Y me chupo el meñique, amargo, con un regusto ácido que me exalta en la noche y me dispara a sensaciones directas, efectivas, excéntricas. Los bombos retumban dentro de mi, y mi piel, erizada y sudada, levita al son de esos graves desaforados, con el ritmo sincopado empotrándose en mi confusa lengua, que danza desinhibida y seca, hinchada, inconsciente.
La euforia, el placer y la empatía con un ambiente al que tampoco hago mucho caso me sobrellevan una decena de centímetros por encima del suelo, me transportan las luces parpadeantes, me da frío por fuera y calor por dentro, sudo y dilato mis pupilas hasta ver que en los rincones más oscuros hay un hueco para mi, para bailar en un ritmo más profundo, más pesado, que me reviente aun más los oídos y me penetre aun más la piel.
Y veo una cara, hay muchas, veo unos ojos, una boca y me acerco, una figura, una forma de moverse, un compás ingenuo y criminal, un perfil definido que me ahuyenta y me atrapa. Transpiro por cada poro como si fuera el único, un olor tibio impone su ley en este espacio de sombras que se mueven a golpe de grave.
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sábado, 5 de mayo de 2012
jueves, 19 de abril de 2012
Sintiendo sueños (y III)
Hay noches en las que intuyo despertar, y sin salir de la cama pienso la de cosas que callé cuando creía sentir que ponía mi corazón abierto en dos mitades delante de tus ojos. Ahora, en la distancia, aprecio las lagunas, los vacíos, los huecos que nunca se llenaron, las palabras cálidas en oídos receptivos que no eran más que palabras, besos puros en forma de semillas que se regaban a borbotones y que sufrían después la peor de las sequías.
Hay noches en las que intuyo despertar, y sin salir de la cama pienso como sería otra vida, otro lecho, un susurro al despertar, una lágrima, una luz traspasando la ventana y dibujando tu contorno en mi piel hambrienta. Ahora, en la distancia, añoro el roce, las caricias, las miradas silenciosas que gritaban haciendo tambalearse los cimientos de nuestros sentimientos, esos que nos llevaron al precipicio sobre el que sólo planean los valientes, ahí donde los cobardes dan un paso atrás.
Hay noches en las que intuyo dormir,
y siento sueños.
Hay noches en las que intuyo despertar, y sin salir de la cama pienso como sería otra vida, otro lecho, un susurro al despertar, una lágrima, una luz traspasando la ventana y dibujando tu contorno en mi piel hambrienta. Ahora, en la distancia, añoro el roce, las caricias, las miradas silenciosas que gritaban haciendo tambalearse los cimientos de nuestros sentimientos, esos que nos llevaron al precipicio sobre el que sólo planean los valientes, ahí donde los cobardes dan un paso atrás.
Hay noches en las que intuyo dormir,
y siento sueños.
jueves, 5 de abril de 2012
Sintiendo sueños (II)
Llego a casa empapado por la lluvia primaveral que me inunda los ojos perdidos. Desnudo mi cuerpo y mi ser en un cuarto vacío, arrojo las ropas mojadas al baúl de la nada, me acurruco en una esquina en penumbra, escondiéndome de esta noche fría, húmeda y de una soledad que trasciende mis poros estallándome en los huesos, ya resquebrajados por tantas horas de espera. De espera a algo que ni sé, ni realmente espero. Joder.
¿Acaso sigues asomándote a mi ventana? A veces pienso que tienes la llave de esta puerta que un día echaste abajo con una dulce patada, y me dan ganas de marcharme de esta casa abarrotada de recuerdos, imágenes que aun dibujan tiempos en los que yo era yo y nada más. No ahora, que soy yo con trabas, con pasado, con el presente condicionado, con las uñas carcomidas por la avalancha de un futuro que no deseo.
Y sigo mascullando en esta esquina oscura, susurrando al viento que deje de soplarme en la cara.
¿Acaso sigues asomándote a mi ventana? A veces pienso que tienes la llave de esta puerta que un día echaste abajo con una dulce patada, y me dan ganas de marcharme de esta casa abarrotada de recuerdos, imágenes que aun dibujan tiempos en los que yo era yo y nada más. No ahora, que soy yo con trabas, con pasado, con el presente condicionado, con las uñas carcomidas por la avalancha de un futuro que no deseo.
Y sigo mascullando en esta esquina oscura, susurrando al viento que deje de soplarme en la cara.
hablo de
filosofía barata,
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lluvia,
noche,
pasado,
presente,
relatos,
sentimientos,
ventana
sábado, 31 de marzo de 2012
Sintiendo sueños
Despierto sudando en plena noche, con la respiración agitada y un nudo que estrangula mi mirada perdida en la profunda oscuridad. Me levanto de la cama y busco donde agarrarme, nada, donde apoyarme, no encuentro nada; un mareo, vértigo, me aturdo y doy dos pasos, muevo mis manos buscando donde asirme y el vacío que se ha apoderado de mi, de todo. Siento que el aire que respiro es denso, que pesa, que inunda mis pulmones. Hay al final de un no sé donde un ruido, son tambores, tan tan tan, tantaratán, tan tan tan, suenan lejanos, pero bañan mis oídos y penetran en mi cabeza como navajas afiladas, tan tan tan, tan tan tan. Quiero correr y no puedo, mis brazos se agitan buscando las paredes, los muebles, una salida a esta pesadilla en la que creo que huyo de algo, o quizá busco, no lo sé.
De repente los tambores paran, mi cerebro se libera de las navajas y el silencio se adueña del vacío. Miro a un lado y al otro sin ver, siento algo que me roza y me estremece. Es una mano, ¿dónde está? ¿quién eres? Eran unos dedos finos, parecía una mano delicada, me ha rozado con dulzura, vuelve, vuelve... Noto unos pasos, no los oigo, sólo los noto, los percibo a mi lado, huelo un perfume, huelo algo que ya he olido, un cuello, una piel, estiro los brazos sintiendo el aroma tan cerca... Nada.
Me paro, dejo de dar pasos. No quiero seguir, no puedo seguir. Me siento, sigo sin ver pero me siento, espero, aguzo los sentidos, quiero volver a oler, a sentir el tacto de esa mano, quiero sentir, quiero sentir y no a este vacío que se burla de mi, quiero luz y poder ver, respirar aire fresco. Ahora siento un sonido, una voz suave, un aliento tibio flotando alrededor de mi, otra vez ese aroma, una caricia en mi mano, un beso en la mejilla, me revuelven el pelo; estiro los brazos al océano de sensaciones que me envuelven...
Despierto sudando en plena noche, con la respiración agitada y un nudo que estrangula mi mirada perdida en la profunda oscuridad.
