Estira su cuello para sentir la brisa marina en su pelo empapado, y relajada, percibe las gotas de agua salada resbalando por las sinuosas formas de sus orejas. El Sol luce desde su privilegiada posición, mientras los oblicuos rayos del atardecer caen con tibieza sobre el brillo de los ojos de Ariadna, que aspira una suave bocanada de aire puro para volver a sumergirse en la inmensidad del océano que baña su desnudez madura, fresca.
La dorada luz penetra en el agua, rompiéndose en mil pedazos que toman multitud de direcciones, envolviendo el cuerpo de Ariadna con telas de mil colores, coloreando su piel de rojos, azules, verdes, amarillos, violetas y naranjas infinitos, puros. Ella se deja acariciar por la naturaleza plena que la rodea, saborea la sal que empapa sus labios y abre los ojos para entregarse por completo a su deliciosa sensación.
Diminutos peces cosquillean sus pies y recorren con ella unos metros para desaparecer después, Ariadna los roza con la punta de sus dedos, imbuida como está en el mundo paralelo en el que vive bajo el nivel del mar. Bucea con movimientos morosos, deliberadamente pausados, hallando, de todo lo que la rodea, la reacción que produce en su ser. El pulso se ralentiza y su sangre circula paso a paso, el crepitar de sus pulmones reclamando oxígeno es el único sonido en el vacío de las profundidades, su cerebro permeabiliza cada segundo inmersa en las aguas y ante la imposibilidad de mantener su cuerpo en ausencia del aire que la espera encima de su cabeza, estira su cuello para sentir la brisa marina en su pelo empapado, y relajada, percibe las gotas de agua salada resbalando por las sinuosas formas de sus orejas.
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jueves, 9 de junio de 2011
martes, 26 de octubre de 2010
Viaje austral (II) Perito Moreno
La inmensa profundidad de las montañas, la nieve virgen que baña el paisaje, el agua, calma y gélida, acompañada de un silencio tenso, y que aguarda al hielo resquebrajarse para desprenderse furioso y de forma ensordecedora.
Los inicios de la primavera permiten que no haya una horda de turistas, sino que apenas unas decenas deambulemos extasiados por los varios kilómetros de vistas al mágico Perito Moreno.
El día es perfecto. Un Sol rotundo hace brillar el hielo, la nieve y el majestuoso Lago Argentino. Sólo alguna nube pasajera adorna el intenso cielo azul, y difumina las montañas de las que surge el glaciar.
Y es raro, el cerebro se ralentiza al máximo, se detiene a saborear la violencia de la naturaleza, una sensación no definible con palabras se adueña de uno y sólo algún destello alumbra la mente. Pocos.
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