Hay noches frías,
noches húmedas,
noches ventosas.
Noches
en si mismas ciegas,
tenebrosas,
noches que exportan miedos,
que alimentan angustias en veladas insomnes,
la flor y la nata de mis agobios
danzando sin son;
oscuras sombras que agrietan las formas de mi felicidad,
pasado que vuelve en forma de daga
invisible,
afilada la hija de puta,
y yo,
amoratado por el cuchillo gélido de la noche,
respiro.
Me consuelo en la visión de un mañana,
me refugio en pensamientos que me abracen hasta que sean tus brazos quienes lo hagan.
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sábado, 17 de diciembre de 2011
viernes, 23 de septiembre de 2011
Otoño
Fresca es la noche de otoño,
otoño que no te he vivido,
otoño que no he paseado abrigado a tu lado,
otoño que añoro por desconocido;
desconocido para mi el tacto de tus manos enguantadas,
de tus manos frías,
de tus manos agarrando hojas secas y amarillas;
amarillo mi rostro ajado,
mi rostro transformado en una máscara de acero;
inoxidable pensé hace ya que era mi corazón;
corroído por un verano seco,
seco mi paladar por un verano seco,
seco mi lecho por unos ojos cerrados;
cerrado el bar de la esquina,
el cerrojo de mi puerta,
mi jardín de los recuerdos;
cerrado, todo está cerrado.
Fresca es la noche de otoño,
otoño que rabio en su inicio,
otoño que impotente me expone,
otoño que es luz que agoniza,
que es noche brumosa,
otoño que precede al invierno;
un invierno diviso a lo lejos,
lejos no veo más que al invierno,
el invierno se cierne en mi pecho,
en mi pecho sólo el invierno;
invierno de manta y estufa,
estufa en mi cráneo desierto,
desierta la noche en invierno;
invierno que viene,
invierno que viene solo,
invierno que viene frío.
otoño que no te he vivido,
otoño que no he paseado abrigado a tu lado,
otoño que añoro por desconocido;
desconocido para mi el tacto de tus manos enguantadas,
de tus manos frías,
de tus manos agarrando hojas secas y amarillas;
amarillo mi rostro ajado,
mi rostro transformado en una máscara de acero;
inoxidable pensé hace ya que era mi corazón;
corroído por un verano seco,
seco mi paladar por un verano seco,
seco mi lecho por unos ojos cerrados;
cerrado el bar de la esquina,
el cerrojo de mi puerta,
mi jardín de los recuerdos;
cerrado, todo está cerrado.
Fresca es la noche de otoño,
otoño que rabio en su inicio,
otoño que impotente me expone,
otoño que es luz que agoniza,
que es noche brumosa,
otoño que precede al invierno;
un invierno diviso a lo lejos,
lejos no veo más que al invierno,
el invierno se cierne en mi pecho,
en mi pecho sólo el invierno;
invierno de manta y estufa,
estufa en mi cráneo desierto,
desierta la noche en invierno;
invierno que viene,
invierno que viene solo,
invierno que viene frío.
miércoles, 11 de mayo de 2011
Adiós duende
Dame muerte,
afila tus garras de gata crecida en ambientes displicentes,
perfora mi ansiedad crecida entre sueños inconscientes
y róbame la sonrisa que sembraste.
Primaveras pasadas siempre fueron mejores,
carretera, manta y muchas flores
que llenaron de semillas los caminos imposibles
que estuvimos dispuestos a caminar,
correr,
atravesar
y a devorar con mordiscos infinitos,
llenándonos de vida el corazón
y de espesa hierba las manos con las que nos recorríamos enfermos,
de día o de noche,
al abrigo de paredes discretas
o al raso cielo del este.
Aun siento enormes brazos alrededor,
antes me envolvían tibios,
deliciosos,
ahora me asfixian,
aprietan,
el aire no se atreve a pasar a mis pulmones desollados;
y el duende ha huido a Arán,
a ese valle que dio origen a las ensoñaciones más hermosas,
ese lugar donde iríamos a plantar nuestro árbol de fantasía,
donde un manto de sonrisas nos envolvería al límite de la felicidad más rebosante,
donde los brazos que me envolverían serían mágicos
y flotaría un aire que lamería nuestras pieles.
La sonrisa sembrada se hubiera convertido en una eternidad
y las garras serían dulces dedos que acariciarían las mejillas,
que ahora,
agrietadas,
son erosionadas por las lágrimas más amargas
que jamás imaginé caer.
El duende desapareció,
Campanilla vuela en otras latitudes
y su polvo se esparce en reinos lejanos
y aquí,
aquí la más seca de las tierras regada con la más agria de las realidades.
