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miércoles, 3 de noviembre de 2010

Gritos en silencio (III)

Cómo hablar de mi vida sino tengo ganas.


El vacío más atroz:
el de los gritos en silencio.


Lléname de voces,
aprieta tus cuerdas vocales contra mis venas,
delgadas como alambres,
retorcidas,
asfixiadas en la soledad
de tu elixir
puro,
brillante,
hermoso.
Tus palabras retumban en mi cabeza,
inaudibles, ininteligibles.
Recuerdos borrosos 
que necesito mojar, 
inundar mi cerebro de ti,
proyectar tu luz en mi oscuridad,
reflejar tu sonrisa en mis miedos,
que amanezcan tus brazos en mi espalda,
que mis silencios no se oigan con tus risas.


Aflojar el nudo
que mi garganta ajada reclama,
y que tu lengua sea 
quien traspase mi yugular.
Grita en mi oído
y acalla
los silencios,
disipa las nubes oscuras,
echa a volar,
y yo te sigo.

martes, 26 de octubre de 2010

Viaje austral (II) Perito Moreno



La inmensa profundidad de las montañas, la nieve virgen que baña el paisaje, el agua, calma y gélida, acompañada de un silencio tenso, y que aguarda al hielo resquebrajarse para desprenderse furioso y de forma ensordecedora.



Los inicios de la primavera permiten que no haya una horda de turistas, sino que apenas unas decenas deambulemos extasiados por los varios kilómetros de vistas al mágico Perito Moreno.

El día es perfecto. Un Sol rotundo hace brillar el hielo, la nieve y el majestuoso Lago Argentino. Sólo alguna nube pasajera adorna el intenso cielo azul, y difumina las montañas de las que surge el glaciar.

Y es raro, el cerebro se ralentiza al máximo, se detiene a saborear la violencia de la naturaleza, una sensación no definible con palabras se adueña de uno y sólo algún destello alumbra la mente. Pocos.

jueves, 29 de enero de 2009

Rendijas

Miraba embobado el transcurrir de las nubes desde hacía horas. Era uno de esos días en los que hay una gran nubosidad, pero en los que se ven trozos del cielo azul a ratos, entre las rendijas de las destartaladas nubes. Era feliz en días como ese, en los que ante sus ojos negros, caídos y cansados, iban pasando ,ignorantes, imágenes llenas de matices, en blanco y negro pero con tintes azules tan puros como no hay más. Además, estos azules se veían cada vez en una forma distinta, siempre dependiendo del azaroso camino que siguiera el recorrido de las nubes.

Desde el blanco virgen de las nubes más jóvenes, hasta el gris más oscuro de las que recorren el cielo buscando un lugar donde descargar el húmedo lastre, el abanico de grises era inacabable, y se mezclaba constantemente ofreciendo otros nuevos, en una espiral sin fin.

Pero, la noche se acercaba con terrorífica alevosía, y sabía que los matices se perderían, que todo caería en el pozo de la más absoluta negrura, que todo se difuminaría en un espesor desasosegante, vil. No recibía la noche con gusto en días como aquel, quizá mañana
no depararía un cielo con esas nubes, con ese azul del cielo tan vivo, con ese Sol escondido luchando por iluminar y permitiendo el espectáculo de hoy. Quizá mañana un espeso manto de nubes negras y uniformes sería lo único que se encontraría, y con ello la desesperanza.

Cerró la ventana, pero antes de correr la cortina, una sonrisa iluminó su cara. Se acercaba el Sol al horizonte y el ocaso inundaba desde la lejanía hacia él mismo, y pudo ver por el lado contrario al que se ponía el Sol, una luna, una luna llena que esperaba su momento. Tomaría la noche y la iluminaría, y la llenaría de su fulgor prestado, y serían otros matices, otra belleza, pero habría matices y belleza.

Y la ventana volvió a abrirse.