Hugo se percató del cruce de miradas, y le tembló el pulso. Se fue a la cama cabizbajo, a sabiendas de que esa noche no podría dormir, como otras tantas noches que se repiten con cada vez más frecuencia. Se arropo hasta los ojos y esperó.
Esperó hasta que oyó caer un cubierto al suelo y entonces se asustó.
Se acurrucó lo más que pudo y apretó fuertemente la manta contra su rostro. Miraba fijamente la puerta de su habitación, que no veía en la oscuridad, y le invadió el frío. No se acostumbraba.
Oyó romperse un vaso, y empezó a sentir como le temblaban las manos.
Una lágrima recorrió su mejilla, pero Hugo no se movío. El temblor tomó posesión de su cuerpo. La tensión le atenazaba por completo y el miedo le tenía paralizado. Nunca se acostumbraría.
Oyó varios gritos y golpes, y las lágrimas afloraron en tromba, silenciosas.
El pánico que sentía creció, y no aguantó más en la cama y saltó hacia la puerta. Quedó pegado a ella, escuchando aterrado y echó un manojo de nervios lloroso, hasta que pararon gritos y golpes.
Oyo el silencio, y se sorprendió.
Quedó inmóvil de nuevo, petrificado junto a la puerta de su cuarto. Se acercaban unos pasos y corrió de nuevo a la cama. Se abrió la puerta y entró una sombra a trompicones. Llorando, se acercó a Hugo y le abrazó. Tenía las manos llenas de sangre.
-Hijo, no podía más- afirmó entre lloros la sombra.
-Te quiero, mamá.