El corazón me late fuera del pecho, me sabe a sangre mi garganta, mis oídos retumban. Está ahí, no sé quien es, pero está. Pasos, cerca, muy cerca... Cierro los ojos e intento pensar en la primavera, en las flores, en Lyuda, en Dasha, en su sonrisa; ya no oigo pasos, ahora sólo oigo su carcajada pura, limpia. También escucho a Lyuda, su voz, veo sus ojos clavados en los míos, mirándome fijamente con ese amor que sólo ella sabe expresar de esa manera. Siento por primera vez en semanas que floto, que me elevo por encima de los escombros donde me refugio, por las ruinas de mi Stalingrado destruida, percibo una maraña de soldados de ambos bandos que miran hacia arriba escudriñando el cielo plomizo que se abre ante mí, olvidando sus armas, y los motivos que tienen para haber disparado tantas balas.
- Du Sowjetischen! Aus, Jetzt! (¡Tú, soviético! ¡Fuera, ahora!)
Siento el cañón del MP-40 en mi sien. Los he oído disparar desde hace semanas, día tras día. He visto muchos diseminados entre las montañas de cascotes, pero nunca había sentido su contacto. Desprende un gélido aguijonazo sobre mi, pero no me inspira temor. Por fin he comprendido, y ya no tengo miedo, si ya no estoy vivo no puedo sentirlo. Siento recomponerse las fuerzas dentro de mi, ha llegado mi momento, mi fin.
Niego con la cabeza, mirando fijamente al demacrado soldado alemán. Él me observa largo rato.
- Hier sterben. (Morirás aquí).
Cierro los ojos de nuevo. Regreso al verde primaveral, vuelvo a ver a Lyuda, en mi regazo mezo a Dasha. Oigo pasos alejarse, sonrío para mí y caigo en un tibio sueño.