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lunes, 2 de julio de 2012

Duele nada


Duele danzar sobre una fina cuerda en el vacío,
duele mirar abajo y ver abismo,
la nada a mis pies,
dolor de que esa nada sea nada
y que me sobre oxígeno y me falte vida.
Duele la agonía de un cuerpo en extinción,
la carencia de un abrazo,
una mano en mi espalda doliendo por no estar,
el abismo del infinito engulléndolo todo,
que la nada siga siendo nada 
y que el tiempo pase
doliendo porque ni siquiera puedo odiar,
ni siquiera el dolor puedo gritar.
Vacío de expresiones,
de sentidos,
duele danzar,
duele caminar,
duele respirar,
duele el peso de la entera nada en los hombros.

martes, 15 de mayo de 2012

Pétalos

Pétalos de sangre caídos
rosas secas
espinas clavadas
y tallos negros.
Caminos de azufre
la bruma espesa
silencio.
Palpita el miedo
tiembla el horizonte.
Tú.


Cacería de sueños
violencia
dolor innato
placer inmune,
tormento
y tormenta,
Sol, ¿qué Sol?
Mi cara mojada 
la lluvia ácida
amarga.

lunes, 16 de abril de 2012

Vacío

A veces es difícil explicar el porqué de algo. A veces es una simple sensación de vacío.


Tan simple como eficaz. Vacío, vacío, vacío... La propia palabra encierra la nada, la soledad, los sentimientos fríos e inmateriales, la angustia, la impotencia, un montón de palabras temidas en la carne propia. Vacío.


No da ganas de gritar, no duele, no quita el sueño ni el hambre, no trastoca planes, ni altera el día a día de manera explícita. Está ahí, sin hacer ruido, acompañándote a cada lugar, durmiendo contigo, respirando tu mismo oxígeno, masticando la misma comida que comes y subiendo a los mismos autobuses que tú. 


¿Y qué hace? Nada. Justo eso, la nada más absoluta.

martes, 20 de marzo de 2012

Bajo todas las estrellas (comentario)

En pleno siglo XXI, en esta era digital, en una época en la que conocemos la captura y asesinato del hombre más buscado del planeta gracias a un tuitero, o donde podemos ver naufragios en riguroso directo gracias a los móviles última generación de los propios náufragos, somos incapaces de sentir la crucial necesidad que puede estar viviendo alguien muy cercano.

La incomunicación es el caballo de Troya que nosotros mismos hemos introducido dentro de nuestras murallas. La hemos alimentado, hecho crecer y desarrollado hasta tal punto que está a punto de fagocitarnos por completo, de destruir lo que siglos y milenios de evolución han logrado; algo que casi se podría dar por innato en el ser humano está pendiendo de un hilo rodeado de cuchillas.

Como buen mal endémico, esta incomunicación se expande imparable por Occidente, como si una epidemia nos afectara y nos la fuéramos pasando unos a otros. Eso si, teniendo muy en cuenta el no comentarlo, no sea que haya que profundizar en conversaciones que requieran ese anticuado vicio del pensamiento y la reflexión.

Podemos conectarnos pero no somos capaces de encontrarnos. 

Bajo todas las estrellas muestra una pequeña, casi mínima, situación de incomunicación llevada al límite más atroz de una manera tranquila, sosegada, aparentemente indolora. El conflicto puede ser nuevo o viejo, pero también puede ser una nube que oscurece cada segundo de una vida, y como tal, afecta a los personajes de esta historia. Una historia de incomunicación, si, pero también de soledad, de recuerdos, de sentimientos encontrados, de maneras opuestas de entender y vivir la vida.

Opuestas y ninguna correcta, opuestas y ninguna errónea.


Bajo todas las estrellas, mi primer cortometraje rodado en España. 
Próximamente.

martes, 6 de septiembre de 2011

Camino. Tropiezo.

Camino,
tropiezo.
Y tropiezo.


