Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Cada vez más cargado, el aire se va viciando con el humo y el alcohol presentes. Una tropa de perdedores y fracasados, solos todos, bebemos y fumamos sin parar, sin mirar el reloj. El antro, con un camarero que bebe y fuma también, es apestoso y oscuro, y las caras, tristes y apagadas, consumen los minutos al mismo ritmo que los cigarrillos. Nadie espera en casa a quienes estamos aquí y nadie se preocupará si no volvemos.
Los cristales estaban tintados, y no se veía la calle, pero tampoco importaba, ninguno miraríamos fuera. Quizá estén así para que nadie de fuera pueda ver los que estamos dentro, fumándonos la vida y bebiendonos lo que nos queda en el corazón. Pocas palabras son las que se pueden escuchar cada noche, quizá un "ponme otro", un "que te debo", y muchos "apuntalo en mi cuenta". A veces ni eso, simplemente se mueve el vaso en la barra haciendo un leve gesto, se deja el dinero, o te vas, sin más. Somos fieles y cada noche volvemos, con lo que las confianzas, a pesar de las pocas palabras, sirven de algo.
He terminado mi segundo whisky, y noto el calor en las sienes. Hoy ha sido un día como vienen siendo hace meses, sin nada que señalar. No estoy demasiado triste, y seguramente sea de los que mejor ánimo tengan en el local. Rompiendo el silencio, miro al camarero:
-Ponme otro. -el camarero me mira, y agarra la botella. -Doble, por favor.
Llena el vaso y cierra la botella, dejándola en su sitio.
-¿Cómo te va? -le pregunto. Me mira descolocado y guiñando un poco los ojos.
-¿Qué te pasa?
-Nada.
-¡Ah! Pues contando que aquí la mitad tiene notas desde hace meses, demasiado bien.
-Bueno, yo pago cada noche.
-No lo decía por ti.
-Entonces, ¿qué preguntas? -está irritado.
-Que, ¿cómo te va?
-¿Qué quieres saber? ¿Qué más te da?
-Te veo cada noche, era por preguntar.
-Pues ni mejor ni peor que a ti, o que a todos estos, porque seguimos aquí cada noche.
-Uno detrás de la barra y todos los demás delante.
-¿Te estás burlando?
-No.
-Más vale.
-No quiero molestar.
-Pues no lo hagas, tú has pedido un whisky y yo te lo he puesto, te lo has bebido y pediste otro, ahora uno doble y te lo pongo. ¿Qué cojones te importa cómo me va?
-Ya veo, ya.
-Eso espero.
-No pregunto más.
-Eso espero. Si necesitas hablar, al teléfono de la esperanza. Aquí no, no conmigo.
Asiento con la cabeza mirando mi whisky, mientras el camarero coge contrariado su cigarro del cenicero, que se ha consumido. Se enciende otro rápidamente, y noto que masculla algo.:
-Gilipollas de mierda.
Me levanto del taburete y me dirijo a la puerta mientras enciendo un pitillo con una cerilla que he encontrado en el bolsillo.
-¿Hoy no pagas? -me grita el camarero.
-Apúntalo en mi cuenta esta vez.
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viernes, 19 de diciembre de 2008
martes, 9 de diciembre de 2008
La taberna
Contando este finde-puente, llevo tres trabajando en una taberna en el centro de Madrid. Un sitio agradable donde pasar un rato en compañía de amigos o algo más, tomando cañas o vinos, y comiendo ricas tostas. Me he acoplado bien al trabajo de camarero, que nunca había ejercido como tal, y los compañeros son divertidos y saben hacer de sus horas allí un espacio de tiempo más o menos ameno, a pesar de la cantidad de trabajo tan grande que hay.
Pero -siempre hay uno-, uno de estos días, me amenazaron con ponerme una hoja de reclamaciones, y yo me eché a temblar. Era un grupo de cinco personas y pidieron una tosta para cada uno y además una ración de embutidos. Bien, olvidé pedir una de las tostas y cuando me lo recordaron... El cierre lo habíamos bajado un poquito, estábamos limpiando y las cocineras habían cerrado cocina y estaban a punto de marcharse. Consciente de mi cagada, me acerqué a le mesa y les dije que esa tosta no iba a aparecer, que la cocina estaba out y que lo sentía.
- Entonces, ¿uno de nosotros se queda sin comer? ¿Eso me estás diciendo?
- Ejem... Si, bueno... Lo siento, ha sido culpa mía... Olvidé pasar una tosta a cocina y ya no me la hacen porque ha cerrado cocina, lo siento.
- Pero, es que hemos pedido hace media hora, y ¿me estás diciendo que ahora no vas a poner lo que falta?
- No puedo... esto... hacer más. Lo siento de verdad. Lo más que puedo hacer es que os invito a la bebida y decir que lo siento.
- Pues nos vamos a pensar si ponemos una hoja de reclamaciones. No puede ser esto hombre.
- Lo siento.
Y con una pequeña temblina de piernas me retiro y me acerco a comentarle a mis compañeros el percance. Me noto la cabeza caliente, signo de que me he puesto colorado como el puto culo de un babuino y me tiembla la voz. Mis compañeros se ríen y dicen que no me preocupe, que se habla con ellos y que no es para tanto, que no me preocupe. Realmente me la suda la tosta que falta, pero me pone nervioso el asunto. Voy al almacén a relajarme un segundo, pasando al lado de la mesa con la que tengo el problema, a la que ni se me ocurre ni mirar de reojo. No vaya a ser.
