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viernes, 16 de noviembre de 2012

Actos de fe

A veces escribir es un acto de fe.

Tropezando como siempre pero sin hacerlo público me he sentido extraño. Más de cuatro años expulsando mi mierda en este rincón para acabar sintiendo la violencia de la falta de intimidad, o de la exposición de las debilidades mejor dicho, y de repente apartarme de todo eso. Aislarme, algo que no me es desconocido, pero aislarme, al fin y al cabo.

Decía que a veces escribir es un acto de fe, una obligación, un entregarte en las manos de "otro", un otro que no es nadie más que tú mismo, pero quizá sea más fácil sentir que esas letras surgen de otras manos, de otra mente, que ese sentimiento no es tuyo, que esa sensación terrible que te martillea en la sien es de un tercero, un ser invisible que es -por llamarlo de alguna manera- un contenedor de escombros personales. Pero cuando te vas a dormir te das cuenta que de repente todo eso vuelve a caer a granel sobre tu cabeza, a modo intruso, arramplando con la supuesta tranquilidad que creías lograda tras volcar la consabida mierda en ese falso retrete que no es más que un boomerang de eterno retorno. 

En fin, que empezaba queriendo hablar sobre una cosa y he acabado hablando sobre nada en realidad. A veces pasa, me pasa. 

Cosas de mi confusión mental.

martes, 6 de septiembre de 2011

Camino. Tropiezo.

Camino,
tropiezo.
Y tropiezo.


Hay piedras que cuanto menos se ven más daño hacen,
afiladas y con aristas,
ocultas.
La arboleda me alcanza tras la caricia de las flores,
flores con pinchos,
agujas que no se sienten hasta que la soledad del bosque camufla el cielo,
y la oscuridad cae a plomo,
violenta, imprevista.


Pero me levanto,
camino,
tropiezo.
Y tropiezo.


Busco el Sol y bajo él las flores,
el sendero,
¿dónde está el sendero?
No sé volver atrás,
así que avanzo,
camino,
busco flores,
busco el Sol que me devuelva la sonrisa,
supongo que cuando quieres algo el tropezar es otro paso más.


Camino,
camino.
Y camino.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Tropezar

El óxido adueñado de mis palabras en las últimas semanas me condena. Mi falta de palabras ante la realidad me asombra, por infrecuente, ante una situación indeseable, asumible supongo, pero triste. Nunca fui un luchador, no peleé en mi vida las cosas hasta la extenuación, hasta límites fuera de lo razonable que me llevaran a... Fuera de esos límites, precisamente.


Esta vez me desfondé, intenté por mil caminos y cien mil atajos, di millones de rodeos, muchas curvas, tropecé incansablemente, tropecé como jamás había tropezado. Me caí, me levanté, me agarraron de la mano para continuar y yo abracé esa mano sin pensar, ingenuo y convencido de mis deseos.


Y perdí. 


Pero si algo he comprendido es que la pelea por lo que se quiere nunca sobra, y que el hueco para el arrepentimiento no existe, ese hueco no. Sólo hay lugar para esa melodía de piano que quedó pendiente...


Y volvería a tropezar.