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martes, 29 de noviembre de 2011

Un mes.
Te mueres viviendo un día a día que no es el tuyo;
olvidas cuando mirabas inocente,
olvidas que no siempre había un velo delante de tus ojos,
olvidas que no siempre se difuminó tanta vida en tan poco tiempo.
Tiempo,
sólo el tiempo borra las heridas que acuchillaron con saña,
olvida el tiempo que él mismo es culpable,
corre cuando quieres parar y se arrastra cuando quieres volar,
el tiempo,
fatal concepto que mide las penas y disuelve alegrías,
que alarga tormentos...
Un mes.
¿Es mucho o es poco?
Es un mes,
sólo tiempo,
tiempo para darse cuenta de la ausencia,
de la ausencia más presente,
la ausencia que levanta ampollas,
la ausencia que lastra una vida que ya no es la tuya sino una prestada,
violada, 
perturbada
y afligida por la suciedad de la añoranza,
de esa añoranza que es horrible y te violenta,
de esa añoranza que te dan ganas de reventar las paredes con tus propias entrañas,
esa añoranza que no palía una foto antigua,
esa añoranza que va tapándote los ojos a lo que era una vida,
la tuya, 
la realidad que ya no es tal,
que es otra,
que es ausencia, que es olvido,
que es recuerdos,
que es lágrimas,
que es impotencia y lamento y basura y cansancio.
Que es un mes, 
y que serán muchos.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

But I know I'll see your face again




Inmensa canción que Richard Ashcroft dedicó a su padre, fallecido por culpa de un cáncer.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Lágrimas

Las lágrimas caen a plomo del cielo,
zarpazo a zarpazo en mi mejilla
gastada, violada,
devoran mi espacio espeluznantes,
me aturdo desorientado,
impasible;
vacilo en mis pasos torpes,
perdidos.

Fiero el zarpazo del otro lado,
limpio y definitivo.
Definitivo es una palabra horrible,
brutal, 
definitiva.
Y así me aterra,
me consume el sueño mordido,
perdido y afligido;
estúpido ingenuo pensando en la eternidad de lo perecedero.


La Luna llora desconsuelo en mi piel,
lágrimas tenues,
invisibles gotas de alma resbalando calmas,
tibias,
solemnes en su silencio pleno,
abrumador y decadente.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Humo

Hay tormentas que llevan a calmas borrascosas,
oscuras,
obscenas.
Tinieblas en paz,
silencios pausados en la eternidad de lo efímero,
un refugio al descubierto.
Bajo el cielo raso la tranquilidad de la batalla terminada;
el día después,
los muertos,
corazones hambrientos que ya no clamarán por sus latidos,
los rescoldos del deseo humeantes,
ajenos,
podridos.

jueves, 18 de agosto de 2011

(H)orquídea

Cultivaba orquídeas.


Y me dan ganas de escribir orquídea con hache. Una hache muda que no se oiga pero se sienta, se padezca, se entrometa por los poros de la piel y cale hasta los huesos de quien se atrevió a romper el hábitat más preciado del mayor amante que tuvo. La miel de sus labios rezumaba intensidad cuando la tenía cerca, salivaba como cualquier perro de Pávlov sólo con imaginar su aroma, temblaba su frágil corazón al pronunciar su nombre y su mirada centelleaba como una noche veraniega cuando encontraba a centímetros la claridad y el osado brillo de los ojos de quien amó en un crudo silencio.


Porque el silencio suele ser crudo. Salvaje.


Jóder, ¿tan difícil es entender que no quería salir? La luz que buscaba no era la del Sol, y sus palabras donde mejor encontraban acomodo era en sus cuadernos y no en los oídos de nadie, pero el engaño y la traición a veces son más poderosos que cualquier otro arma. La violación de una intimidad tan celosa fue el mayor castigo que pudo soportar, y tras segar el tallo de cada una de sus flores, murió con ellas.


Disimuló cada uno de los movimientos de su vida tan sesudamente, que cuando le encontraron, ni siquiera sus piernas danzaban, inertes, bajo su cuello estrujado por la soga que se sintió obligado a utilizar.

martes, 31 de mayo de 2011

Está ahí

¿Qué es la muerte?


El paso previo a la eternidad, o a la nada. No sé que prefiero, sólo sé que últimamente la veo demasiado cerca, y no precisamente en mi, sino en quienes más duele.


Ahora mismo escribo y debería tirarme de los pelos, llorar de impotencia o romper las paredes de rabia. Pero escribo, estoy tranquilo y cansado; lo más parecido a un bloqueo ha cosido mi mente a cal y canto, impidiendo salir expresiones dolorosas, lágrimas o aspavientos. Mis movimientos son sosegados, mi mirada indefensa, mi lengua un bozal.