Hay piedras que cuanto menos se ven más daño hacen,
afiladas y con aristas,
ocultas.
La arboleda me alcanza tras la caricia de las flores,
flores con pinchos,
agujas que no se sienten hasta que la soledad del bosque camufla el cielo,
y la oscuridad cae a plomo,
violenta, imprevista.


Pero me levanto,
camino,
tropiezo.
Y tropiezo.


Busco el Sol y bajo él las flores,
el sendero,
¿dónde está el sendero?
No sé volver atrás,
así que avanzo,
camino,
busco flores,
busco el Sol que me devuelva la sonrisa,
supongo que cuando quieres algo el tropezar es otro paso más.


Camino,
camino.
Y camino.

jueves, 5 de mayo de 2011

Mareos

Es tarde, tardísimo;
y cada vez más lejano
padezco
-en pecho, ojos y manos-
la cruel sensación 
de desequilibrio y mareo 
ante la realidad que irradia el presente.
Insomne y exhausto,
con la mera compañía del teclado que percuto con la ansiedad de un enfermo sin cura,
con ella dentro metida,
abierta mi piel de par en par
y sangrante;
ciego de ver sus ojos,
de admirar el contorno de su figura (mil veces recorrida) vetada,
manco de negar una caricia que me abrasa,
de rozar "accidentalmente" el pelo que ahora se me prohibe revolver.
Negado el gusto recurro al olor,
el mareo aturde y aspiro más fuerte,
convencido,
anestesiando el dolor si te respiro,
cojo aire,
mis venas bombean metralla
a mis pulmones,
invencibles, irreductibles,
mientras yo (mis restos)
reducido a la mínima expresión por las luchas de mi interior,
chapoteo en el inmenso océano de la -imbécil- esperanza.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cuervos en mi ventana

Oigo graznidos de los cuervos más oscuros a través de mi ventana abierta. 


De par en par dejo entrar el gélido aire invernal. Que recorra mi cuerpo desnudo e inerte, el que quieto baila al son de una danza furibunda y demencial. Agarrotado, con los ojos abiertos y enrojecidos, mirando al techo gotear la sangre de mis cabezazos, mascullando el dolor sin queja, supurando una bilis amarga y suplicando el descabello. 


Que sea silencioso, como el tiempo perdido en extrañas enajenaciones; que sea efectivo, como las desesperadas palabras pronunciadas en busca de un no se qué que nunca llega; que sea profundo, como la pureza del amor desmedido que burla a un corazón deshecho; que sea inmune, para no contagiarse del absurdo amargor de la saliva perdida en batallas sin sentido. 


La rabia por este odio sensible enquistado en cada rincón de mi me produce el vómito, me atraganto con la dulzura de palabras pronunciadas con la sinceridad mirando a otro lado, con los actos aberrantes de una mente desquiciada me abro las venas y suplico por el perdón y la verdad. Mis manos se agrietaron de cavar trincheras en enormes rocas, de destrabar cerrojos de las puertas de un destino supuestamente escrito, de golpear las barreras de quien dijo imposible, de lavar en ríos de fuego la ropa manchada por noches en vela. 


Y los cuervos siguen llenándome de pánico, pero no puedo cerrar la ventana. 

miércoles, 16 de marzo de 2011

Tan cerca y tan lejos

Lejos:
imágenes invisibles,
sueños,
risas,
besos,
abrazos.


Cerca:
silencio.


El silencio dañino,
que me deja sordo,
que taladra
mi cabeza, hastiada
e indefensa;
podrida,
de la magnitud de los infiernos
que surco en la palidez
de la nada absoluta,
en la pureza
del indigno sentimiento
rechazado.


Una espada de Damocles ya caída,
sangre seca,
ropa sucia;
el óxido de su filo que corroe
el blanco de mis ojos,
se adueña de mi el hedor de un tiempo pasado,
muerto,
cabizbajo,
ese que estuvo tan cerca y ahora...
Ahora no está.