De repente los tambores paran, mi cerebro se libera de las navajas y el silencio se adueña del vacío. Miro a un lado y al otro sin ver, siento algo que me roza y me estremece. Es una mano, ¿dónde está? ¿quién eres? Eran unos dedos finos, parecía una mano delicada, me ha rozado con dulzura, vuelve, vuelve... Noto unos pasos, no los oigo, sólo los noto, los percibo a mi lado, huelo un perfume, huelo algo que ya he olido, un cuello, una piel, estiro los brazos sintiendo el aroma tan cerca... Nada.
Me paro, dejo de dar pasos. No quiero seguir, no puedo seguir. Me siento, sigo sin ver pero me siento, espero, aguzo los sentidos, quiero volver a oler, a sentir el tacto de esa mano, quiero sentir, quiero sentir y no a este vacío que se burla de mi, quiero luz y poder ver, respirar aire fresco. Ahora siento un sonido, una voz suave, un aliento tibio flotando alrededor de mi, otra vez ese aroma, una caricia en mi mano, un beso en la mejilla, me revuelven el pelo; estiro los brazos al océano de sensaciones que me envuelven...
Despierto sudando en plena noche, con la respiración agitada y un nudo que estrangula mi mirada perdida en la profunda oscuridad.
miércoles, 4 de enero de 2012
Fragmento de un posible... (II)
En el pasto, a unos pasos del precipicio, y relajado, Leo disfrutaba con los ojos cerrados de la música que la naturaleza componía en la tierra que le había visto nacer. Los mirlos trinaban incansables, intentando triunfar en la batalla sonora que emprendían cada amanecer frente al ruido del agua estampándose contra las rocas. Aquella melodía trasladaba la mente del joven gargáreo a las historias que su familia le había contado desde que apenas comenzó a caminar.
—Te ofrecimos al poder de las aguas en tu primer amanecer —le aseguraba siempre su madre. Allí, las viejas tradiciones se habían mantenido casi intactas, a pesar de haber hincado la rodilla ante el Rey hacía muchos años, y los recién nacidos eran expuestos, prácticamente nada más salir del vientre de sus madres, a la ingobernable fuerza del mar, considerada sagrada y suprema para decidir sobre la vida y la muerte de los habitantes de Gargalia. —Por un momento, temí que fueras reclamado por las profundidades y el mar te llevara con él. Sólo fue un instante, un pequeño relámpago que atravesó mi cuerpo haciéndome creer que perdería un hijo. —Aunque en seguida comprendió. Si las aguas subían el escaso espacio que faltaba para engullirlo, sería una señal inequívoca de la profecía que esperaban en aquellas tierras desde hacía siglos, la llegada del gran hombre a través de la gran ola.
Le encantaba echarse allí durante horas. Dejarse acariciar por el verde pasto que le cosquilleaba los pies, entregarse al viento que le envolvía en un manto de pureza invisible, impregnarse del olor de unas tierras que su familia había pisado desde antepasados suyos que ni siquiera habían conocido la Torre de los Desmayos. Ésta era una atalaya en la cual se decía que la madre que viera a su hijo, depositado recién nacido en una ruda cuna de maderos lijados, ser atrapado por el océano sufriría un impacto tal que provocaría su inconsciencia eterna. La leyenda era casi tan antigua como los primeros pobladores, y no se sabía a ciencia cierta si en alguna ocasión el agua había atraído para si algún bebé, pero no cabía duda que en un día en el que las olas fueran tan terribles como para salpicar la Torre, no era tan descabellado que un arreón ligeramente más intenso pudiera alcanzar los troncos pulidos sobre los que lloraban las criaturas aun sangrientas.
—Te ofrecimos al poder de las aguas en tu primer amanecer —le aseguraba siempre su madre. Allí, las viejas tradiciones se habían mantenido casi intactas, a pesar de haber hincado la rodilla ante el Rey hacía muchos años, y los recién nacidos eran expuestos, prácticamente nada más salir del vientre de sus madres, a la ingobernable fuerza del mar, considerada sagrada y suprema para decidir sobre la vida y la muerte de los habitantes de Gargalia. —Por un momento, temí que fueras reclamado por las profundidades y el mar te llevara con él. Sólo fue un instante, un pequeño relámpago que atravesó mi cuerpo haciéndome creer que perdería un hijo. —Aunque en seguida comprendió. Si las aguas subían el escaso espacio que faltaba para engullirlo, sería una señal inequívoca de la profecía que esperaban en aquellas tierras desde hacía siglos, la llegada del gran hombre a través de la gran ola.
Le encantaba echarse allí durante horas. Dejarse acariciar por el verde pasto que le cosquilleaba los pies, entregarse al viento que le envolvía en un manto de pureza invisible, impregnarse del olor de unas tierras que su familia había pisado desde antepasados suyos que ni siquiera habían conocido la Torre de los Desmayos. Ésta era una atalaya en la cual se decía que la madre que viera a su hijo, depositado recién nacido en una ruda cuna de maderos lijados, ser atrapado por el océano sufriría un impacto tal que provocaría su inconsciencia eterna. La leyenda era casi tan antigua como los primeros pobladores, y no se sabía a ciencia cierta si en alguna ocasión el agua había atraído para si algún bebé, pero no cabía duda que en un día en el que las olas fueran tan terribles como para salpicar la Torre, no era tan descabellado que un arreón ligeramente más intenso pudiera alcanzar los troncos pulidos sobre los que lloraban las criaturas aun sangrientas.
jueves, 17 de noviembre de 2011
La consulta
- La decadencia es el futuro.
La mueca con la que me miró no dejó dudas, pero decidí alargar aquello unos segundos.
- La decadencia tomará el poder de manera que todos seremos un poco más felices.
La mueca con la que me miró desapareció, pero entendí claramente el fin del encuentro.
- Creo que hemos terminado.
- Sólo acabamos de empezar - acertó a responder incómodo.
- Creo que hemos terminado, no lo dude tanto.
- Pero...
- No he venido para analizarle yo a usted, y me temo que por ese cauce ya corre el agua.
- No estoy de acuerdo.
- ¿Pretende que tengamos un debate?
- Para nada - su nerviosismo iba in crescendo, pobre.
- Creo que hemos terminado.
Se recolocó en la silla intentando mostrar control sobre la situación.
- ¿A qué ha venido, entonces?
- Empiezo a tener una ligera idea.
Un silencio atónito se apoderó de la consulta.
- ¿Y bien?
Le miré, sonreí y me levanté del cómodo sillón en el que no se cuantos incautos se habrían dejado... Bueno, lo que fuera que se hubieran dejado con este titulado sin más poder que el de los cuadros honoríficos, seguramente falsos, colgados en las paredes.
- Debería volver a sentarse.
Me giré, nuestras miradas se encontraron y comprendí que no tenía sentido siquiera responder. Abrí la puerta, me volví a mirarle, noté su disimulado alivio y abandoné la sala con una extraña sensación de desencanto.
La mueca con la que me miró no dejó dudas, pero decidí alargar aquello unos segundos.
