Vaya por delante, que David Lynch es un director que me parece de lo más irregular y que a mi, me tiene absolutamente confuso, ya que si le conocí viendo El Hombre Elefante y me pareció genial, y portador de un algo diferente que le hacía dar un toque muy especial a sus películas, me marea también bastante, con por ejemplo Terciopelo Azul, que me gusta, que tiene un argumento potente y lo trata de una manera muy personal y creo que acertada, pero marea de cojones. Con Twin Peaks (lo siento Luis) me aturdió un poco más, y con Mulholland Drive me hundió más aun en la miseria y en ese pozo en el que te crees metido cuando ves tal jaleo.
Y un día le dio por hacer una película clásica. Y le salió una de las mejores películas que he visto, Una historia verdadera, en la que narra la historia de Alvin Straight, un anciano con numerosos problemas de salud que debe moverse con dos muletas y que recibe una llamada que le alerta del mal estado de salud que también sufre su hermano, con el que no habla hace 10 años. Su único medio para superar los 400 kilómetros que les separan es su segadora, asíque sin dudarlo comienza su viaje, dejando en casa a su hija discapacitada (una Sissy Spacek que me sigue turbando cada vez que la veo, aun recuerdo su diabólica apariencia en Carrie).
La historia es de una sencillez apabullante, y aun así, rezuma vida y amor. Cada imagen es un regalo que se nos ofrece, el guión es inteligente y bien construido, los pocos diálogos son determinantes y dan el punto necesario para conocer a Alvin y su historia, y la música de Angelo Badalamenti es -nuevamente- el perfecto aliado de la gran historia y de las imágenes. El poder del amor (fraternal en este caso) contra el rencor y el orgullo, que tantas veces se imponen a los verdaderos sentimientos, es lo que se nos muestra en la pantalla. Con un ritmo pausado -que no lento- y un tono vital a pesar de la vejez, el camino de Alvin parece una quimera que poco a poco va superando, con problemas, pero con tesón.
Es verdaderamente una delicia de película, con frases inolvidables y escenas verdaderamente entrañables y que dan ganas de volver a ver la película de nuevo. Recuerdo que serenidad me embargó al finalizar la película, lo unido que me vi al viejo Alvin, como los motivos del largo enfado con su hermano se nos omiten -con una voluntariedad inteligentísima- para mostrarnos la cara más amable y emotiva de una relación que se afianzó mirando a las estrellas en las noches de verano.
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lunes, 1 de diciembre de 2008
sábado, 22 de noviembre de 2008
El Lobo Estepario
(...) lo mismo que yo ahora me visto y salgo a la calle, voy a visitar al profesor y cambio con él galanterías, todo ello realmente sin querer, así hacen, viven y actúan un día y otro, a todas horas, la mayor parte de los hombres; a la fuerza y, en realidad, sin quererlo, hacen visitas, sostienen una conversación, están horas enteras sentados en sus negociados y oficinas, todo a la fuerza, mecánicamente, sin apetecerlo: todo podría ser realizado lo mismo por maquinas o dejar de realizarse. Y esta mecánica eternamente ininterrumpida es lo que les impide, igual que a mí, ejercer la crítica sobre la propia vida, reconocer y sentir su estupidez y ligereza, su insignificancia horrorosamente ridícula, su tristeza y su irremediable vanidad. ¡Oh, y tienen razón, infinita razón, los hombres en vivir así, en jugar sus jueguecitos, en afanarse por esas sus cosas importantes, en lugar de defenderse contra la entristecedora mecánica y mirar desesperados en el vacío como hago yo, hombre descarriado! (...)
Este es un pequeño fragmento de una obra demoledora con la deshumanizada sociedad en la que vivimos desde hace mucho tiempo, El Lobo Estepario, de Hermann Hesse. Nos cuenta la historia de un antihéroe que infeliz y solitario, nos muestra una visión de la vida, la muerte, el suicidio, determinadas conductas sociales... Es un libro que aunque corto, es denso como pocos; a mí me da la sensación que enseña y tiene una complejidad brutal, mucho más que la mayoría de libros de 600 o 700 páginas que pueda haber por ahí. En apenas 230 páginas desgrana con una precisión de cirujano multitud de reflexiones y pensamientos, que a pesar de ser escrito en la década de los 20, da la sensación de haber podido ser escrita en esta nuestra época, ya que los temas de los que habla siguen muy frescos.
Muy recomendable, salvo que tengáis pensamientos suicidas en estos días...
Este es un pequeño fragmento de una obra demoledora con la deshumanizada sociedad en la que vivimos desde hace mucho tiempo, El Lobo Estepario, de Hermann Hesse. Nos cuenta la historia de un antihéroe que infeliz y solitario, nos muestra una visión de la vida, la muerte, el suicidio, determinadas conductas sociales... Es un libro que aunque corto, es denso como pocos; a mí me da la sensación que enseña y tiene una complejidad brutal, mucho más que la mayoría de libros de 600 o 700 páginas que pueda haber por ahí. En apenas 230 páginas desgrana con una precisión de cirujano multitud de reflexiones y pensamientos, que a pesar de ser escrito en la década de los 20, da la sensación de haber podido ser escrita en esta nuestra época, ya que los temas de los que habla siguen muy frescos.
