yo y mi sueño, con un fulgor que no recuerdo apunta a mis ojos cerrados, legañosos, cansados. Me doy la vuelta costosamente, los bancos de la calle son especialmente estrechos, nunca lo había pensado hasta ahora, pero lo son, y mucho. Apenas llevo aquí tres jodidas horas, y ya amanece, ya no puedo seguir durmiendo hasta la tarde, dejando pasar horas inútiles para mi desde hace muchos años. No tengo claro a donde dirigirme ahora, nunca había pasado la noche a la intemperie, ni siquiera había pensado que pudiera hacerlo, pero la vida es así de puta conmigo.
Me incorporo pesadamente, me siento agarrotado por el frío y mi espalda cruje dolorida, nunca había tenido en tan buena estima a mi ya antiguo colchón hasta este mismo momento, que lo echaba de menos como a un padre. El cielo está raso, ni una nube ensucia el panorama anaranjado que deja el alba, no me puedo creer estar aquí ahora mismo. Me subo la cochambrosa manta y me tapo la cara, echo hacia atrás el cuello...
Abro los ojos, no sé cuanto más he dormitado, dos o tres horas quizá, y para mal, porque me duele el cuerpo más que nunca en mi vida, me siento descompuesto, sollozo, no me salen lágrimas. Algo blando golpea mi pierna, y asomo la cabeza rápidamente, temeroso. Veo un niño de unos 6 o 7 años correr hacia mi, pero se detiene a un par de metros, me mira muy atento. Le miro, no entiendo. Señala mis pies.
-Señor, ¿me puede dar el balón? Por favor.
Me encojo hacia delante -con todo el crujir de mi tronco acompañándome- siguiendo el camino del pequeño dedo y veo un balón de color rojo a mis pies. El objeto blando, vaya. Recuerdo que yo tenía uno parecido cuando era de la edad del chaval que tenía delante, pensé entonces en mi hermano, con el que cada mañana de verano salía a darle patadas a la pelota junto con los vecinos, y pienso en mi padre, que nos miraba desde la ventana, sonriente, animoso. Recuerdo a mi madre, cuando llegaba hasta las orejas de polvo o de barro, regañarme y hacerme dar un baño. Recuerdo...
-Señor, es mi pelota.
Levanto bruscamente la mirada, lo que provoca que mi cuello se queje. Intento sonreír al muchacho, aunque sólo me sale una mueca.
-Claro.
La agarro, y se la pongo al alcance de las manos. El niño desconfía un poco, pero enseguida estira sus bracitos y coge el balón. Se da la vuelta y sale corriendo de nuevo, le miro, y me veo en él.
viernes, 23 de enero de 2009
Sin nombre (VI)
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Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Sin nombre (III)
Sin nombre (IV)
Sin nombre (V)
- Cóbrate de aquí lo de hoy y lo del otro día.
El camarero me mira satisfecho, supongo que es la falta de costumbre a que le salden tan temprano las deudas.
-Bien, muy bien.
-Adiós.
No volveré. Mientras apuraba el último trago lo había decidido, y quiero que así sea. Me siento mal perdiendo el tiempo y el dinero en este tugurio donde me acabaré pudriendo sino me escapo. Bien es cierto que la causa es sobretodo económica, ya que el tiempo me sobra, pero dinero cada vez me queda menos y no me apetece acabar durmiendo entre cartones.
Fuera, una noche tranquila, de esas en las que las ratas salen de sus escondrijos y buscan alimentos entre los deshechos de la ciudad. Una fina lluvia me empapaba la cara y hacía pesaroso mi camino a casa, aunque realmente no tengo prisa, así que dejo que el agua corra por mi ajado rostro, limpiándolo de humo y melancolía. Apenas nadie se encuentra en las calles, vacías y mojadas, quizá sea la hora, aunque no sé exactamente cuánto de tarde es, o quizá el clima, o quizá nada.
Al llegar a mi portal, subo lentamente las escaleras, tambaleándome levemente -whiskys dobles corren por mis venas en atasco- y voy sacando las llaves del bolsillo. No enciendo luz alguna, me sentiría deslumbrado y realmente me gusta más así, verme atravesar como una sombra mi portal, subir las escaleras en vaivén, olvidarme de ver nada y sentir, sólo sentir. Ante mi puerta estoy, y me cuesta meter la llave en la cerradura. Suena a metal, me cuesta.