- La decadencia tomará el poder de manera que todos seremos un poco más felices.
La mueca con la que me miró desapareció, pero entendí claramente el fin del encuentro.
- Creo que hemos terminado.
- Sólo acabamos de empezar - acertó a responder incómodo.
- Creo que hemos terminado, no lo dude tanto.
- Pero...
- No he venido para analizarle yo a usted, y me temo que por ese cauce ya corre el agua.
- No estoy de acuerdo.
- ¿Pretende que tengamos un debate?
- Para nada - su nerviosismo iba in crescendo, pobre.
- Creo que hemos terminado.
Se recolocó en la silla intentando mostrar control sobre la situación.
- ¿A qué ha venido, entonces?
- Empiezo a tener una ligera idea.
Un silencio atónito se apoderó de la consulta.
- ¿Y bien?
Le miré, sonreí y me levanté del cómodo sillón en el que no se cuantos incautos se habrían dejado... Bueno, lo que fuera que se hubieran dejado con este titulado sin más poder que el de los cuadros honoríficos, seguramente falsos, colgados en las paredes.
- Debería volver a sentarse.
Me giré, nuestras miradas se encontraron y comprendí que no tenía sentido siquiera responder. Abrí la puerta, me volví a mirarle, noté su disimulado alivio y abandoné la sala con una extraña sensación de desencanto.
jueves, 18 de agosto de 2011
(H)orquídea
Cultivaba orquídeas.
Y me dan ganas de escribir orquídea con hache. Una hache muda que no se oiga pero se sienta, se padezca, se entrometa por los poros de la piel y cale hasta los huesos de quien se atrevió a romper el hábitat más preciado del mayor amante que tuvo. La miel de sus labios rezumaba intensidad cuando la tenía cerca, salivaba como cualquier perro de Pávlov sólo con imaginar su aroma, temblaba su frágil corazón al pronunciar su nombre y su mirada centelleaba como una noche veraniega cuando encontraba a centímetros la claridad y el osado brillo de los ojos de quien amó en un crudo silencio.
Porque el silencio suele ser crudo. Salvaje.
Jóder, ¿tan difícil es entender que no quería salir? La luz que buscaba no era la del Sol, y sus palabras donde mejor encontraban acomodo era en sus cuadernos y no en los oídos de nadie, pero el engaño y la traición a veces son más poderosos que cualquier otro arma. La violación de una intimidad tan celosa fue el mayor castigo que pudo soportar, y tras segar el tallo de cada una de sus flores, murió con ellas.
Disimuló cada uno de los movimientos de su vida tan sesudamente, que cuando le encontraron, ni siquiera sus piernas danzaban, inertes, bajo su cuello estrujado por la soga que se sintió obligado a utilizar.
Y me dan ganas de escribir orquídea con hache. Una hache muda que no se oiga pero se sienta, se padezca, se entrometa por los poros de la piel y cale hasta los huesos de quien se atrevió a romper el hábitat más preciado del mayor amante que tuvo. La miel de sus labios rezumaba intensidad cuando la tenía cerca, salivaba como cualquier perro de Pávlov sólo con imaginar su aroma, temblaba su frágil corazón al pronunciar su nombre y su mirada centelleaba como una noche veraniega cuando encontraba a centímetros la claridad y el osado brillo de los ojos de quien amó en un crudo silencio.
Porque el silencio suele ser crudo. Salvaje.
Jóder, ¿tan difícil es entender que no quería salir? La luz que buscaba no era la del Sol, y sus palabras donde mejor encontraban acomodo era en sus cuadernos y no en los oídos de nadie, pero el engaño y la traición a veces son más poderosos que cualquier otro arma. La violación de una intimidad tan celosa fue el mayor castigo que pudo soportar, y tras segar el tallo de cada una de sus flores, murió con ellas.
Disimuló cada uno de los movimientos de su vida tan sesudamente, que cuando le encontraron, ni siquiera sus piernas danzaban, inertes, bajo su cuello estrujado por la soga que se sintió obligado a utilizar.
jueves, 23 de junio de 2011
Fragmento de un posible... (I)
Ni siquiera los pájaros cantaban en el fresco atardecer. El aliento de miles de personas se encontraba atrapado en las gargantas, a la espera; el tiempo parecía haberse detenido.
Seoane se encontraba junto a la balsa donde reposaba el Rey, le dijo unas palabras inaudibles para todos y tomó una gran bocanada de aire. Pareció recobrar fuerzas de nuevo y alzó la gran espada tanto como pudo, sin dejar de mirar los ojos del cadáver.
La primera vez que había visto su rostro fue el día en el cual su padre entregó una doncella para que la convirtieran en Reina. Sus ojos aun estaban hinchados de llorar la víspera, rabiando de súplica pues jamás se desposaría de otra forma que no fuese enamorada. Aquel primer recuerdo jamás fue feliz para ella, pero para él tampoco, y la noche de bodas fue un suplicio para ambos. La consumación del matrimonio era imprescindible para el entonces futuro heredero, y los dos sintieron la presión sobre sus jóvenes hombros.
-Yo no quiero estar aquí -confesó avergonzado el Príncipe Handor, una vez les dejaron solos y desnudos sobre el lecho.
El silencio les envolvió durante horas, aun sabedores de la cantidad de orejas que estarían pegadas a la puerta de su dormitorio.
Apuntaba el alba a través de las cortinas de seda marfil de los aposentos cuando, por motivos que ninguno jamás comprendió, se durmieron. No se habían rozado mientras la Luna los presenciaba, en la transición de la noche al día consiguieron embeberse de sueño, y cuando el Sol los despertó, la cabeza de ella estaba posada sobre el pecho de él, cuyo brazo rodeaba los hombros blancos y pecosos de su Reina. Se miraron largo rato, tanto que las sombras fueron cambiando su posición y ellos seguían contemplándose. Asumían, quizá, que el deber que les habían encomendado sería más fácil llevarlo a cabo si se aliaban que si se encerraban en los sueños que jamás podrían realizar.
-Mi Reina... -susurró la boca de Handor, aunque Seoane no reconoció su voz, sino una que era un hilo agudo, ajado y que le atrajo de nuevo al presente.
Seoane se encontraba junto a la balsa donde reposaba el Rey, le dijo unas palabras inaudibles para todos y tomó una gran bocanada de aire. Pareció recobrar fuerzas de nuevo y alzó la gran espada tanto como pudo, sin dejar de mirar los ojos del cadáver.
La primera vez que había visto su rostro fue el día en el cual su padre entregó una doncella para que la convirtieran en Reina. Sus ojos aun estaban hinchados de llorar la víspera, rabiando de súplica pues jamás se desposaría de otra forma que no fuese enamorada. Aquel primer recuerdo jamás fue feliz para ella, pero para él tampoco, y la noche de bodas fue un suplicio para ambos. La consumación del matrimonio era imprescindible para el entonces futuro heredero, y los dos sintieron la presión sobre sus jóvenes hombros.