La muerte no viene ni va, siempre está ahí, no esperando, sino como un concepto al final de la travesía que supone la vida, más larga o más corta según en que piel nazcas. Supongo, que a veces, simplemente, la ves estar ahí. En ocasiones más cercana, en otras más lejana, quizá hay un día en el que te abraza arrancándote un pedazo muy grande de ti y en otro te roza llevándose apenas nada. 


La percibo estar ahí, quieta, no me mira pero ve, escribo y lee, respiro y se traga el aire, me asfixia en silencio.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Adiós duende

Dame muerte,
afila tus garras de gata crecida en ambientes displicentes,
perfora mi ansiedad crecida entre sueños inconscientes
y róbame la sonrisa que sembraste.
Primaveras pasadas siempre fueron mejores, 
carretera, manta y muchas flores
que llenaron de semillas los caminos imposibles
que estuvimos dispuestos a caminar,
correr,
atravesar 
y a devorar con mordiscos infinitos,
llenándonos de vida el corazón
y de espesa hierba las manos con las que nos recorríamos enfermos,
de día o de noche,
al abrigo de paredes discretas
o al raso cielo del este.
Aun siento enormes brazos alrededor, 
antes me envolvían tibios, 
deliciosos,
ahora me asfixian,
aprietan,
el aire no se atreve a pasar a mis pulmones desollados;
y el duende ha huido a Arán,
a ese valle que dio origen a las ensoñaciones más hermosas,
ese lugar donde iríamos a plantar nuestro árbol de fantasía,
donde un manto de sonrisas nos envolvería al límite de la felicidad más rebosante,
donde los brazos que me envolverían serían mágicos
y flotaría un aire que lamería nuestras pieles.
La sonrisa sembrada se hubiera convertido en una eternidad
y las garras serían dulces dedos que acariciarían las mejillas,
que ahora, 
agrietadas,
son erosionadas por las lágrimas más amargas
que jamás imaginé caer.
El duende desapareció,
Campanilla vuela en otras latitudes
y su polvo se esparce en reinos lejanos
y aquí,
aquí la más seca de las tierras regada con la más agria de las realidades.
Y mucho frío.

martes, 10 de mayo de 2011

Winter's coming


"- (...) No te pregunto por qué el hombre debía morir, sino por qué tenía que ajusticiarlo yo en persona.


- El rey Robert tiene verdugos -dijo Bran, inseguro. No sabía la respuesta.


- Cierto -admitió su padre-. Igual que los reyes Targaryen, que reinaron antes que él. Pero nuestras costumbres son las antiguas. La sangre de los primeros hombres corre todavía por las venas de los Stark, y creemos que el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada. Si le vas a quitar la vida a un hombre, tienes un deber para con él, y es mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas palabras. Si no soportas eso, quizá es que ese hombre no merece morir."




A Song of Ice and Fire. A Game of Thrones, de George R. R. Martin.

jueves, 21 de abril de 2011

Canto del cisne

Tu canto del cisne fue el más feliz que pudiste regalarnos.
Y no se olvidará ni te olvidaremos.

viernes, 18 de marzo de 2011

Diálogos de cine (VII) Departures. Muerte

Daigo entra en la sala. Sasaki sentado


- ¿Comes bastante?
- ¿Eh?
- Tu esposa sigue fuera.
- Si.
- Come. Seguro que cocino mejor que tú. Sírvete.
- ¿Qué es?
- Huevas de pez globo. A la parrilla están buenísimas.


Daigo mira una foto. Sasaki lo percibe. 


- Mi esposa. Murió de repente hace nueve años. Uno de los dos siempre se va primero, pero cuesta ser el que se queda. La dejé muy guapa, y me despedí de ella. Fue la primera. Abrí este negocio después. Incluso ésto (muerde la hueva) es un cadáver. Los vivos se comen a los muertos. Es así, excepto las plantas. 


Sasaki saborea la hueva. 


- Si no quieres morir, has de comer. Y si comes, disfrútalo. 


Daigo prueba la comida.


- ¿Qué tal?
- Muy buenas.
- Tan buenas que me muero.


Departures, de Yojiro Takita.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Tan cerca y tan lejos

Lejos:
imágenes invisibles,
sueños,
risas,
besos,
abrazos.


Cerca:
silencio.


El silencio dañino,
que me deja sordo,
que taladra
mi cabeza, hastiada
e indefensa;
podrida,
de la magnitud de los infiernos
que surco en la palidez
de la nada absoluta,
en la pureza
del indigno sentimiento
rechazado.


Una espada de Damocles ya caída,
sangre seca,
ropa sucia;
el óxido de su filo que corroe
el blanco de mis ojos,
se adueña de mi el hedor de un tiempo pasado,
muerto,
cabizbajo,
ese que estuvo tan cerca y ahora...
Ahora no está.