Y mucho frío.
afila tus garras de gata crecida en ambientes displicentes,
perfora mi ansiedad crecida entre sueños inconscientes
y róbame la sonrisa que sembraste.
Primaveras pasadas siempre fueron mejores,
carretera, manta y muchas flores
que llenaron de semillas los caminos imposibles
que estuvimos dispuestos a caminar,
correr,
atravesar
y a devorar con mordiscos infinitos,
llenándonos de vida el corazón
y de espesa hierba las manos con las que nos recorríamos enfermos,
de día o de noche,
al abrigo de paredes discretas
o al raso cielo del este.
Aun siento enormes brazos alrededor,
antes me envolvían tibios,
deliciosos,
ahora me asfixian,
aprietan,
el aire no se atreve a pasar a mis pulmones desollados;
y el duende ha huido a Arán,
a ese valle que dio origen a las ensoñaciones más hermosas,
ese lugar donde iríamos a plantar nuestro árbol de fantasía,
donde un manto de sonrisas nos envolvería al límite de la felicidad más rebosante,
donde los brazos que me envolverían serían mágicos
y flotaría un aire que lamería nuestras pieles.
La sonrisa sembrada se hubiera convertido en una eternidad
y las garras serían dulces dedos que acariciarían las mejillas,
que ahora,
agrietadas,
son erosionadas por las lágrimas más amargas
que jamás imaginé caer.
El duende desapareció,
Campanilla vuela en otras latitudes
y su polvo se esparce en reinos lejanos
y aquí,
aquí la más seca de las tierras regada con la más agria de las realidades.
Y mucho frío.
hablo de
amor,
caminos,
Campanilla,
corazón,
duende,
felicidad,
frío,
lágrimas,
muerte,
poemilla,
primavera,
sentimientos,
sueño,
Valle de Arán
jueves, 17 de septiembre de 2009
Frío
Al norte y al sur,
mil pasos.
Al este o al oeste,
mil pasos.
Llámalo huir,
o de necesidad morir
sino lo hago.
Ahogado:
¿dónde hay O2?
Lo busco,
y no está,
no aparece
ni Google sabe,
así que yo...
Soy una foto antigua
en un arcón,
amarillenta
y raída,
ansiando salir,
ver la luz del Sol,
entre las nubes
pasar
y alcanzar
donde posar los pies
en este frío criminal
que me asesina
cada día.
Barrotes de hielo
alrededor,
apenas a 2 pasos
me cierran,
y quería mil...
Jodido.
No llego a tocarlos,
queman,
no puedo pensar en romperlos,
ni siquiera mirarlos puedo,
me asustan.
Engordan a cada segundo,
cierran sobre mi
sus paredes blancas,
húmedas
y amargas;
me agarrotan
de pies a cabeza.
¡Quiero escapar!
Dentro de mi,
el grito,
pero fuera:
terror.
Vencer al frío,
a la oscuridad;
desterrarlos de aquí,
o desterrarme yo,
no sé qué será mejor.
viernes, 9 de enero de 2009
Nieve
nieva,
blanco,
frío.
El vaho sale de mi boca.
respiración
entrecortada:
uno, dos.
Mis pies se hunden en la espesura,
guantes,
bufanda,
gorro.
Me escondo guardando mi piel,
fría,
pálida,
huérfana.
Mis labios tiemblan sin ti
buscando
calor,
sensuales.
Mis manos se agitan en los bolsillos,
añorando
recovecos
prohibidos.
Sigue nevando, nada más,
más que blanco,
más que nieve,
más que frío.
blanco,
frío.
El vaho sale de mi boca.
respiración
entrecortada:
uno, dos.
Mis pies se hunden en la espesura,
guantes,
bufanda,
gorro.
Me escondo guardando mi piel,
fría,
pálida,
huérfana.
Mis labios tiemblan sin ti
buscando
calor,
sensuales.
Mis manos se agitan en los bolsillos,
añorando
recovecos
prohibidos.
Sigue nevando, nada más,
más que blanco,
más que nieve,
más que frío.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Corazón helado
Mi corazón no tiene dueño,
me dije alguna vez.
Pero corre de mano en mano,
prestado por mi,
-idiota-
congelándose,
al frío viento
de fuera,
entre frías manos,
y más fríos corazones,
vomitando en cada esquina
borbotones de sangre,
desteñida.
Borracho de espanto,
acorralado
en un callejón oscuro,
rodeado
de heladas sombras,
inválido como está
de sentimientos,
de calor.
Lo último
que se le oyó decir...
"de mi se adueña el frío;
no lo puedo resistir
ni echar,
ni puedo luchar
ni huir.
Me dejaré llevar,
morir."
me dije alguna vez.