-Yo no quiero estar aquí -confesó avergonzado el Príncipe Handor, una vez les dejaron solos y desnudos sobre el lecho.
El silencio les envolvió durante horas, aun sabedores de la cantidad de orejas que estarían pegadas a la puerta de su dormitorio.
Apuntaba el alba a través de las cortinas de seda marfil de los aposentos cuando, por motivos que ninguno jamás comprendió, se durmieron. No se habían rozado mientras la Luna los presenciaba, en la transición de la noche al día consiguieron embeberse de sueño, y cuando el Sol los despertó, la cabeza de ella estaba posada sobre el pecho de él, cuyo brazo rodeaba los hombros blancos y pecosos de su Reina. Se miraron largo rato, tanto que las sombras fueron cambiando su posición y ellos seguían contemplándose. Asumían, quizá, que el deber que les habían encomendado sería más fácil llevarlo a cabo si se aliaban que si se encerraban en los sueños que jamás podrían realizar.
-Mi Reina... -susurró la boca de Handor, aunque Seoane no reconoció su voz, sino una que era un hilo agudo, ajado y que le atrajo de nuevo al presente.
jueves, 9 de junio de 2011
Inmersión
Estira su cuello para sentir la brisa marina en su pelo empapado, y relajada, percibe las gotas de agua salada resbalando por las sinuosas formas de sus orejas. El Sol luce desde su privilegiada posición, mientras los oblicuos rayos del atardecer caen con tibieza sobre el brillo de los ojos de Ariadna, que aspira una suave bocanada de aire puro para volver a sumergirse en la inmensidad del océano que baña su desnudez madura, fresca.
La dorada luz penetra en el agua, rompiéndose en mil pedazos que toman multitud de direcciones, envolviendo el cuerpo de Ariadna con telas de mil colores, coloreando su piel de rojos, azules, verdes, amarillos, violetas y naranjas infinitos, puros. Ella se deja acariciar por la naturaleza plena que la rodea, saborea la sal que empapa sus labios y abre los ojos para entregarse por completo a su deliciosa sensación.
Diminutos peces cosquillean sus pies y recorren con ella unos metros para desaparecer después, Ariadna los roza con la punta de sus dedos, imbuida como está en el mundo paralelo en el que vive bajo el nivel del mar. Bucea con movimientos morosos, deliberadamente pausados, hallando, de todo lo que la rodea, la reacción que produce en su ser. El pulso se ralentiza y su sangre circula paso a paso, el crepitar de sus pulmones reclamando oxígeno es el único sonido en el vacío de las profundidades, su cerebro permeabiliza cada segundo inmersa en las aguas y ante la imposibilidad de mantener su cuerpo en ausencia del aire que la espera encima de su cabeza, estira su cuello para sentir la brisa marina en su pelo empapado, y relajada, percibe las gotas de agua salada resbalando por las sinuosas formas de sus orejas.
La dorada luz penetra en el agua, rompiéndose en mil pedazos que toman multitud de direcciones, envolviendo el cuerpo de Ariadna con telas de mil colores, coloreando su piel de rojos, azules, verdes, amarillos, violetas y naranjas infinitos, puros. Ella se deja acariciar por la naturaleza plena que la rodea, saborea la sal que empapa sus labios y abre los ojos para entregarse por completo a su deliciosa sensación.
Diminutos peces cosquillean sus pies y recorren con ella unos metros para desaparecer después, Ariadna los roza con la punta de sus dedos, imbuida como está en el mundo paralelo en el que vive bajo el nivel del mar. Bucea con movimientos morosos, deliberadamente pausados, hallando, de todo lo que la rodea, la reacción que produce en su ser. El pulso se ralentiza y su sangre circula paso a paso, el crepitar de sus pulmones reclamando oxígeno es el único sonido en el vacío de las profundidades, su cerebro permeabiliza cada segundo inmersa en las aguas y ante la imposibilidad de mantener su cuerpo en ausencia del aire que la espera encima de su cabeza, estira su cuello para sentir la brisa marina en su pelo empapado, y relajada, percibe las gotas de agua salada resbalando por las sinuosas formas de sus orejas.
martes, 26 de abril de 2011
Mal
Hiela la noche las aceras de la oscura ciudad.
Siniestros pasos se deslizan en silencio, malignos, perversos, con la maldad dejando un halo blanquecino y cegador flotando sobre la crujiente escarcha, que solidifica un rocío aterido e impotente.
Esta historia no es una historia feliz, ni siquiera es historia. No tiene inicio, no tiene fin.
La música urbana es tan lamentable como acostumbra: un fondo de neumáticos abrasando caucho en el asfalto, sirenas, el viento colándose por las rendijas de los cubos de basura, que acogen tantos gatos salvajes como perros callejeros y humanos desarraigados.
El pecho del mal no late, un corazón de alambres grises y rodeado de despojos nauseabundos, que fabrica estertores de la muerte, habita el tórax de un inhumano ser humano, el cual pasea entre las sombras, se asoma a puentes invisibles, deambula por callejones con salida y recorre el laberíntico mapa de la ciudad hundida en la fría niebla.
Y los perversos pasos no se detienen en nada nuevo, es una mera repetición cada vez que se pone el Sol, que cada oscura noche la frialdad de lo maligno se apodere de las calles. Ya dije que no había historia, que no había inicio ni fin.
Siniestros pasos se deslizan en silencio, malignos, perversos, con la maldad dejando un halo blanquecino y cegador flotando sobre la crujiente escarcha, que solidifica un rocío aterido e impotente.
Esta historia no es una historia feliz, ni siquiera es historia. No tiene inicio, no tiene fin.
La música urbana es tan lamentable como acostumbra: un fondo de neumáticos abrasando caucho en el asfalto, sirenas, el viento colándose por las rendijas de los cubos de basura, que acogen tantos gatos salvajes como perros callejeros y humanos desarraigados.
El pecho del mal no late, un corazón de alambres grises y rodeado de despojos nauseabundos, que fabrica estertores de la muerte, habita el tórax de un inhumano ser humano, el cual pasea entre las sombras, se asoma a puentes invisibles, deambula por callejones con salida y recorre el laberíntico mapa de la ciudad hundida en la fría niebla.
Y los perversos pasos no se detienen en nada nuevo, es una mera repetición cada vez que se pone el Sol, que cada oscura noche la frialdad de lo maligno se apodere de las calles. Ya dije que no había historia, que no había inicio ni fin.
lunes, 31 de enero de 2011
Diálogo sobre las páginas de un cuento
- Pues no sé, me siento, me tumbo, cierro los ojos y espero a que se me pasen.
- Qué duro, ¿no?
Se encoge de hombros.
- ¿Probaste alguna manera?
- Todas.
- Pero...