-Puta llave.
Respiro hondo un par de veces y ahora sí, entra. Giro la llave, más bien lo intento porque no se deja. No aprieto para evitar males mayores, pero lo intento repetidas veces, sin éxito. Agacho la cabeza y cierro fuertemente los ojos, rascándome el cogote, comprendiendo. Pulso a tientas el interruptor de la luz y el descansillo se ilumina tibiamente, con esa luz horrorosa y amarilla que hace brillar mi cerradura, nueva. Levanto la cabeza y veo un folio pegado a la puerta, con cuatro palabras muy claras.
"DOS SEMANAS. NO VUELVAS"
En ese mismo instante, decidí posponer mi efímero adiós.
Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Sin nombre (III)
Sin nombre (IV)
Sin nombre (V)
- Cóbrate de aquí lo de hoy y lo del otro día.
El camarero me mira satisfecho, supongo que es la falta de costumbre a que le salden tan temprano las deudas.
-Bien, muy bien.
-Adiós.
No volveré. Mientras apuraba el último trago lo había decidido, y quiero que así sea. Me siento mal perdiendo el tiempo y el dinero en este tugurio donde me acabaré pudriendo sino me escapo. Bien es cierto que la causa es sobretodo económica, ya que el tiempo me sobra, pero dinero cada vez me queda menos y no me apetece acabar durmiendo entre cartones.
Fuera, una noche tranquila, de esas en las que las ratas salen de sus escondrijos y buscan alimentos entre los deshechos de la ciudad. Una fina lluvia me empapaba la cara y hacía pesaroso mi camino a casa, aunque realmente no tengo prisa, así que dejo que el agua corra por mi ajado rostro, limpiándolo de humo y melancolía. Apenas nadie se encuentra en las calles, vacías y mojadas, quizá sea la hora, aunque no sé exactamente cuánto de tarde es, o quizá el clima, o quizá nada.
Al llegar a mi portal, subo lentamente las escaleras, tambaleándome levemente -whiskys dobles corren por mis venas en atasco- y voy sacando las llaves del bolsillo. No enciendo luz alguna, me sentiría deslumbrado y realmente me gusta más así, verme atravesar como una sombra mi portal, subir las escaleras en vaivén, olvidarme de ver nada y sentir, sólo sentir. Ante mi puerta estoy, y me cuesta meter la llave en la cerradura. Suena a metal, me cuesta.
-Puta llave.
Respiro hondo un par de veces y ahora sí, entra. Giro la llave, más bien lo intento porque no se deja. No aprieto para evitar males mayores, pero lo intento repetidas veces, sin éxito. Agacho la cabeza y cierro fuertemente los ojos, rascándome el cogote, comprendiendo. Pulso a tientas el interruptor de la luz y el descansillo se ilumina tibiamente, con esa luz horrorosa y amarilla que hace brillar mi cerradura, nueva. Levanto la cabeza y veo un folio pegado a la puerta, con cuatro palabras muy claras.
"DOS SEMANAS. NO VUELVAS"
En ese mismo instante, decidí posponer mi efímero adiós.
jueves, 8 de enero de 2009
Sin nombre (V)
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Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Sin nombre (III)
Sin nombre (IV)
- No sé porqué me suceden cosas así, pero suceden. Todo es repentino, sin más. Me da miedo porque en cualquier momento... ¡pum! Y me da. Cuando me da fuerte, soy capaz de cualquier cosa: de correr toda la noche por la ciudad, de reventar las lunas de los coches que se me crucen, de abofetear a cualquier persona que me encuentre en mi camino, o de encerrarme en casa tapando cualquier resquicio a la luz, como la última vez. Nunca se cuando será la próxima, si en 5 minutos, en 3 días o en un mes, puede ser en cualquier momento. Ni siquiera noto nada, simplemente pasa, ya está.
-Ya.
Un silencio incómodo se ha formado entre ella y yo, me he vaciado y no tengo mucho más que decir.
-¿Quieres que te la chupe otra vez, me marcho, o vas a seguir contándome tu vida?
-Márchate.