Pero corre de mano en mano,
prestado por mi,
-idiota-
congelándose,
al frío viento
de fuera,
entre frías manos,
y más fríos corazones,
vomitando en cada esquina
borbotones de sangre,
desteñida.
Borracho de espanto,
acorralado
en un callejón oscuro,
rodeado
de heladas sombras,
inválido como está
de sentimientos,
de calor.
Lo último
que se le oyó decir...
"de mi se adueña el frío;
no lo puedo resistir
ni echar,
ni puedo luchar
ni huir.
Me dejaré llevar,
morir."
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Regresé del cuento
Lo primero que quiero decir es que con Gante y sobretodo con Brujas se cumple el tópico que todo el mundo repite, es como estar en un cuento. Te sientes como Hansel y Gretel paseando por sus calles, que parecen sacadas de una fábula maravillosa, con sus canales, su tranquilidad, sus puentes de piedra, sus casas puntiagudas... Quizá sea mejor decir que las fábulas se inspiran en ciudades como esta.
Además, envidio el gusto y el buen hacer de los encargados de engalanar la ciudad de cara a Navidad, ya que a diferencia de lo que se hace en Madrid, allí se respira un ambiente navideño muy clásico, donde verdaderamente sientes ese espíritu navideño típico de alegría y fantasía. Por la noche se disfruta casi tanto como por el día, con unas luces que embellecen la ciudad y aportan un punto casi irreal de perfección.
Vengo completamente alucinado y radiante, a pesar de que la noche de llegada fue un poco caótica, aterrizando en Charleroi a las 6 de la tarde, pero no llegando al hostal hasta las 9:45, empapados y fríos por el hielo (si, trozitos de hielo tenía en mi plano...) que nos cayó, tras 50 minutos de autocar hasta Bruselas y otros 55 de tren hasta Brujas, con sus respectivas esperas y demás... Pero nada pudo empañar lo que nos encontramos y lo que disfrutamos domingo, lunes y la mañana del martes. El Sol ni lo vimos, la niebla aparecía todas las noches, el ambiente gélido que dejaba las calles vacías a las 7 de la tarde, con tiendas y muchos bares cerrados también, no evitaban que pasearas anonadado con lo que veías a cada paso y con lo que te esperaba en cada esquina.
Y de Gante, decir que tremendo castillo, preciosa catedral, centro histórico brutal. No me quedan palabras para describir lo que se siente con tanto arte ante los propios ojos, y en tan pequeño espacio. Merece la pena el pequeño trayecto de una media hora en tren desde Brujas, pasar el día y volver, porque el catálogo de edificios a cada cual más impresionante es amplio y variado.
Habíamos pensado ver Bruselas ayer por la mañana, en unas horitas para luego ir a Charleroi para coger el avión, pero nada, toda la mañana en Brujas saboreando los últimos momentos. En fin, casi me dio pena que la muchísima niebla que había sobre el aeropuerto no fuera mayor para que hubieran suspendido el vuelo y habernos podido quedar un día más...
Además, envidio el gusto y el buen hacer de los encargados de engalanar la ciudad de cara a Navidad, ya que a diferencia de lo que se hace en Madrid, allí se respira un ambiente navideño muy clásico, donde verdaderamente sientes ese espíritu navideño típico de alegría y fantasía. Por la noche se disfruta casi tanto como por el día, con unas luces que embellecen la ciudad y aportan un punto casi irreal de perfección.
Vengo completamente alucinado y radiante, a pesar de que la noche de llegada fue un poco caótica, aterrizando en Charleroi a las 6 de la tarde, pero no llegando al hostal hasta las 9:45, empapados y fríos por el hielo (si, trozitos de hielo tenía en mi plano...) que nos cayó, tras 50 minutos de autocar hasta Bruselas y otros 55 de tren hasta Brujas, con sus respectivas esperas y demás... Pero nada pudo empañar lo que nos encontramos y lo que disfrutamos domingo, lunes y la mañana del martes. El Sol ni lo vimos, la niebla aparecía todas las noches, el ambiente gélido que dejaba las calles vacías a las 7 de la tarde, con tiendas y muchos bares cerrados también, no evitaban que pasearas anonadado con lo que veías a cada paso y con lo que te esperaba en cada esquina.
Y de Gante, decir que tremendo castillo, preciosa catedral, centro histórico brutal. No me quedan palabras para describir lo que se siente con tanto arte ante los propios ojos, y en tan pequeño espacio. Merece la pena el pequeño trayecto de una media hora en tren desde Brujas, pasar el día y volver, porque el catálogo de edificios a cada cual más impresionante es amplio y variado.