- Que si, todas. Meses por un lado, por otro, a veces parecía que si, pensé que si, vamos. Obviamente estaba equivocado.
- Duró mucho tu pelea.
- No fue pelea, ¡qué se yo! Nunca lo vi realmente como una pelea, era... No sé, era lo que me apetecía.
- ¿Te apetecía?
- Bueno, me apetece.
- Ya.
- ¿Qué quieres que te diga?
- Nada, no sé. Es una pena, tío.
- Y si, pero no tengo más recursos. No sé derribar muros de esos. En su día me creía capaz de todo, al menos de conseguirlo, pero supongo que se puede perder, que a veces mi cabeza no es tan dura como pensaba, que no siempre se logra lo que se quiere.
- A veces pasa, claro.
- A algunos no les cuesta aceptarlo, yo... Pues bueno, tampoco es que lo acepte, ni lo asuma, pero más no puedo hacer, no sé hacer, vaya.
- Olvídate ya, en serio. Has sido valiente pero ya está, no te encierres con este tema.
- No me encierro.
- Te encierras. No quieres ver. Y lo sabes.
- Eso es lo que piensas tú.
- Mira, que tú pienses que son excusas, cobardía y tal, está bien, es tu pensamiento. Pero tú lo has dicho antes, no sabes derribar esos muros. Déjalo ya, es inútil.
- Si dejado está. No he hecho nada desde hace días. Desaparecido completamente, aquí, con la boca cerrada, comiéndome mis ganas de gritar, de salir corriendo, de...
- Basta tío. Déjalo pero de verdad, no sólo es aislarte o estar desaparecido, déjalo fuera de tu mente también, apártalo, piensa en otras cosas, no sé, pasa página.
- Llevo semanas pasando páginas como de mil libros, pero no encuentro el final...
- Qué duro, ¿no?
Se encoge de hombros.
- ¿Probaste alguna manera?
- Todas.
- Pero...
- Que si, todas. Meses por un lado, por otro, a veces parecía que si, pensé que si, vamos. Obviamente estaba equivocado.
- Duró mucho tu pelea.
- No fue pelea, ¡qué se yo! Nunca lo vi realmente como una pelea, era... No sé, era lo que me apetecía.
- ¿Te apetecía?
- Bueno, me apetece.
- Ya.
- ¿Qué quieres que te diga?
- Nada, no sé. Es una pena, tío.
- Y si, pero no tengo más recursos. No sé derribar muros de esos. En su día me creía capaz de todo, al menos de conseguirlo, pero supongo que se puede perder, que a veces mi cabeza no es tan dura como pensaba, que no siempre se logra lo que se quiere.
- A veces pasa, claro.
- A algunos no les cuesta aceptarlo, yo... Pues bueno, tampoco es que lo acepte, ni lo asuma, pero más no puedo hacer, no sé hacer, vaya.
- Olvídate ya, en serio. Has sido valiente pero ya está, no te encierres con este tema.
- No me encierro.
- Te encierras. No quieres ver. Y lo sabes.
- Eso es lo que piensas tú.
- Mira, que tú pienses que son excusas, cobardía y tal, está bien, es tu pensamiento. Pero tú lo has dicho antes, no sabes derribar esos muros. Déjalo ya, es inútil.
- Si dejado está. No he hecho nada desde hace días. Desaparecido completamente, aquí, con la boca cerrada, comiéndome mis ganas de gritar, de salir corriendo, de...
- Basta tío. Déjalo pero de verdad, no sólo es aislarte o estar desaparecido, déjalo fuera de tu mente también, apártalo, piensa en otras cosas, no sé, pasa página.
- Llevo semanas pasando páginas como de mil libros, pero no encuentro el final...
viernes, 22 de octubre de 2010
Colectivo porteño (I)
La primavera porteña es calurosa y húmeda. Esperando al 60 en la parada, siento las primeras gotas de sudor provocadas por el Sol que atraviesa la cargada atmósfera de la ciudad, y estos rayos llegan a mi plenos de calor y humo, recalentando mis neuronas y mis circuitos cerebrales. Mi cabeza bulle, no puede parar, da vueltas sin freno. Y a decir verdad, si alguna masa con forma humana -de las que caminan raudas sin mirar a los lados ni a los ojos de nadie- le diera por preguntarme en qué estoy pensando en este mismo instante, no sabría que carajo responder.
Ahí viene el colectivo, la puta madre, son las 12 de la mañana y el tráfico va casi marcha atrás. Le veo a 100 metros, pero no parece acercarse demasiado. Ahí va llegando. La fila de personas es de al menos 8, yo estoy el 2º, pero a la señora que está 3ª y que lleva bastón la dejaré pasar, a ver si algún alma cándida la cede el asiento para su viaje. Ahí frena, chirría todos sus años en el asfalto, llega -obvio- con las puertas abiertas desde que bajó de los 30 kilómetros por hora, con la cara de vértigo que eso le provoca a quienes se disponen a descender.
Subo, pago mi peso veinte y camino rápido hacia el fondo, no sea que el colectivero arranque a lo Fernando Alonso y nos deje a todos tiesos, como es costumbre. Cuando agarro la barra con mis pies firmes en el suelo, apago el cerebro. Modo off absoluto.
Pero éste sólo dura un par de minutos.
¿Por qué? Ahhhh, en unos días más... ¡Continuará!
Ahí viene el colectivo, la puta madre, son las 12 de la mañana y el tráfico va casi marcha atrás. Le veo a 100 metros, pero no parece acercarse demasiado. Ahí va llegando. La fila de personas es de al menos 8, yo estoy el 2º, pero a la señora que está 3ª y que lleva bastón la dejaré pasar, a ver si algún alma cándida la cede el asiento para su viaje. Ahí frena, chirría todos sus años en el asfalto, llega -obvio- con las puertas abiertas desde que bajó de los 30 kilómetros por hora, con la cara de vértigo que eso le provoca a quienes se disponen a descender.
Subo, pago mi peso veinte y camino rápido hacia el fondo, no sea que el colectivero arranque a lo Fernando Alonso y nos deje a todos tiesos, como es costumbre. Cuando agarro la barra con mis pies firmes en el suelo, apago el cerebro. Modo off absoluto.
Pero éste sólo dura un par de minutos.
¿Por qué? Ahhhh, en unos días más... ¡Continuará!
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Argentina,
Buenos Aires,
colectivo,
Fernando Alonso,
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relatos
sábado, 18 de septiembre de 2010
La noche de los lápices
Ve ese fuego en los ojos de su hijo, y que tan bien conoce. No ha olvidado después de más de 30 años la lucha, el fulgor de los pechos embravecidos, que, movidos por principios firmes, protestan sin miedo a la represión.
Diferentes generaciones unidas por una forma de actuar.
