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miércoles, 30 de mayo de 2012

Lengua de fuego

"Todos los fuegos terminan por extinguirse, y estas palabras tienen hambre de cenizas."  *


Tu silencio es mi piel en llamas,
el crepitar mi voz ahogada,
la atracción, fuego,
quemaduras,
reflejos en mis pupilas atormentadas,
mis manos humeantes,
mi pecho en pleno fulgor ardiente.
Tan consumido que el dolor apenas duele,
no hay cuerpo hay brasas 
y humo negro alrededor;
la gasolina de tus besos explota
desboca
lenguas de fuego en esta pira infinita,
una lengua suave y tibia afilando ascuas,
clavando dardos ardientes,
una lengua húmeda que aviva luces 
una lengua sofocante que exagera sombras.


jueves, 5 de enero de 2012

Quema

Suave como sonido de piano,
tu lengua
mi paladar,
el deseo derramado,
helado derretido
hierro fundido.
Abro mis poros a tu piel,
empapo mi pelo contigo
me hundo en ti
amando,
flotando en miel de tu pecho
sorbiendo tu boca,
ardiendo,
quemándome los ojos con tu mirada.

viernes, 2 de septiembre de 2011

En caída libre

Tus besos puro fuego,
para los que el agua no sirve.
El campo con puertas es jaula,
no hay llave que cierre la nuestra,
¿no lo sabes?
El fuego entra,
sale,
las verjas inexistentes no son nada,
sólo miedo.
Y el miedo quema,
a mi también.
Para huir de él salté al vacío,
salté y ahora,
en caída libre,
estiro los brazos, sonrío.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Despierto

Despertando a cada latido,
observando que seguías allí con tu mirada oculta en los sueños,
mientras los míos estaban delante de mis ojos.


Tu pecho desnudo subiendo,
bajando;
mi mano agarrando la tuya,
recorriendo tu brazo inerte y mi boca bebiendo de tu pelo revuelto,
el fragor de la batalla tan solo ya humeando,
pero mis entrañas incendiadas
y yo embebido de ese fuego,
mirando,
contemplando en la penumbra tus rescoldos:
los labios finos, rosados, saciados;
las manos blancas, largas, desgastadas;
los pechos escuetos, serenos, besados.


Tu corazón marcando el paso,
tu cabeza desentendida entregada al sueño 
y tu sexo recuperándolo.
Y yo perdido en ti.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La noche de los lápices

Ve ese fuego en los ojos de su hijo, y que tan bien conoce. No ha olvidado después de más de 30 años la lucha, el fulgor de los pechos embravecidos, que, movidos por principios firmes, protestan sin miedo a la represión.

Diferentes generaciones unidas por una forma de actuar.

El orgullo a flor de piel, las lágrimas aflorando emocionantes por los ojos, la mujer que mira fijamente su creación, éste que grita, protesta, prosigue su pelea por lo que cree puede ser un mundo mejor.

Porque no se puede dejar que las cosas pasen porque sí.

Son diferentes los motivos, han cambiado las consignas, los lemas, las pancartas, los medios, han variado muchas cosas. Pero la combatividad debe continuar. Por eso siente ella que luchó, por el derecho a opinar, a protestar, por eso se siente orgullosa de su hijo, por no conformarse, por afrontar la búsqueda de soluciones a los problemas, por reclamar que sus derechos no sean aplastados por las ruedas del molino. Porque el espíritu rebelde no se pierda en la comodidad de los tiempos.

La lucha en la calle.

Desde la vereda observa, apartada, sin querer mostrarse demasiado, manteniendo las cautelas del miedo que aun invade su cuerpo en las manifestaciones, por las cargas policiales que vendrán cuando la masa avance, y que recuerda con toda crudeza, en su mente y en su piel. Una fina línea discurre entre los ojos de ella y él, pero en una sola dirección, él está ocupado en lo suyo, militando, ella está ocupada en él.

Porque los lápices deben seguir escribiendo.


Dedicado a los desaparecidos y supervivientes, todos ellos secuestrados, en la Noche de los Lápices.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Macropoema del deseo que me consume (I)

Destellos de placer me atraviesan,
cruje mi espalda
sintiendo tus gemidos,
en mi oído
un susurro,
un flash que me enfila
al abismo
de las caricias infinitas,
de las lenguas enganchadas,
al amanecer,
que no llegue el día,
que no se vaya la noche.
Espasmos incontrolados,
al ritmo
de gritos lanzados por garganas ajadas,
cuerpos derretidos
al son de tus piernas,
de tus ojos,
arriba y abajo,
suave ahora
fuerte después.
Tu sangre bombea pasión,
tensión contenida
en las venas de la locura
más pura,
inherente a tu ser,
borracho de ese río rojo
aprendido de memoria
bajo la oscuridad de nuestros párpados,
cerrados,
prendidos con el fuego
de las llamas celestiales
que me rompen en mil pedazos,
sin dolor.

lunes, 22 de diciembre de 2008

El Gordo

Le había costado reunir el dinero, pero lo había conseguido. 20 euros. Poco a poco durante las últimas semanas había ido rascando de aquí y de allá, céntimo a céntimo, quitándose de algún pequeño vicio como el cigarro suelto que compraba en el kiosco del barrio algún día, reduciendo levemente la ya de por si escasa ración de cena, no acudiendo a la peluquería y siendo autosuficiente en todo lo que encontró posibilidad de serlo. Pero en el día de ayer logró su objetivo, entregarle orgulloso los 20 euros (en decenas, quizá cientos de monedas) al dependiente de la administración de lotería.

-Deme el que acaba en 7.
-¿Supersticioso?
-Con lo que me ha costado, es lo menos.
-Tenga ahí, ¡suerte!

Ese décimo acabado en 7 tenía en sus manos cuando vio finalizar el sorteo por televisión. Con el billete fuertemente agarrado por sus gruesos dedos se levantó y se dirigió al baño, donde colocó el tapón de la bañera. Rellenó la bañera con unas garrafas que tenía arrinconadas y se secó las manos. Fue al salón de nuevo, de donde cogió el único cigarro que tenía, y lo encendió lentamente con un mechero desgastado. Al aspirar el humo sonrió levemente y volvió al baño, donde abrió el grifo del lavabo, del cual no salió ni una gota de agua, asíque no pudo apagar su cigarro. Dejó el mechero en la polvorienta repisa de cristal que había encima del lavabo y se quitó la ropa, con cuidado de no tirar su cigarro.

Consumió casi entero su pitillo antes de meterse en la bañera, donde volcó un grasiento bote de algo que en su día debió ser jabón. Agarró el billete de lotería y lo miró durante unos segundos, y entonces si, introdujo la pierna en la bañera, poniéndosele la piel de gallina por el frío. Vaciló un instante hasta que se metió por completo, y cuando se acostumbró a la temperatura, agarró la chusta que le quedaba de cigarrillo con la mano que le quedaba libre del décimo, y se tumbó delicadamente, notando como le subía un escalofrío por la columna. Apenas se había hecho espuma con el jabón que había echado, pero no le importaba, miraba el número de lotería con una concentración absoluta. Le dio una última calada al cigarro, y mientras expulsaba la densa bocanada grisácea, murmuró:

-Quizá otra vida me espere con más dicha.

Y arrojó el cigarro a la bañera, prendiendo vorazmente la gasolina.