Me siento en un barril de cerveza y me limpio el sudor de la cara. Ya me siento mejor. Respiro hondo un par de veces y miro hacia arriba, viendo encima de las cajas del pan, varios cuchillos bastante grandes. Lo pienso medio segundo y me levanto de un brinco, agarrando el más grande de todos, de unos 25 centímetros de hoja, que es fina y brilla a pesar de la tenue bombilla que ilumina pobremente el cuartucho. Salgo con decisión del almacén y me dirijo a la mesa problemática, sin esconder demasiado el cuchillo. Ninguno se percata del pequeño regalo que les llevo.
- ¿Habéis pensado ya si vais a poner la hoja de reclamaciones?
- Pues...
Y sin esperar a ver que me decía la maldita gorda que no debería comer nunca tostas, al menos durante tres o cuatro meses, la clavo el cuchillo con precisión a través de un agujero de su nariz de cerda, y noto que cuando ha penetrado unos quince centímetros toco algo duro, que me impide terminar de atravesar su cabeza de puerca. Sus ojos se abren sorprendidos mirando fijamente a los míos, y se mantiene quieta durante dos o tres segundos, hasta que empieza a sufrir violentos espasmos que provocan que caiga al suelo -donde sigue bailando al ritmo de sus convulsiones- y me quite el largo cuchillo de la mano. Sus amigos quedan en estado de shock y no dicen nada. Mis compañeros me miran desde la barra, no sabían que había salido hace dos meses tras cumplir condena por la muerte de un compañero y por desfigurar a un profesor con una navaja que le clavé en la mejilla.
Pero -siempre hay uno-, uno de estos días, me amenazaron con ponerme una hoja de reclamaciones, y yo me eché a temblar. Era un grupo de cinco personas y pidieron una tosta para cada uno y además una ración de embutidos. Bien, olvidé pedir una de las tostas y cuando me lo recordaron... El cierre lo habíamos bajado un poquito, estábamos limpiando y las cocineras habían cerrado cocina y estaban a punto de marcharse. Consciente de mi cagada, me acerqué a le mesa y les dije que esa tosta no iba a aparecer, que la cocina estaba out y que lo sentía.
- Entonces, ¿uno de nosotros se queda sin comer? ¿Eso me estás diciendo?
- Ejem... Si, bueno... Lo siento, ha sido culpa mía... Olvidé pasar una tosta a cocina y ya no me la hacen porque ha cerrado cocina, lo siento.
- Pero, es que hemos pedido hace media hora, y ¿me estás diciendo que ahora no vas a poner lo que falta?
- No puedo... esto... hacer más. Lo siento de verdad. Lo más que puedo hacer es que os invito a la bebida y decir que lo siento.
- Pues nos vamos a pensar si ponemos una hoja de reclamaciones. No puede ser esto hombre.
- Lo siento.
Y con una pequeña temblina de piernas me retiro y me acerco a comentarle a mis compañeros el percance. Me noto la cabeza caliente, signo de que me he puesto colorado como el puto culo de un babuino y me tiembla la voz. Mis compañeros se ríen y dicen que no me preocupe, que se habla con ellos y que no es para tanto, que no me preocupe. Realmente me la suda la tosta que falta, pero me pone nervioso el asunto. Voy al almacén a relajarme un segundo, pasando al lado de la mesa con la que tengo el problema, a la que ni se me ocurre ni mirar de reojo. No vaya a ser.
Me siento en un barril de cerveza y me limpio el sudor de la cara. Ya me siento mejor. Respiro hondo un par de veces y miro hacia arriba, viendo encima de las cajas del pan, varios cuchillos bastante grandes. Lo pienso medio segundo y me levanto de un brinco, agarrando el más grande de todos, de unos 25 centímetros de hoja, que es fina y brilla a pesar de la tenue bombilla que ilumina pobremente el cuartucho. Salgo con decisión del almacén y me dirijo a la mesa problemática, sin esconder demasiado el cuchillo. Ninguno se percata del pequeño regalo que les llevo.
- ¿Habéis pensado ya si vais a poner la hoja de reclamaciones?
- Pues...
Y sin esperar a ver que me decía la maldita gorda que no debería comer nunca tostas, al menos durante tres o cuatro meses, la clavo el cuchillo con precisión a través de un agujero de su nariz de cerda, y noto que cuando ha penetrado unos quince centímetros toco algo duro, que me impide terminar de atravesar su cabeza de puerca. Sus ojos se abren sorprendidos mirando fijamente a los míos, y se mantiene quieta durante dos o tres segundos, hasta que empieza a sufrir violentos espasmos que provocan que caiga al suelo -donde sigue bailando al ritmo de sus convulsiones- y me quite el largo cuchillo de la mano. Sus amigos quedan en estado de shock y no dicen nada. Mis compañeros me miran desde la barra, no sabían que había salido hace dos meses tras cumplir condena por la muerte de un compañero y por desfigurar a un profesor con una navaja que le clavé en la mejilla.
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