Tan cerca el silencio perverso,
tan lejos tú.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Macropoema del deseo que me consume (I)

Destellos de placer me atraviesan,
cruje mi espalda
sintiendo tus gemidos,
en mi oído
un susurro,
un flash que me enfila
al abismo
de las caricias infinitas,
de las lenguas enganchadas,
al amanecer,
que no llegue el día,
que no se vaya la noche.
Espasmos incontrolados,
al ritmo
de gritos lanzados por garganas ajadas,
cuerpos derretidos
al son de tus piernas,
de tus ojos,
arriba y abajo,
suave ahora
fuerte después.
Tu sangre bombea pasión,
tensión contenida
en las venas de la locura
más pura,
inherente a tu ser,
borracho de ese río rojo
aprendido de memoria
bajo la oscuridad de nuestros párpados,
cerrados,
prendidos con el fuego
de las llamas celestiales
que me rompen en mil pedazos,
sin dolor.

viernes, 11 de junio de 2010

Gritos en silencio (II)

Un día lo tienes todo,
y durante tres no tienes nada.
Tres inmensos días,
con tres noches
infinitas,
la eternidad te engulle
y te devora,
el mar que antes te recogía de sus brazos
ahora te golpea,
envía sus olas poderosas
y te hunde,
la luz se difumina
ante tus ojos llorosos,
y los susurros que antes lamían tu oído
se han borrado en la violencia
de los segundos que pasan,
míseros,
de uno en uno,
acuchillando ilusiones
y a la vez,
corriendo deprisa
porque sientes que se acaba tu tiempo,
que se esfuma la posibilidad;
esa que anoche veías real
y que hoy...
Hoy lo ves todo mentira,
hoy padeces la traición
de los sentimientos
más puros,
las verdades se demuestran falsas,
los actos no acompañan las miradas,
las bocas,
ahora están solas.
Cuestión de matices,
vida normal aparentas,
y así,
con normalidad,
consigues normalidad,
nada más.
Las palabras más bonitas has dejado,
pero hoy tampoco dormirás aquí,
no besarás al amanecer
ni reirás abrazada a este cuerpo
deseoso,
de ti,
lo harás en otro lado,
y eso hiere,
mata lentamente a un corazón,
el saberte en otra cama,
en otra boca,
en otro cuerpo.


Y yo,
cansado de hablar en segunda persona,
me retrotraigo en mi interior,
cierro puertas y ventanas,
yo,
aguardo que salga el Sol de nuevo,
absorbo mis lágrimas en silencio,
en el silencio de mis gritos
y en el recuerdo de tus besos.

lunes, 30 de marzo de 2009

Uf

Cansado,
jodido finde
Muchas horas
de trabajo
de remojo
y de sonrojo.
Ahora,
tumbado,
alejado de garitos,
gentes
y humos,
mala cara
y peor cuerpo.
Mal,
hay cosas que pintan mal,
no es por ser pesimista
-pregunten a ZP-
hablo de otra cosa,
de otro rollo,
diferente vaina.
Canta Bob
en mis cascos,
y el jodío,
que energía,
que poder,
en momentos así
siempre él.
Deseo cambios,
no pido que sean a mejor,
sólo cambios,
alicientes,
mala señal,
ya sé ya sé.
Algo se detiene,
y no puedo tirar,
quiero y tiro
pero se atrapa,
en el fango,
cada vez más dentro
ahogado,
tiro y tiro,
y no se mueve.
Y llega el dolor,
llega el dolor,
el dolor,
dolor...

martes, 2 de diciembre de 2008

La clase

El profesor está dando la clase rodeado del barullo habitual. Resignado y deprimido, ya no tiene fuerzas ni ganas de mandarnos callar, y se limita a soltar su temario como un loro. Llega, nos cuenta y se marcha. Así es día tras día. La verdad que debe ser desagradable estar en su pellejo pero bueno, tampoco puedo hacer nada, no me voy a enfrentar a toda la clase para escucharle, me lo paso bien viendo como los gamberros de mis compañeros boicotean cada clase.