Tan cerca el silencio perverso,
tan lejos tú.

jueves, 28 de octubre de 2010

Pearl Jam - The End

Pearl Jam. Eddie Vedder.
Nada más que añadir, por mi parte.



viernes, 12 de marzo de 2010

Se mueren los buenos. Hasta siempre, Miguel.

"Lo dicho"; "Salud para encomendarle a Dios". Después de todo hizo bien en mandar a Bertrán a la cocina. Un bedel no debe estar nunca donde estén los catedráticos. Y luego, la escena. Antonio había pasado un mal trago por su culpa. ¿Por qué asistirían los sordos a estas cosas? Antonio tan sólo dijo: "Se mueren los buenos y quedamos los malos", y, en realidad, no lo dijo; lo musitó, pero Bertrán dijo: "¿Cómo dice?", y Antonio lo repitió otra vez, quedamente, mirando antes, suspicazmente, a los lados, y Bertrán levantó los hombros y la voz y dijo: "si no le entiendo" y ponía por testigos a la concurrencia y Antonio miraba al cadáver y, luego, al acompañamiento, pero lo dijo otra vez y otra, alzando progresivamente la voz, mientras en los grupos se iba haciendo el silencio, de tal forma que cuando chilló, "¡que quedamos los malos y se mueren los buenos!" y Bertrán respondió: "¡Ah, no le entendía, perdone!", todo el mundo se dio por enterado.


Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes.

lunes, 1 de marzo de 2010

La rosa

Agarré la flor, esa rosa roja que, a pesar de tan común, era su favorita. Y eso la hacía especial, a ella y a la rosa.

Desgarré suavemente el tallo espinoso que incrustó sus púas en la palma de mi mano, pero el dolor fue escaso, leve, casi placentero. La miré fijamente, con amor, viendo en cada pétalo un poro de su piel, y en cada espina su mirada, orgullosa y altiva. Era una simbiosis perfecta, una unión en la distancia, mezcla de dulzura y dureza, un pedazo de ella aquí y de la rosa allí.

Caminé con ella en la mano, no era la mejor manera de sentirla conmigo, pero si la única. Resplandecía el Sol en el cielo, bañando cada rincón, iluminando y traspasando con sus rayos la belleza de mi flor, coloreando una sombra rojiza, de una intensidad exagerada. A su vez, la brisa veraniega expandía el delicioso aroma en el ambiente, dejando huella palpable de su paso.

Juro que lo vi, que vi como una minúscula lágrima brotó de ella, cayó con delicadeza por uno de sus pétalos, brilló al Sol, y se esfumó. Era la señal, lo que yo esperaba, sabía que aparecería, que no me dejaría para siempre. Entonces enfilé el camino y a buen paso no tardé en llegar. Crucé la verja y seguí el camino que tantas veces había soñado recorrer, con la rosa en la mano, con esa rosa especial y única, portadora de sensaciones y sentimientos, y que por fin deposité sobre la piedra, sobre la hasta entonces fría piedra, que de ahora en adelante me encargaría de limpiar y embellecer, para que nunca volviera a sentirse sola.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Diálogos de cine (V) My Life Without Me, de Isabel Coixet

(Interior de una caravana. Antes de la cena, todo un poco revuelto. Un hombre, dos mujeres y dos niñas. Ann está tumbada en la cama mientras el resto ponen la mesa, tiene mala cara)

Ann: Ann, es una vergüenza invitar a alguien para que lo haga todo él mismo...
Vecina Ann: No tengo que hacer nada, sólo calentar las gambas...
Don: Todavía no he entendido porqué tuviste que ir a Shrimps'n Prawns, encontrándote así.
Ann: Creí que me encontraba mejor de lo que me encontraba, ya te lo he dicho.
Vecina Ann: Una anemia fuerte no es cosa de tomársela a la ligera, Ann, debes descansar.
Don: Haz caso a la enfermera Ann, Ann.
(Todos ríen)
Penny y Patsy: Ann, Ann, Ann, ¡ANN, ANN, ANNANNANN!
Vecina Ann: Niñas, Don. Lavarse, manos, vamos...
Ann (off): Rezas para que ésta esa tu vida, tu vida sin ti... Para que las niñas quieran a esa mujer que se llama como tú, para que tu marido acabe por quererla, para que vivan en la casa de al lado y las niñas jueguen a muñecas en el remolque recordando apenas a su madre, que dormía de día y las llevaba en canoa... Rezas para que tengan momentos de felicidad tan intensos que cualquier pena a su lado parezca pequeña. Rezas no sabes a qué, ni a quién, pero rezas. Y ni siquiera sientes nostalgia por la vida que no tendrás porque para entonces, habrás muerto y los muertos no sienten nada, ni siquiera nostalgia.

sábado, 13 de febrero de 2010

Berlín (I) Sachsenhausen

Viaje al horror.