-¡Ejem! -forzada.
-El dinero está en el mueble de la entrada.
-Gracias.
Asiento con la cabeza. La miro marcharse.
-La próxima vez, ya sabes donde encontrarme.
Supongo que eso se lo dirá a todos. A mi, no me ha servido de mucho, desde luego.
Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Sin nombre (III)
Sin nombre (IV)
- No sé porqué me suceden cosas así, pero suceden. Todo es repentino, sin más. Me da miedo porque en cualquier momento... ¡pum! Y me da. Cuando me da fuerte, soy capaz de cualquier cosa: de correr toda la noche por la ciudad, de reventar las lunas de los coches que se me crucen, de abofetear a cualquier persona que me encuentre en mi camino, o de encerrarme en casa tapando cualquier resquicio a la luz, como la última vez. Nunca se cuando será la próxima, si en 5 minutos, en 3 días o en un mes, puede ser en cualquier momento. Ni siquiera noto nada, simplemente pasa, ya está.
-Ya.
Un silencio incómodo se ha formado entre ella y yo, me he vaciado y no tengo mucho más que decir.
-¿Quieres que te la chupe otra vez, me marcho, o vas a seguir contándome tu vida?
-Márchate.
-¡Ejem! -forzada.
-El dinero está en el mueble de la entrada.
-Gracias.
Asiento con la cabeza. La miro marcharse.
-La próxima vez, ya sabes donde encontrarme.
Supongo que eso se lo dirá a todos. A mi, no me ha servido de mucho, desde luego.
lunes, 29 de diciembre de 2008
Sin nombre (IV)
En capítulos anteriores...
Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Sin nombre (III)
He bajado todas las persianas. No quiero que entre la maldita luz. Me taladra la retina y me desborda la impaciencia de verla siempre ahí, recordando que nos da la vida, y que no piensa marcharse. Se que está detrás de la persiana, que espera el momento en el que ceda mi voluntad y vuelva a permitir que penetre, que inunde mi existencia de esa vida, pero hoy, al menos hoy, no.
Hoy soy yo y nada más. Enciendo una vela, y las sombras temblorosas irrumpen con fuerza. Me dirijo al baño, donde bajo la tenue luz me miro en el espejo, o mejor dicho, en lo que queda de él. Asustado, salgo del baño y me voy a mi habitación, donde apago la vela antes de dejarme caer en la cama. Siento que las energías me han abandonado, que es en vano lo que pueda hacer hoy. Y todo es culpa de esa puta luz que lo impregna todo, y que noto se cuela por las rendijas de cada ventana y cada puerta. Me levanto de la cama otra vez.
Con la vela de nuevo en la mano, voy agarrando todo lo que encuentro por el medio: toallas, una camiseta, calzoncillos, jirones de antiguas ropas, y cuando creo que es suficiente, inició mi plan. Hueco por el que noto entrar a ese puto mal que es la luz, allí que deposito una prenda, tapando cualquier indicio luminoso. Me lleva un rato concluir con éxito mi propósito, siempre me dejaba algún pequeño agujero o movía sin querer un calcetín que me hacía revisar cada punto de la casa en busca de errores. Tras repasar concienzudamente toda la casa, siento que el esfuerzo ha merecido la pena. Ni un sólo atisbo de luz se deja ver, tan sólo el suave resplandor de mi vela. Sonrío.
Me siento en el sillón, estiro el brazo para coger la botella de coñac y un vaso, y lo lleno. Cuando me lo llevo a la boca, noto el abrasador gusto en mi paladar y termino de un trago el vaso. Sirvo otro, este lo saborearé mejor, pienso. Dejo la botella y me llevo la mano al bolsillo, saco un pitillo y me lo enciendo con la vela. Noto el picor del humo mezclado con el sabor del coñac, y me siento alegre. Con una mano sujeto el vaso y con la otra el pitillo y la vela. Algo sobra. Devuelvo el cigarrillo a la boca, dando una gran bocanada, y acerco la vela. Soplo fuertemente y con el humo apago la débil llama.
Bebo un trago. Fumo otra calada. Dejo pasar las horas.
Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Sin nombre (III)
He bajado todas las persianas. No quiero que entre la maldita luz. Me taladra la retina y me desborda la impaciencia de verla siempre ahí, recordando que nos da la vida, y que no piensa marcharse. Se que está detrás de la persiana, que espera el momento en el que ceda mi voluntad y vuelva a permitir que penetre, que inunde mi existencia de esa vida, pero hoy, al menos hoy, no.
Hoy soy yo y nada más. Enciendo una vela, y las sombras temblorosas irrumpen con fuerza. Me dirijo al baño, donde bajo la tenue luz me miro en el espejo, o mejor dicho, en lo que queda de él. Asustado, salgo del baño y me voy a mi habitación, donde apago la vela antes de dejarme caer en la cama. Siento que las energías me han abandonado, que es en vano lo que pueda hacer hoy. Y todo es culpa de esa puta luz que lo impregna todo, y que noto se cuela por las rendijas de cada ventana y cada puerta. Me levanto de la cama otra vez.
Con la vela de nuevo en la mano, voy agarrando todo lo que encuentro por el medio: toallas, una camiseta, calzoncillos, jirones de antiguas ropas, y cuando creo que es suficiente, inició mi plan. Hueco por el que noto entrar a ese puto mal que es la luz, allí que deposito una prenda, tapando cualquier indicio luminoso. Me lleva un rato concluir con éxito mi propósito, siempre me dejaba algún pequeño agujero o movía sin querer un calcetín que me hacía revisar cada punto de la casa en busca de errores. Tras repasar concienzudamente toda la casa, siento que el esfuerzo ha merecido la pena. Ni un sólo atisbo de luz se deja ver, tan sólo el suave resplandor de mi vela. Sonrío.
Me siento en el sillón, estiro el brazo para coger la botella de coñac y un vaso, y lo lleno. Cuando me lo llevo a la boca, noto el abrasador gusto en mi paladar y termino de un trago el vaso. Sirvo otro, este lo saborearé mejor, pienso. Dejo la botella y me llevo la mano al bolsillo, saco un pitillo y me lo enciendo con la vela. Noto el picor del humo mezclado con el sabor del coñac, y me siento alegre. Con una mano sujeto el vaso y con la otra el pitillo y la vela. Algo sobra. Devuelvo el cigarrillo a la boca, dando una gran bocanada, y acerco la vela. Soplo fuertemente y con el humo apago la débil llama.
Bebo un trago. Fumo otra calada. Dejo pasar las horas.
viernes, 19 de diciembre de 2008
Sin nombre (III)
Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Cada vez más cargado, el aire se va viciando con el humo y el alcohol presentes. Una tropa de perdedores y fracasados, solos todos, bebemos y fumamos sin parar, sin mirar el reloj. El antro, con un camarero que bebe y fuma también, es apestoso y oscuro, y las caras, tristes y apagadas, consumen los minutos al mismo ritmo que los cigarrillos. Nadie espera en casa a quienes estamos aquí y nadie se preocupará si no volvemos.
Los cristales estaban tintados, y no se veía la calle, pero tampoco importaba, ninguno miraríamos fuera. Quizá estén así para que nadie de fuera pueda ver los que estamos dentro, fumándonos la vida y bebiendonos lo que nos queda en el corazón. Pocas palabras son las que se pueden escuchar cada noche, quizá un "ponme otro", un "que te debo", y muchos "apuntalo en mi cuenta". A veces ni eso, simplemente se mueve el vaso en la barra haciendo un leve gesto, se deja el dinero, o te vas, sin más. Somos fieles y cada noche volvemos, con lo que las confianzas, a pesar de las pocas palabras, sirven de algo.
He terminado mi segundo whisky, y noto el calor en las sienes. Hoy ha sido un día como vienen siendo hace meses, sin nada que señalar. No estoy demasiado triste, y seguramente sea de los que mejor ánimo tengan en el local. Rompiendo el silencio, miro al camarero:
-Ponme otro. -el camarero me mira, y agarra la botella. -Doble, por favor.
Llena el vaso y cierra la botella, dejándola en su sitio.
-¿Cómo te va? -le pregunto. Me mira descolocado y guiñando un poco los ojos.
-¿Qué te pasa?
-Nada.
-¡Ah! Pues contando que aquí la mitad tiene notas desde hace meses, demasiado bien.
