Dame muerte,
afila tus garras de gata crecida en ambientes displicentes,
perfora mi ansiedad crecida entre sueños inconscientes
y róbame la sonrisa que sembraste.
Primaveras pasadas siempre fueron mejores,
carretera, manta y muchas flores
que llenaron de semillas los caminos imposibles
que estuvimos dispuestos a caminar,
correr,
atravesar
y a devorar con mordiscos infinitos,
llenándonos de vida el corazón
y de espesa hierba las manos con las que nos recorríamos enfermos,
de día o de noche,
al abrigo de paredes discretas
o al raso cielo del este.
Aun siento enormes brazos alrededor,
antes me envolvían tibios,
deliciosos,
ahora me asfixian,
aprietan,
el aire no se atreve a pasar a mis pulmones desollados;
y el duende ha huido a Arán,
a ese valle que dio origen a las ensoñaciones más hermosas,
ese lugar donde iríamos a plantar nuestro árbol de fantasía,
donde un manto de sonrisas nos envolvería al límite de la felicidad más rebosante,
donde los brazos que me envolverían serían mágicos
y flotaría un aire que lamería nuestras pieles.
La sonrisa sembrada se hubiera convertido en una eternidad
y las garras serían dulces dedos que acariciarían las mejillas,
que ahora,
agrietadas,
son erosionadas por las lágrimas más amargas
que jamás imaginé caer.
El duende desapareció,
Campanilla vuela en otras latitudes
y su polvo se esparce en reinos lejanos
y aquí,
aquí la más seca de las tierras regada con la más agria de las realidades.
Y mucho frío.
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miércoles, 11 de mayo de 2011
Adiós duende
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Valle de Arán
martes, 4 de mayo de 2010
Cuentos (I) Cuento de hadas...
Campanilla vuela por encima de las cabezas de las ovejas, que caminan presurosas y con los ojos fijos en nada, siguiendo sus caminos marcados. El día es soleado, lo que ha empujado a la pequeña hadita a aletear, lo que, para no variar, ha esparcido sus polvos mágicos por la ciudad de Torun, porque para quien no lo sepa, Campanilla nació aquí, en la ciudad de Copérnico, no en el País de Nunca Jamás o en Disneyland. ¿Quién, sino ella, iba a ayudar al flamante astrólogo a desarrollar sus estudios?
Y así, Campanilla volaba y volaba, mientras el rebaño continuaba su marcha impasible a la magia de sus polvos, sin que la mirada de nadie se posara sobre ella, y no sucedía porque ya no se mira al cielo, nadie sueña despierto. Aun así, Campanilla aletea lo más fuerte que es capaz, lo más vigorosamente que sabe, intentando llamar la atención de cualquiera, pero es en balde.
Un día ocurrió, que un joven corderillo fue consciente de la presencia del hada y sin palabras, señaló al cielo azul de un día primaveral, pero, como es costumbre, cuando el sabio señala la Luna, el tonto mira el dedo...
Pues algo así fue el asunto. Nadie le hizo caso, incluso muchos le tomaron por loco, lo que inundó de pena a Campanilla, pero su alma mágica y alegre hicieron que su mirada traviesa se transformara en una expresión tan tierna que ablandaría la más dura roca. Así, fue a posarse en un cercano árbol a donde el corderillo deambulaba desde entonces, y le envió altas dosis de polvos mágicos, para que se mantuviera bien despierto, para que nunca dejara de soñar.
Ahora, Campanilla lava sus alas en las frescas aguas del imponente río Wisla, en un lugar secreto, en un rincón oculto e imposible de alcanzar para cualquier otro que no posea la vitalidad de su vuelo; y allí purifica su magia, allí piensa en aquel joven corderillo que un día quiso volver a soñar.
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