Muy recomendable, salvo que tengáis pensamientos suicidas en estos días...
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arte,
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literatura,
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lunes, 6 de octubre de 2008
Viajan conmigo
O yo viajo con ellos.
No sé cuántas noches he cogido el tren de las 23:30 en Embajadores con dirección Móstoles-El Soto.
Martes, domingo, jueves, lunes. Decenas, cientos de días.
Y no falla, siempre uno o dos yonkis por trayecto. A casi todos les llevo viendo un tiempo medianamente largo por allí, recorriendo los vagones del tren uno por uno, cada uno contando su historia, mendigando unos céntimos, buscando alcanzar un objetivo: el precio del chute. Siempre con educación, dando numerosas veces las gracias, despidiéndose; algunos pasan deprisa y sin mirar demasiado, otros se detienen e incomodan a los viajeros, que normalmente rehuyen su mirada y se aferran a sus bolsos y pertenencias, aunque jamás he visto a ningún yonki robar a nadie en el tren. Jamás.
Con el paso del tiempo vas viendo su decadencia, como hace unos meses eran más fuertes, andaban decentemente, no tenían una pinta demasiado sucia, su voz era perfectamente entendible. Con el paso de los días y meses se convierten en seres demacrados, que andan a trompicones, con la mirada ida en muchos casos, con el habla trastocada, con la ropa roída y con una delgadez galopante. A muchos sólo con oírles cuando vienen por mi espalda ya les pongo cara, y me sorprende la degradación a la que ellos mismos se están sometiendo. Es un espanto lo que el ser humano es capaz de hacerse a sí mismo, es un caso extremo de la frase de Hobbes "El hombre es un lobo para el hombre".
Me hace sentirme mal ver como se produce esa auto destrucción, porque supongo que yo también puedo caer en un momento dado en una situación así. No creo que ellos hayan caído por propia voluntad en ese mundo de poblados, drogas, mendicidad, y todo lo que no sabemos y que debe ser aun más espantoso todavía. Lógicamente la culpa es de cada uno, pero, ¿qué circunstancias mueven a uno a meterse en toda esa mierda? Muchos vendrán de familias complicadas, con problemas, pero estoy convencido de que otros muchos habrán sido niños completamente normales, que por no sé qué movidas han acabado así, sin familias, deambulando como zombis de tren en tren todo el día, sin otro objetivo en sus vidas que alcanzar el dinero que les de para fumarse una china que les quite el mono.
Y quizá, peor que verlos a menudo por los trenes, y comprobar su progresiva degradación humana, es pensar que muchos de los que veía hace varios meses, han ido desapareciendo.
No sé cuántas noches he cogido el tren de las 23:30 en Embajadores con dirección Móstoles-El Soto.
Martes, domingo, jueves, lunes. Decenas, cientos de días.
Y no falla, siempre uno o dos yonkis por trayecto. A casi todos les llevo viendo un tiempo medianamente largo por allí, recorriendo los vagones del tren uno por uno, cada uno contando su historia, mendigando unos céntimos, buscando alcanzar un objetivo: el precio del chute. Siempre con educación, dando numerosas veces las gracias, despidiéndose; algunos pasan deprisa y sin mirar demasiado, otros se detienen e incomodan a los viajeros, que normalmente rehuyen su mirada y se aferran a sus bolsos y pertenencias, aunque jamás he visto a ningún yonki robar a nadie en el tren. Jamás.
Con el paso del tiempo vas viendo su decadencia, como hace unos meses eran más fuertes, andaban decentemente, no tenían una pinta demasiado sucia, su voz era perfectamente entendible. Con el paso de los días y meses se convierten en seres demacrados, que andan a trompicones, con la mirada ida en muchos casos, con el habla trastocada, con la ropa roída y con una delgadez galopante. A muchos sólo con oírles cuando vienen por mi espalda ya les pongo cara, y me sorprende la degradación a la que ellos mismos se están sometiendo. Es un espanto lo que el ser humano es capaz de hacerse a sí mismo, es un caso extremo de la frase de Hobbes "El hombre es un lobo para el hombre".
Me hace sentirme mal ver como se produce esa auto destrucción, porque supongo que yo también puedo caer en un momento dado en una situación así. No creo que ellos hayan caído por propia voluntad en ese mundo de poblados, drogas, mendicidad, y todo lo que no sabemos y que debe ser aun más espantoso todavía. Lógicamente la culpa es de cada uno, pero, ¿qué circunstancias mueven a uno a meterse en toda esa mierda? Muchos vendrán de familias complicadas, con problemas, pero estoy convencido de que otros muchos habrán sido niños completamente normales, que por no sé qué movidas han acabado así, sin familias, deambulando como zombis de tren en tren todo el día, sin otro objetivo en sus vidas que alcanzar el dinero que les de para fumarse una china que les quite el mono.
Y quizá, peor que verlos a menudo por los trenes, y comprobar su progresiva degradación humana, es pensar que muchos de los que veía hace varios meses, han ido desapareciendo.
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