-Bueno, yo pago cada noche.
-No lo decía por ti.
-Entonces, ¿qué preguntas? -está irritado.
-Que, ¿cómo te va?
-¿Qué quieres saber? ¿Qué más te da?
-Te veo cada noche, era por preguntar.
-Pues ni mejor ni peor que a ti, o que a todos estos, porque seguimos aquí cada noche.
-Uno detrás de la barra y todos los demás delante.
-¿Te estás burlando?
-No.
-Más vale.
-No quiero molestar.
-Pues no lo hagas, tú has pedido un whisky y yo te lo he puesto, te lo has bebido y pediste otro, ahora uno doble y te lo pongo. ¿Qué cojones te importa cómo me va?
-Ya veo, ya.
-Eso espero.
-No pregunto más.
-Eso espero. Si necesitas hablar, al teléfono de la esperanza. Aquí no, no conmigo.
Asiento con la cabeza mirando mi whisky, mientras el camarero coge contrariado su cigarro del cenicero, que se ha consumido. Se enciende otro rápidamente, y noto que masculla algo.:
-Gilipollas de mierda.
Me levanto del taburete y me dirijo a la puerta mientras enciendo un pitillo con una cerilla que he encontrado en el bolsillo.
-¿Hoy no pagas? -me grita el camarero.
-Apúntalo en mi cuenta esta vez.
Sin nombre (II)
Cada vez más cargado, el aire se va viciando con el humo y el alcohol presentes. Una tropa de perdedores y fracasados, solos todos, bebemos y fumamos sin parar, sin mirar el reloj. El antro, con un camarero que bebe y fuma también, es apestoso y oscuro, y las caras, tristes y apagadas, consumen los minutos al mismo ritmo que los cigarrillos. Nadie espera en casa a quienes estamos aquí y nadie se preocupará si no volvemos.
Los cristales estaban tintados, y no se veía la calle, pero tampoco importaba, ninguno miraríamos fuera. Quizá estén así para que nadie de fuera pueda ver los que estamos dentro, fumándonos la vida y bebiendonos lo que nos queda en el corazón. Pocas palabras son las que se pueden escuchar cada noche, quizá un "ponme otro", un "que te debo", y muchos "apuntalo en mi cuenta". A veces ni eso, simplemente se mueve el vaso en la barra haciendo un leve gesto, se deja el dinero, o te vas, sin más. Somos fieles y cada noche volvemos, con lo que las confianzas, a pesar de las pocas palabras, sirven de algo.
He terminado mi segundo whisky, y noto el calor en las sienes. Hoy ha sido un día como vienen siendo hace meses, sin nada que señalar. No estoy demasiado triste, y seguramente sea de los que mejor ánimo tengan en el local. Rompiendo el silencio, miro al camarero:
-Ponme otro. -el camarero me mira, y agarra la botella. -Doble, por favor.
Llena el vaso y cierra la botella, dejándola en su sitio.
-¿Cómo te va? -le pregunto. Me mira descolocado y guiñando un poco los ojos.
-¿Qué te pasa?
-Nada.
-¡Ah! Pues contando que aquí la mitad tiene notas desde hace meses, demasiado bien.
-Bueno, yo pago cada noche.
-No lo decía por ti.
-Entonces, ¿qué preguntas? -está irritado.
-Que, ¿cómo te va?
-¿Qué quieres saber? ¿Qué más te da?
-Te veo cada noche, era por preguntar.
-Pues ni mejor ni peor que a ti, o que a todos estos, porque seguimos aquí cada noche.
-Uno detrás de la barra y todos los demás delante.
-¿Te estás burlando?
-No.
-Más vale.
-No quiero molestar.
-Pues no lo hagas, tú has pedido un whisky y yo te lo he puesto, te lo has bebido y pediste otro, ahora uno doble y te lo pongo. ¿Qué cojones te importa cómo me va?
-Ya veo, ya.
-Eso espero.
-No pregunto más.
-Eso espero. Si necesitas hablar, al teléfono de la esperanza. Aquí no, no conmigo.
Asiento con la cabeza mirando mi whisky, mientras el camarero coge contrariado su cigarro del cenicero, que se ha consumido. Se enciende otro rápidamente, y noto que masculla algo.:
-Gilipollas de mierda.