El orgullo a flor de piel, las lágrimas aflorando emocionantes por los ojos, la mujer que mira fijamente su creación, éste que grita, protesta, prosigue su pelea por lo que cree puede ser un mundo mejor.
Porque no se puede dejar que las cosas pasen porque sí.
Son diferentes los motivos, han cambiado las consignas, los lemas, las pancartas, los medios, han variado muchas cosas. Pero la combatividad debe continuar. Por eso siente ella que luchó, por el derecho a opinar, a protestar, por eso se siente orgullosa de su hijo, por no conformarse, por afrontar la búsqueda de soluciones a los problemas, por reclamar que sus derechos no sean aplastados por las ruedas del molino. Porque el espíritu rebelde no se pierda en la comodidad de los tiempos.
La lucha en la calle.
Desde la vereda observa, apartada, sin querer mostrarse demasiado, manteniendo las cautelas del miedo que aun invade su cuerpo en las manifestaciones, por las cargas policiales que vendrán cuando la masa avance, y que recuerda con toda crudeza, en su mente y en su piel. Una fina línea discurre entre los ojos de ella y él, pero en una sola dirección, él está ocupado en lo suyo, militando, ella está ocupada en él.
Porque los lápices deben seguir escribiendo.
Dedicado a los desaparecidos y supervivientes, todos ellos secuestrados, en la Noche de los Lápices.
Diferentes generaciones unidas por una forma de actuar.
El orgullo a flor de piel, las lágrimas aflorando emocionantes por los ojos, la mujer que mira fijamente su creación, éste que grita, protesta, prosigue su pelea por lo que cree puede ser un mundo mejor.
Porque no se puede dejar que las cosas pasen porque sí.
Son diferentes los motivos, han cambiado las consignas, los lemas, las pancartas, los medios, han variado muchas cosas. Pero la combatividad debe continuar. Por eso siente ella que luchó, por el derecho a opinar, a protestar, por eso se siente orgullosa de su hijo, por no conformarse, por afrontar la búsqueda de soluciones a los problemas, por reclamar que sus derechos no sean aplastados por las ruedas del molino. Porque el espíritu rebelde no se pierda en la comodidad de los tiempos.
La lucha en la calle.
Desde la vereda observa, apartada, sin querer mostrarse demasiado, manteniendo las cautelas del miedo que aun invade su cuerpo en las manifestaciones, por las cargas policiales que vendrán cuando la masa avance, y que recuerda con toda crudeza, en su mente y en su piel. Una fina línea discurre entre los ojos de ella y él, pero en una sola dirección, él está ocupado en lo suyo, militando, ella está ocupada en él.
Porque los lápices deben seguir escribiendo.
Dedicado a los desaparecidos y supervivientes, todos ellos secuestrados, en la Noche de los Lápices.
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miércoles, 4 de agosto de 2010
En la noche
Y las palabras retumbaban en su cabeza como un martillo en el yunque, vigorosas y constantes; le absorbían cualquier otro pensamiento y le sumían en un estado de desesperación. Su ansía voraz de expresar los sentimientos que habían anidado en su interior era mayor a ninguna otra cosa; le obsesionaba que supiera, que entendiera el porqué actuaba así, la mera idea de perderla le resultaba insoportable, pero no quería tener que arrepentirse de no haber entregado hasta la última gota de aliento.
Andaba en la noche, meditabundo, cabizbajo, ni un alma en las oscuras calles de su nuevo barrio. Sentía que esas calles eran suyas, pero él quería su boca, sus ojos posados sobre los suyos, sus manos, no soledad y oscuridad sobre el asfalto. De continuo imaginaba lo que podía ser y no era, suspiraba y buscaba su delicada silueta en cada esquina, soñaba el encuentro prohibido, el abrazo infinito, la brutalidad de sus lenguas engarzándose en una espiral que los enfilara hacia el abismo más profundo de la pasión, donde sus cuerpos pelearan entre sábanas revueltas y gemidos desgarrados por la felicidad.
Y lo peor de todo es que sabía que casi todos los elementos jugaban en su contra.
Andaba en la noche, meditabundo, cabizbajo, ni un alma en las oscuras calles de su nuevo barrio. Sentía que esas calles eran suyas, pero él quería su boca, sus ojos posados sobre los suyos, sus manos, no soledad y oscuridad sobre el asfalto. De continuo imaginaba lo que podía ser y no era, suspiraba y buscaba su delicada silueta en cada esquina, soñaba el encuentro prohibido, el abrazo infinito, la brutalidad de sus lenguas engarzándose en una espiral que los enfilara hacia el abismo más profundo de la pasión, donde sus cuerpos pelearan entre sábanas revueltas y gemidos desgarrados por la felicidad.
Y lo peor de todo es que sabía que casi todos los elementos jugaban en su contra.
miércoles, 28 de julio de 2010
Tantas cosas
- Deja que te abrace.
- No, no, quita, por favor, ahora no, hoy no.
- Ven, deja que te abrace, no quiero nada más que abrazarte.
- No es el momento, lo sabes.
- Sólo un abrazo, no voy a intentar ir más allá, sólo quiero abrazarte, no quiero seducirte hoy, no busco eso.
- ...
- Es, nada más que un abrazo.
- No comprendes...
- No, claro que no comprendo, sólo tú sabes lo que tienes dentro, lo que sientes, lo que estás sufriendo, eso lo sé de sobra, no puedo comprender ni quiero tampoco, sólo quiero estar a tu lado, apoyarte, que si no me necesitas no sea un estorbo pero que si puedo hacer algo, quiero hacerlo. Estoy aquí.
- Lo sé, sé que estás ahí. Pero...
- No hables más, en serio, no gastes fuerzas en lo que no tiene importancia.
- Abrázame.
- Quiero cuidar de ti, y que tú cuides de mi.
- No me susurres al oído, hoy no...
- Hoy y siempre que pueda.
- Dijiste que no ibas a seducirme...
- Eres tú quien lo hace sin querer.
- Yo no hago nada.
- Por eso me encantas, porque sin hacer nada me seduces.
- Cállate.
- Me callo, pero no me sueltes.
- Supongo que no...
- No, no, quita, por favor, ahora no, hoy no.
- Ven, deja que te abrace, no quiero nada más que abrazarte.
- No es el momento, lo sabes.
- Sólo un abrazo, no voy a intentar ir más allá, sólo quiero abrazarte, no quiero seducirte hoy, no busco eso.
- ...
- Es, nada más que un abrazo.
- No comprendes...
- No, claro que no comprendo, sólo tú sabes lo que tienes dentro, lo que sientes, lo que estás sufriendo, eso lo sé de sobra, no puedo comprender ni quiero tampoco, sólo quiero estar a tu lado, apoyarte, que si no me necesitas no sea un estorbo pero que si puedo hacer algo, quiero hacerlo. Estoy aquí.
- Lo sé, sé que estás ahí. Pero...
- No hables más, en serio, no gastes fuerzas en lo que no tiene importancia.