Habíamos pensado ver Bruselas ayer por la mañana, en unas horitas para luego ir a Charleroi para coger el avión, pero nada, toda la mañana en Brujas saboreando los últimos momentos. En fin, casi me dio pena que la muchísima niebla que había sobre el aeropuerto no fuera mayor para que hubieran suspendido el vuelo y habernos podido quedar un día más...
hablo de
arquitectura,
arte,
Brujas,
fotografía,
frío,
Gante,
viajes
jueves, 11 de diciembre de 2008
Sin nombre (II)
Sin nombre (I)
El frío me hiela las pestañas y el viento me corta las mejillas, pero camino despacio. Solo, claro. Las manos en los bolsillos, la mirada al frente, perdida, mis pasos, largos y firmes, mienten marcando un camino inexistente. He llamado a la oficina, he dicho que me sentía mal y que no iría, después he arrojado el móvil a una papelera. No me he duchado esta mañana y mientras respiro el aire contaminado, recuerdo que no he dejado abierta la ventana de casa. Otro día será.
Me cruzo con la gente, que no me ve, que corre de un sitio a otro, y yo si les veo. Hoy lo veo todo. Corren al trabajo, a la compra, al médico, a casa desde el trabajo, desde la compra, desde el médico. Algunos esperan el autobús, o bajan de uno. Me detengo delante de una tienda de animales, y en el escaparate veo varias jaulas de cristal transparentes, que contienen en su interior a varios cachorros cada una, gatos y perros, que juguetean ajenos al resto. Encerrados, condenados a llevar un chip en su cuello, pero felices de tener un plato de comida y uno de agua, y tiempo para jugar, sea en esa jaula o en su futuro hogar, donde les prohibirán cagar o mear, y donde un ladrido a deshoras provocará una paliza. En el fondo les envidio.
El cielo torna de gris a negro y empieza a llover. La gente corre más deprisa aun. Algunos me pegan con sus paraguas, y en la décima de segundo que me miran a los ojos dicen que lo sienten. Que humanidad. Pienso en que las noticias de la televisión hablarán de las inundaciones que ha provocado la tromba de agua, lo que me lleva a recordar que tenía que comprar pilas. Me meto en la primera tienda de chinos que veo y compro un paquete de cuatro. El chino me intenta colocar un paraguas, a lo que respondo con una mueca de aceptación, mientras miro a la calle. Pago y guardo las pilas en el bolsillo de mi gabardina, agarro el paraguas y salgo. Las calles están casi vacías por la gran lluvia que sigue cayendo, pero yo sigo caminando, mirada al frente, perdida, mis pasos, largos y firmes, que mienten marcando un camino inexistente, y una mano en el bolsillo, la otra, sujeta a un paraguas cerrado. Me apetece un pitillo.
El frío me hiela las pestañas y el viento me corta las mejillas, pero camino despacio. Solo, claro. Las manos en los bolsillos, la mirada al frente, perdida, mis pasos, largos y firmes, mienten marcando un camino inexistente. He llamado a la oficina, he dicho que me sentía mal y que no iría, después he arrojado el móvil a una papelera. No me he duchado esta mañana y mientras respiro el aire contaminado, recuerdo que no he dejado abierta la ventana de casa. Otro día será.
Me cruzo con la gente, que no me ve, que corre de un sitio a otro, y yo si les veo. Hoy lo veo todo. Corren al trabajo, a la compra, al médico, a casa desde el trabajo, desde la compra, desde el médico. Algunos esperan el autobús, o bajan de uno. Me detengo delante de una tienda de animales, y en el escaparate veo varias jaulas de cristal transparentes, que contienen en su interior a varios cachorros cada una, gatos y perros, que juguetean ajenos al resto. Encerrados, condenados a llevar un chip en su cuello, pero felices de tener un plato de comida y uno de agua, y tiempo para jugar, sea en esa jaula o en su futuro hogar, donde les prohibirán cagar o mear, y donde un ladrido a deshoras provocará una paliza. En el fondo les envidio.
El cielo torna de gris a negro y empieza a llover. La gente corre más deprisa aun. Algunos me pegan con sus paraguas, y en la décima de segundo que me miran a los ojos dicen que lo sienten. Que humanidad. Pienso en que las noticias de la televisión hablarán de las inundaciones que ha provocado la tromba de agua, lo que me lleva a recordar que tenía que comprar pilas. Me meto en la primera tienda de chinos que veo y compro un paquete de cuatro. El chino me intenta colocar un paraguas, a lo que respondo con una mueca de aceptación, mientras miro a la calle. Pago y guardo las pilas en el bolsillo de mi gabardina, agarro el paraguas y salgo. Las calles están casi vacías por la gran lluvia que sigue cayendo, pero yo sigo caminando, mirada al frente, perdida, mis pasos, largos y firmes, que mienten marcando un camino inexistente, y una mano en el bolsillo, la otra, sujeta a un paraguas cerrado. Me apetece un pitillo.
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