Me levanto del taburete y me dirijo a la puerta mientras enciendo un pitillo con una cerilla que he encontrado en el bolsillo.
-¿Hoy no pagas? -me grita el camarero.
-Apúntalo en mi cuenta esta vez.
jueves, 11 de diciembre de 2008
Sin nombre (II)
Sin nombre (I)
El frío me hiela las pestañas y el viento me corta las mejillas, pero camino despacio. Solo, claro. Las manos en los bolsillos, la mirada al frente, perdida, mis pasos, largos y firmes, mienten marcando un camino inexistente. He llamado a la oficina, he dicho que me sentía mal y que no iría, después he arrojado el móvil a una papelera. No me he duchado esta mañana y mientras respiro el aire contaminado, recuerdo que no he dejado abierta la ventana de casa. Otro día será.
Me cruzo con la gente, que no me ve, que corre de un sitio a otro, y yo si les veo. Hoy lo veo todo. Corren al trabajo, a la compra, al médico, a casa desde el trabajo, desde la compra, desde el médico. Algunos esperan el autobús, o bajan de uno. Me detengo delante de una tienda de animales, y en el escaparate veo varias jaulas de cristal transparentes, que contienen en su interior a varios cachorros cada una, gatos y perros, que juguetean ajenos al resto. Encerrados, condenados a llevar un chip en su cuello, pero felices de tener un plato de comida y uno de agua, y tiempo para jugar, sea en esa jaula o en su futuro hogar, donde les prohibirán cagar o mear, y donde un ladrido a deshoras provocará una paliza. En el fondo les envidio.
El cielo torna de gris a negro y empieza a llover. La gente corre más deprisa aun. Algunos me pegan con sus paraguas, y en la décima de segundo que me miran a los ojos dicen que lo sienten. Que humanidad. Pienso en que las noticias de la televisión hablarán de las inundaciones que ha provocado la tromba de agua, lo que me lleva a recordar que tenía que comprar pilas. Me meto en la primera tienda de chinos que veo y compro un paquete de cuatro. El chino me intenta colocar un paraguas, a lo que respondo con una mueca de aceptación, mientras miro a la calle. Pago y guardo las pilas en el bolsillo de mi gabardina, agarro el paraguas y salgo. Las calles están casi vacías por la gran lluvia que sigue cayendo, pero yo sigo caminando, mirada al frente, perdida, mis pasos, largos y firmes, que mienten marcando un camino inexistente, y una mano en el bolsillo, la otra, sujeta a un paraguas cerrado. Me apetece un pitillo.
El frío me hiela las pestañas y el viento me corta las mejillas, pero camino despacio. Solo, claro. Las manos en los bolsillos, la mirada al frente, perdida, mis pasos, largos y firmes, mienten marcando un camino inexistente. He llamado a la oficina, he dicho que me sentía mal y que no iría, después he arrojado el móvil a una papelera. No me he duchado esta mañana y mientras respiro el aire contaminado, recuerdo que no he dejado abierta la ventana de casa. Otro día será.
Me cruzo con la gente, que no me ve, que corre de un sitio a otro, y yo si les veo. Hoy lo veo todo. Corren al trabajo, a la compra, al médico, a casa desde el trabajo, desde la compra, desde el médico. Algunos esperan el autobús, o bajan de uno. Me detengo delante de una tienda de animales, y en el escaparate veo varias jaulas de cristal transparentes, que contienen en su interior a varios cachorros cada una, gatos y perros, que juguetean ajenos al resto. Encerrados, condenados a llevar un chip en su cuello, pero felices de tener un plato de comida y uno de agua, y tiempo para jugar, sea en esa jaula o en su futuro hogar, donde les prohibirán cagar o mear, y donde un ladrido a deshoras provocará una paliza. En el fondo les envidio.