- Abrázame.
- Quiero cuidar de ti, y que tú cuides de mi.
- No me susurres al oído, hoy no...
- Hoy y siempre que pueda.
- Dijiste que no ibas a seducirme...
- Eres tú quien lo hace sin querer.
- Yo no hago nada.
- Por eso me encantas, porque sin hacer nada me seduces.
- Cállate.
- Me callo, pero no me sueltes.
- Supongo que no...
jueves, 17 de junio de 2010
Cuentos (II) El abrazo
- Mamá, ¿existe El Abrazo?
- Si, claro hijo, existe el abrazo que te da tu padre por las mañanas, el que te doy yo por las noches, el de los yayos...
- Ya, mami, pero no digo esos abrazos.
- ¿Cuáles, entonces, hijo mío?
- Pues no sé, El Abrazo. Ese.
La madre suspira.
- ¿Y qué abrazo es ese?
- Es que... No sé explicarlo, mami.
- Ya... Y ¿por qué me lo preguntas?
- Porque he visto El Abrazo.
- ¿Cómo que has visto El Abrazo?
- Si, es verdad, lo he visto.
- ¿Dónde ha sido eso?
- No sé, en la calle, ayer por la noche, cuando venía con papi a casa.
- Y ¿quiénes eran?
- No sé.
- Y ¿se abrazaban?
- Si, era El Abrazo.
- Pero, ¿por qué?
- Haces muchas preguntas, mamá. Pues porque nunca había visto a nadie Abrazarse así.
- Pero... ¿Qué hacían? Quiero decir, ¿qué tenía de especial?
- Se abrazaban tan fuerte que parecía que se iban a romper, los dos tenían sus cabezas hundidas en el otro, y él susurraba cosas al oído de ella, con la voz un poco rota, como si se hubiera hecho pupa o algo.
La madre sonríe.
- Eso es bonito, hijo, viste un abrazo bonito.
- Si, era bonito, pero parecían tener pena.
- Bueno...
- Mami, a mí nunca me dan pena los abrazos.
- Pero porque tú eres pequeño.
- La chica del abrazo también era pequeña.
- Pero seguro que no tanto como tú.
- No, no tanto.
- Pero, entonces ¿por qué tenían pena?
- Quizá se estaban despidiendo, a veces pasa.
- Pero... Si se quieren tanto que se abrazan hasta casi romperse, ¿por qué se separan?
- Ahora eres tú el que haces muchas preguntas, cariño.
- Pero es que no lo entiendo.
- No sé hijo, quizá se despidieran para mucho tiempo.
- Pobrecitos, ella encajaba en el hueco de los brazos de él.
- ¿Te leo un cuento?
- Y él en los de ella...
- Si, claro hijo, existe el abrazo que te da tu padre por las mañanas, el que te doy yo por las noches, el de los yayos...
- Ya, mami, pero no digo esos abrazos.
- ¿Cuáles, entonces, hijo mío?
- Pues no sé, El Abrazo. Ese.
La madre suspira.
- ¿Y qué abrazo es ese?
- Es que... No sé explicarlo, mami.
- Ya... Y ¿por qué me lo preguntas?
- Porque he visto El Abrazo.
- ¿Cómo que has visto El Abrazo?
- Si, es verdad, lo he visto.
- ¿Dónde ha sido eso?
- No sé, en la calle, ayer por la noche, cuando venía con papi a casa.
- Y ¿quiénes eran?
- No sé.
- Y ¿se abrazaban?
- Si, era El Abrazo.
- Pero, ¿por qué?
- Haces muchas preguntas, mamá. Pues porque nunca había visto a nadie Abrazarse así.
- Pero... ¿Qué hacían? Quiero decir, ¿qué tenía de especial?
- Se abrazaban tan fuerte que parecía que se iban a romper, los dos tenían sus cabezas hundidas en el otro, y él susurraba cosas al oído de ella, con la voz un poco rota, como si se hubiera hecho pupa o algo.
La madre sonríe.
- Eso es bonito, hijo, viste un abrazo bonito.
- Si, era bonito, pero parecían tener pena.
- Bueno...
- Mami, a mí nunca me dan pena los abrazos.
- Pero porque tú eres pequeño.
- La chica del abrazo también era pequeña.
- Pero seguro que no tanto como tú.
- No, no tanto.
- Pero, entonces ¿por qué tenían pena?
- Quizá se estaban despidiendo, a veces pasa.
- Pero... Si se quieren tanto que se abrazan hasta casi romperse, ¿por qué se separan?
- Ahora eres tú el que haces muchas preguntas, cariño.
- Pero es que no lo entiendo.
- No sé hijo, quizá se despidieran para mucho tiempo.
- Pobrecitos, ella encajaba en el hueco de los brazos de él.
- ¿Te leo un cuento?
- Y él en los de ella...
lunes, 14 de junio de 2010
Jaulas y sueños
- Si quiero llamarte, ¿qué hago?
- Nada, ya lo sabes.
- Ya...
- Lo siento.
- No lo sientas.
- Si, si lo siento. Es... Tan complicado.
- Bueno, contactaré por telepatía.
Alivio.
- Y, ¿cuántos días tendré que estar aguantándome las ganas?
- No sé, no sé hasta el último momento...
- ¿Cuánto es eso?
- Toda la vida, a lo mejor.
- Pero eso es mucho tiempo.
Miedo.
- No puedo estar así, necesito... No sé el qué, pero algo más.
- No puedo...
- Puedes, puedes. Es una impotencia brutal el andar con todo esto.
- No hay libertad.
- ¡Ninguna! Es una puta jaula, es... Es un sueño rodeado por una enorme pesadilla.
- ¿Un sueño?
- Si, M... Es un sueño, sino no estaría aquí ahora.
Dulzura.
- Es lo que no entiendo.
- ¿El qué?
- Que sigas aquí, que no corras. Hay mil motivos, ves esto, imagínate en unos años.
- Idiota... Me encanta, y me encantas.
- No lo sabía.
- ¿No te lo había dicho nunca?
Silencio.
- No.
- Necesito un abrazo.
- No puedo...
- Lo sé, pero también necesitaba decirlo.
- Te estoy jodiendo.
- Me estás haciendo feliz, y eso a veces jode, que es diferente.
- Estás cegado, estás ciego, ¡en serio!
- ¿Qué diferencia hay? Lo que siento no es ficción.
- Lo que yo siento tampoco.
- ¿Y qué sientes?
Chispas.
- No dices nada.
- ¿Qué voy a decir?
- Lo que sientes.
Beso.
Abrazo.
Fusión.
- Nos están viendo todos.
- No me importa, ya no me importa...
- Deseaba oír eso hace meses, mi amor...
- Cállate.
- Eso también.
Beso.
Abrazo.
Despierto.
- Te echo tanto de menos esta noche, otra vez...
