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Sin nombre (I)
Sin nombre (II)
Sin nombre (III)
He bajado todas las persianas. No quiero que entre la maldita luz. Me taladra la retina y me desborda la impaciencia de verla siempre ahí, recordando que nos da la vida, y que no piensa marcharse. Se que está detrás de la persiana, que espera el momento en el que ceda mi voluntad y vuelva a permitir que penetre, que inunde mi existencia de esa vida, pero hoy, al menos hoy, no.
Hoy soy yo y nada más. Enciendo una vela, y las sombras temblorosas irrumpen con fuerza. Me dirijo al baño, donde bajo la tenue luz me miro en el espejo, o mejor dicho, en lo que queda de él. Asustado, salgo del baño y me voy a mi habitación, donde apago la vela antes de dejarme caer en la cama. Siento que las energías me han abandonado, que es en vano lo que pueda hacer hoy. Y todo es culpa de esa puta luz que lo impregna todo, y que noto se cuela por las rendijas de cada ventana y cada puerta. Me levanto de la cama otra vez.
Con la vela de nuevo en la mano, voy agarrando todo lo que encuentro por el medio: toallas, una camiseta, calzoncillos, jirones de antiguas ropas, y cuando creo que es suficiente, inició mi plan. Hueco por el que noto entrar a ese puto mal que es la luz, allí que deposito una prenda, tapando cualquier indicio luminoso. Me lleva un rato concluir con éxito mi propósito, siempre me dejaba algún pequeño agujero o movía sin querer un calcetín que me hacía revisar cada punto de la casa en busca de errores. Tras repasar concienzudamente toda la casa, siento que el esfuerzo ha merecido la pena. Ni un sólo atisbo de luz se deja ver, tan sólo el suave resplandor de mi vela. Sonrío.
Me siento en el sillón, estiro el brazo para coger la botella de coñac y un vaso, y lo lleno. Cuando me lo llevo a la boca, noto el abrasador gusto en mi paladar y termino de un trago el vaso. Sirvo otro, este lo saborearé mejor, pienso. Dejo la botella y me llevo la mano al bolsillo, saco un pitillo y me lo enciendo con la vela. Noto el picor del humo mezclado con el sabor del coñac, y me siento alegre. Con una mano sujeto el vaso y con la otra el pitillo y la vela. Algo sobra. Devuelvo el cigarrillo a la boca, dando una gran bocanada, y acerco la vela. Soplo fuertemente y con el humo apago la débil llama.
Bebo un trago. Fumo otra calada. Dejo pasar las horas.
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lunes, 29 de diciembre de 2008
lunes, 8 de diciembre de 2008
Sin nombre (I)
Meto la llave en la cerradura y la giro, sigue como la dejé, con dos vueltas. Se abre y me percato de que me olvidé apagar la lámpara, que emite una tenue luz que me llega a través de una neblina provocada por el humo del tabaco que me fumé antes, jodido olvido el mío de no abrir la ventana antes de salir.
Huele a cerrado, a cigarrillos consumidos hasta el filtro y a coñac, también dejé la botella abierta y un vaso a medio terminar en la mesa. Bueno, tampoco importa, convivo con ello cada día y me hace compañía como para que aun no me haya tirado por la ventana, así que es un mal menor que puedo soportar. Intento dejar la gabardina en una silla estirando el brazo y sin preocuparme demasiado, con lo que cae al suelo, pero no me agacho a recogerla. Mañana.
Caigo desplomado en el sofá, miro a través de la ventana y percibo la oscuridad de la madrugada con toda su crudeza y su significado. Al menos tengo un techo, pienso, y no como esos sucios vagabundos y mendigos que deambulan de una día para otro con su cartón de vino malo y sus pertenencias a cuestas, oliendo a mierda y dando pena para ganarse unas monedas. Me consuela y dejo de mirar por la ventana, suspiro bajo ese pequeño momento feliz y paseo la mirada en busca del mando de la televisión. Acierto a verlo medio asomado debajo de un cojín y lo agarro. Apuntó al aparato y pulso algún botón. Nada, olvidé cambiar las pilas, anoche no funcionaba ya. Anteanoche tampoco.
Saco el paquete de tabaco de mi bolsillo del pantalón y me enciendo un pitillo, haciendo que el humo recién creado se funda con el que flota desde hace horas. Bostezo y me estiro, mientras aguanto el cigarrillo entre mis labios, aspirando su aroma, saboreando cada partícula que pasa a través de mi garganta. Me pesan los párpados, creo que me voy a dormir, mañana compraré pilas.
(continuará...)
Huele a cerrado, a cigarrillos consumidos hasta el filtro y a coñac, también dejé la botella abierta y un vaso a medio terminar en la mesa. Bueno, tampoco importa, convivo con ello cada día y me hace compañía como para que aun no me haya tirado por la ventana, así que es un mal menor que puedo soportar. Intento dejar la gabardina en una silla estirando el brazo y sin preocuparme demasiado, con lo que cae al suelo, pero no me agacho a recogerla. Mañana.
Caigo desplomado en el sofá, miro a través de la ventana y percibo la oscuridad de la madrugada con toda su crudeza y su significado. Al menos tengo un techo, pienso, y no como esos sucios vagabundos y mendigos que deambulan de una día para otro con su cartón de vino malo y sus pertenencias a cuestas, oliendo a mierda y dando pena para ganarse unas monedas. Me consuela y dejo de mirar por la ventana, suspiro bajo ese pequeño momento feliz y paseo la mirada en busca del mando de la televisión. Acierto a verlo medio asomado debajo de un cojín y lo agarro. Apuntó al aparato y pulso algún botón. Nada, olvidé cambiar las pilas, anoche no funcionaba ya. Anteanoche tampoco.
Saco el paquete de tabaco de mi bolsillo del pantalón y me enciendo un pitillo, haciendo que el humo recién creado se funda con el que flota desde hace horas. Bostezo y me estiro, mientras aguanto el cigarrillo entre mis labios, aspirando su aroma, saboreando cada partícula que pasa a través de mi garganta. Me pesan los párpados, creo que me voy a dormir, mañana compraré pilas.
(continuará...)
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