El cielo torna de gris a negro y empieza a llover. La gente corre más deprisa aun. Algunos me pegan con sus paraguas, y en la décima de segundo que me miran a los ojos dicen que lo sienten. Que humanidad. Pienso en que las noticias de la televisión hablarán de las inundaciones que ha provocado la tromba de agua, lo que me lleva a recordar que tenía que comprar pilas. Me meto en la primera tienda de chinos que veo y compro un paquete de cuatro. El chino me intenta colocar un paraguas, a lo que respondo con una mueca de aceptación, mientras miro a la calle. Pago y guardo las pilas en el bolsillo de mi gabardina, agarro el paraguas y salgo. Las calles están casi vacías por la gran lluvia que sigue cayendo, pero yo sigo caminando, mirada al frente, perdida, mis pasos, largos y firmes, que mienten marcando un camino inexistente, y una mano en el bolsillo, la otra, sujeta a un paraguas cerrado. Me apetece un pitillo.
lunes, 8 de diciembre de 2008
Sin nombre (I)
Meto la llave en la cerradura y la giro, sigue como la dejé, con dos vueltas. Se abre y me percato de que me olvidé apagar la lámpara, que emite una tenue luz que me llega a través de una neblina provocada por el humo del tabaco que me fumé antes, jodido olvido el mío de no abrir la ventana antes de salir.
Huele a cerrado, a cigarrillos consumidos hasta el filtro y a coñac, también dejé la botella abierta y un vaso a medio terminar en la mesa. Bueno, tampoco importa, convivo con ello cada día y me hace compañía como para que aun no me haya tirado por la ventana, así que es un mal menor que puedo soportar. Intento dejar la gabardina en una silla estirando el brazo y sin preocuparme demasiado, con lo que cae al suelo, pero no me agacho a recogerla. Mañana.
Caigo desplomado en el sofá, miro a través de la ventana y percibo la oscuridad de la madrugada con toda su crudeza y su significado. Al menos tengo un techo, pienso, y no como esos sucios vagabundos y mendigos que deambulan de una día para otro con su cartón de vino malo y sus pertenencias a cuestas, oliendo a mierda y dando pena para ganarse unas monedas. Me consuela y dejo de mirar por la ventana, suspiro bajo ese pequeño momento feliz y paseo la mirada en busca del mando de la televisión. Acierto a verlo medio asomado debajo de un cojín y lo agarro. Apuntó al aparato y pulso algún botón. Nada, olvidé cambiar las pilas, anoche no funcionaba ya. Anteanoche tampoco.
Saco el paquete de tabaco de mi bolsillo del pantalón y me enciendo un pitillo, haciendo que el humo recién creado se funda con el que flota desde hace horas. Bostezo y me estiro, mientras aguanto el cigarrillo entre mis labios, aspirando su aroma, saboreando cada partícula que pasa a través de mi garganta. Me pesan los párpados, creo que me voy a dormir, mañana compraré pilas.
(continuará...)
Huele a cerrado, a cigarrillos consumidos hasta el filtro y a coñac, también dejé la botella abierta y un vaso a medio terminar en la mesa. Bueno, tampoco importa, convivo con ello cada día y me hace compañía como para que aun no me haya tirado por la ventana, así que es un mal menor que puedo soportar. Intento dejar la gabardina en una silla estirando el brazo y sin preocuparme demasiado, con lo que cae al suelo, pero no me agacho a recogerla. Mañana.
Caigo desplomado en el sofá, miro a través de la ventana y percibo la oscuridad de la madrugada con toda su crudeza y su significado. Al menos tengo un techo, pienso, y no como esos sucios vagabundos y mendigos que deambulan de una día para otro con su cartón de vino malo y sus pertenencias a cuestas, oliendo a mierda y dando pena para ganarse unas monedas. Me consuela y dejo de mirar por la ventana, suspiro bajo ese pequeño momento feliz y paseo la mirada en busca del mando de la televisión. Acierto a verlo medio asomado debajo de un cojín y lo agarro. Apuntó al aparato y pulso algún botón. Nada, olvidé cambiar las pilas, anoche no funcionaba ya. Anteanoche tampoco.
Saco el paquete de tabaco de mi bolsillo del pantalón y me enciendo un pitillo, haciendo que el humo recién creado se funda con el que flota desde hace horas. Bostezo y me estiro, mientras aguanto el cigarrillo entre mis labios, aspirando su aroma, saboreando cada partícula que pasa a través de mi garganta. Me pesan los párpados, creo que me voy a dormir, mañana compraré pilas.
(continuará...)
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