- Nada, ya lo sabes.
- Ya...
- Lo siento.
- No lo sientas.
- Si, si lo siento. Es... Tan complicado.
- Bueno, contactaré por telepatía.
Alivio.
- Y, ¿cuántos días tendré que estar aguantándome las ganas?
- No sé, no sé hasta el último momento...
- ¿Cuánto es eso?
- Toda la vida, a lo mejor.
- Pero eso es mucho tiempo.
Miedo.
- No puedo estar así, necesito... No sé el qué, pero algo más.
- No puedo...
- Puedes, puedes. Es una impotencia brutal el andar con todo esto.
- No hay libertad.
- ¡Ninguna! Es una puta jaula, es... Es un sueño rodeado por una enorme pesadilla.
- ¿Un sueño?
- Si, M... Es un sueño, sino no estaría aquí ahora.
Dulzura.
- Es lo que no entiendo.
- ¿El qué?
- Que sigas aquí, que no corras. Hay mil motivos, ves esto, imagínate en unos años.
- Idiota... Me encanta, y me encantas.
- No lo sabía.
- ¿No te lo había dicho nunca?
Silencio.
- No.
- Necesito un abrazo.
- No puedo...
- Lo sé, pero también necesitaba decirlo.
- Te estoy jodiendo.
- Me estás haciendo feliz, y eso a veces jode, que es diferente.
- Estás cegado, estás ciego, ¡en serio!
- ¿Qué diferencia hay? Lo que siento no es ficción.
- Lo que yo siento tampoco.
- ¿Y qué sientes?
Chispas.
- No dices nada.
- ¿Qué voy a decir?
- Lo que sientes.
Beso.
Abrazo.
Fusión.
- Nos están viendo todos.
- No me importa, ya no me importa...
- Deseaba oír eso hace meses, mi amor...
- Cállate.
- Eso también.
Beso.
Abrazo.
Despierto.
- Te echo tanto de menos esta noche, otra vez...
viernes, 28 de mayo de 2010
La sonrisa de Dasha (VIII)
Acaricio el pelo de la pequeña Dasha, que duerme apaciblemente a mi lado. Los escombros ya no crujen tanto, ni el frío es tan intenso, y ni siquiera oigo los disparos. Los segundos ya no parecen horas, ahora sólo son segundos que discurren paso a paso, que no amargan la existencia y no cargan con un peso imposible mi corazón. Oigo su respiración pausada, relajada, lejana a muertes y guerras, transmisora de alegría y paz, de una paz brutal, inspiradora.
Acaricio el pelo de la pequeña Dasha, que duerme apaciblemente a mi lado. La vida me parece más digna, la muerte más asumible y la espera ya no es angustiosa, ahora ya sólo es un lento discurrir por un camino que no existe. Siento latir su corazón en el pecho, repleto de ilusión y de fuerza, colmando mi mente de tenues imágenes llenas de esperanza, de futuro. Veo pequeños huecos donde antes sólo veía un inmenso muro, y voy hacia ellos, busco mi hueco, el de mi pequeña, ese hueco que nos de la felicidad, ese hueco soñado, infinito.
Acaricio el pelo de la pequeña Dasha, que duerme apaciblemente a mi lado. Un rayo de Sol penetra entre los cascotes, siento un leve atisbo de calor en mi piel. Falso, desgarradoramente falso. Abro los ojos, deslumbrado, y a mi alrededor... Nada, una nada criminal, asesina, una nada fronteriza con el infierno, no acaricio el pelo de mi Dasha, sino una cabellera arrancada por un bombazo a algún soldado. Un vacío inconsolable aprieta mi corazón con fuerza...
Dasha, agárrame la mano... Sácame de aquí...
viernes, 21 de mayo de 2010
Susurros que abrazan

Desde el fondo del mar surge un suspiro, un susurro inaudible, imperceptible.
Exhala energía y pasión, una pasión desgarradora e ilimitada, como ella, con sus largos brazos que hacen temblar los cimientos de mi interior, que recorren un camino desproporcionado e infinito, que me agarran suavemente y de los que no quiero soltarme. El tibio aliento que desprende me ruboriza, siento su respiración en mis ojos y me altera su aroma, que me invoca mundos lejanos, donde aun existen princesas y duendes, hadas y elfos, príncipes a caballo luchando por causas justas y dragones que protegen castillos.
La rugosidad de las rocas en las plantas de mis pies, el ruido del mar a cientos de metros por debajo, las nubes expectantes por encima, las gaviotas con sus cantos a mi alrededor. Me arrojo al vacío.
Con los ojos cerrados noto el aire recorrer mi rostro con vigor, percibo el aroma a sal acercarse, casi siento las cosquillas que los delfines me provocan en la tripa. En mi caída algo me envuelve, algo tan suave como su piel, con un tacto delicioso que me recoge y me acaricia, me remueve el pelo y después me deposita en el agua.
Mi vértigo desaparece, el miedo se esfuma y mi corazón se derrite como el lacre, gota a gota va impregnando mi alrededor, siento el calor de la sangre embaucarme junto al frescor marítimo en un sueño del que no veo final, me rindo al poder de las olas, buceo, nado y me fundo con los susurros, con sus susurros...
hablo de
abrazo,
agua,
Donosti,
fotografía,
mar,
relatos,
sentimientos,
susurros
domingo, 16 de mayo de 2010
Doble o nada...
La miro a la cara, y lo veo claro. Empiezo a hablar, y ella escucha, atenta, no interrumpe. En algunos momentos pienso que ni siquiera oye, que sólo espera.
Intuyo una lágrima derribando el muro de sus ojos, pero no termina de salir. Las que si percibo claramente son las mías, resbalando impetuosas pero en silencio por mis coloradas mejillas, que noto sofocadas y alteradas. Gesticulo mucho, presa de los nervios y la desazón.
"Las cosas son eternas mientras duran, pero a mi esta eternidad me ha sabido a poquísimo, y me deja con ganas de saborearlo más, de alcanzar el más brutal de los infinitos a tu lado, de seguir escalando peldaños de felicidad, de continuar agrandando mi sonrisa al despertar, de esos buenos días mágicos y esos desayunos junto a ventanas inolvidables. La vida hay que disfrutarla, y tú y yo lo hacemos por toneladas desde que nos conocemos, el tortazo contra el suelo ha sido tremendo, pero si tú me coges de la mano... Si me agarras fuerte... Vuelo. Soy capaz, me has enseñado. De veras, he aprendido a volar, y no quiero parar... No quiero, no puedo..."
Las palabras se ahogan en mi garganta antes de salir, un nudo las impide el paso.
"Pongámonos esa nariz roja de payaso, y juguémonosla. Ya dije una vez que a doble o nada, sabiendo que era nada, pero ¿tu no quieres que sea doble?"
La miro fijamente, sus ojos me asesinan por dentro, es preciosa.
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