Sachsenhausen, campo de trabajos forzados primero, y de concentración después, es una pequeña y digna muestra de la barbarie que el ser humano es capaz de cometer.

Imprescindible visita para quien vaya a Berlín. Admirable como algunos países respetan a su memoria histórica, envidiable diría.


"El trabajo os hará libres"


"ZONA NEUTRAL.
Se disparará sin previo aviso"


Cada loseta representa un barracón, ya que la mayoría fueron destruídos.


Prisión especial de la Gestapo.


"Hombres de las SS tenían un dicho para los recién llegados,
señalando a las chimeneas del crematorio decían: Hay un camino
para la libertad, ¡pero sólo a través de esa chimenea!"

domingo, 20 de diciembre de 2009

La sonrisa de Dasha (VI)

El ulular del viento es el sonido que más escucho. Sopla entre las piedras, se cuela por cada rendija, llega cortante hasta mi rostro y silbando melodías de muerte, me acompaña. Es mi único acompañante.

Han pasado muchos meses ya… No sé muy bien, exactamente es imposible. Desfilan días y desfilan noches, incontables. A veces ni llego a ver la luz traspasar las pequeñas rendijas de mi escondite, las nubes grisáceas o el humo negro de los fuegos en la ciudad se interponen, es imposible llevar la cuenta. A veces intento contar días, pero me pierdo, y termino sumando las veces que el viento aúlla y ruge, hasta que me doy cuenta y paro, lloroso. No quiero volverme loco, pero es imposible, sé que será imposible no trastornarme, aquí, sólo, a oscuras, sin hablar, procurando no hacer ruido para que no me descubran, el viento es terrible, es constante, más que los bombardeos. Siempre está aquí, y no tengo armas para luchar contra él. Mi única esperanza es que mi pequeña Dasha lo escuche como yo, y le lleve hasta donde esté el aroma de mi amor, porque a mi no me llega nada, pero no quiero ser pesimista, me muero si dejo de pensar en que ella está ahí fuera, esperándome.

Fuera, hay disparos a cada rato; he aprendido a diferenciar de qué bando provienen, si son escaramuzas o fusilamientos, ráfagas preventivas, si son pistolas, rifles o ametralladoras… Realmente es fácil, sobretodo los fusilamientos, que son repentinos, a veces son tan cerca que oigo hasta las voces de quien ordena abrir fuego. Se me hiela la sangre cada vez que sucede. Si me descubren, seré yo uno de los próximos fusilados.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Últimos besos

Por último, decirte que siento no haber conseguido que tu felicidad haya trascendido el tiempo, y se vea destruida en estas circunstancias. Me destroza pensar en ello.

Te envío los besos más grandes, como sólo pueden serlo los últimos.

Te quiero.


Las lágrimas desgarradas de ella fluían por su rostro como un río salvaje, erosionando su piel lechosa; caían rabiosas, corriendo la tinta del papel, fusionándose el dolor de ella con las letras de él.

No había remedio, ni para las noticias que traía la carta, ni para la locura desesperante que atacó a la muchacha, haciendo saltar por los aires su sistema nervioso. Temblaba, gritaba y lloraba. Su mente era una niebla confusa plagada de rabia e impotencia, una impotencia insostenible y abrumadora.

Al menos no tuvo que sufrir el verle a él escribir sus últimas palabras con un lápiz del tamaño de una uña, a la luz ínfima que se colaba por una hendidura de la puerta, en un estado penoso de delgadez extrema, donde sus huesos eran salientes picudos, y su piel amoratada se resquebrajaba con soplarla.

No vio como los guardias lo levantaron del helado frío de su celda, y lo arrastraron inhumanamente hasta el patio, donde lo arrojaron al lado de otros prisioneros infectos como él.

No vio como los colocaron en fila delante de un grupo de jóvenes soldados con la mirada asesina de un viejo lobo.

No vio como un capitán bien trajeado y con la panza llena dio la orden.

No vio como los viejos lobos con uniformes militares apretaban los dientes y soltaban ráfagas de ametralladora contra los escombros humanos que tenían delante.

No tuvo que ver como el cuerpo de él recibía con sacudidas y espasmos las balas.

No tuvo que ver como la sangre brotó a chorros de su cuerpo.

Ni siquiera tuvo que ver como, inerte y sin vida, su cuerpo se desplomó contra el árido suelo.


Pero llora, grita y tiembla de pensarlo.

Lee y relee sin parar su última frase: "Te envío los besos más grandes, como sólo pueden serlo los últimos".

Y llora más, grita más alto y tiembla más fuerte.