Hoy habla de las conexiones de los equipos de sonido, y los respectivos cables, conectores y clavijas que se deben usar para que todo funcione correctamente. La verdad que hoy estoy intentando tomar algunos apuntes, se acerca la fecha del examen y tampoco quiero sacar un rosco, y quizá levante la mano si suspende mucha gente, como seguro será. La verdad que tengo un poco de hambre, huelo el bocata que tengo en la mochila y poco a poco voy perdiendo el hilo de la explicación, que ya de por sí es difícil de seguir por desganada y a veces estúpida.

Acabo dejando el boli encima del cuaderno, y pasando por completo del idiota del profesor. Fede se levanta a tirar algo a la papelera y amaga con subir el tono del boicoteo ante la mirada de odio del profesor. Me recuesto en la silla y me alejo de allí. Me siento volar entre los cables y los bafles, que flotan a decenas a mi alrededor, mientras suena una música de fondo que me relaja y me acaricia con dulzura.

Repentinamente, noto un golpe en mis piernas y se emborrona mi ensoñación. Fede ha tropezado con mis piernas estiradas y cae. Le veo en la última parte de su vuelo, mientras intenta agarrarse a algo que impida que se clave el pico de la mesa en la frente. No lo consigue. Queda boca abajo en el suelo ante el brutal silencio que cae sobre al aula. El profesor reacciona por fin y corre hacia él, mientras me mira furioso.

-Sois unos gamberros, sinverguenzas. Siempre haciendo el animal -me espeta, fuera de sí. -¡Estúpidos! Os creéis que podéis hacer todo lo que os plazca sin castigo...

Da la vuelta al cuerpo inerte de Fede y deja al descubierto una horrible herida en la frente, que sangra abundantemente y tiene desfigurada media cara de nuestro compañero. La clase al unísono ahoga un grito de terror, y alguna compañera hasta se desmaya debido a la impresión. Yo me quedo petrificado en mi sitio, mirando la asquerosa herida, de la que brota sangre a borbotones sin que nadie sepa qué hacer.

-Llamar al director, ¡a una ambulancia! -grita el profesor- y a la policía -mirándome a mi.

Chema atiende la petición y corre hacia la puerta de la clase. Yo salgo escopetado hacia él y le detengo agarrándole del brazo.

-Aquí no va nadie a ninguna parte, Chema.
-¿Qué dices tío? Venga coño, déjame joder no estamos para juegos.

Le agarro el mentón y le miro fijamente a los ojos.

-Como des un paso más te saco los ojos con un sacacorchos y te rajo la tripa de arriba a abajo, maricón. -digo con total seguridad, sacando del bolsillo de mi chaqueta una navaja de 7 centímetros de hoja que siempre llevo conmigo. Chema abre la boca pero no emite sonido alguno, se aparta de mi y de la puerta.
-¡Qué haces Israel! ¿Eres gilipollas? -grita mi profesor, desbordado.
-No soy gilipollas -respondo, mostrándole la navaja- y tú ven aquí.


El silencio embarga el aula y mis compañeros me miran atónitos y el profesor aterrado.

-¡Qué vengas he dicho!

El miserable profesor de dos pasos hacia mí titubeantes y se detiene, con una expresión de pánico en su rostro que sólo me produce ganas de vomitar. Le miro fijamente a los ojos y él esquiva mi mirada, agachando la cabeza como un cobarde.

-Eres una persona vergonzosa para la humanidad, y para toda la naturaleza. Tu miedo me asquea y ver esa cara que tienes de mono subnormal me da náuseas.
-Has... Has perdido... La cabeza...

Entonces lanzó rápidamente mi brazo armado contra su cara y clavo mi cuchillo en su mejilla izquierda, dejándole confuso y con los ojos como platos. Giro la navaja dentro de su rostro, y el cuerpo del profesor se contrae y cae al suelo. Grita. Mi adorable arma blanca chorrea sangre y la limpio con mi camiseta, dejando un bonito dibujo que espero sea motivo de otras camisetas que se vendan cuando se conozca esta historia. Ídolo.

Miro a mis compañeros con serenidad, seguro de mí mismo y con una media sonrisa de satisfacción. Fede sigue en el suelo boca arriba, la herida parece que no sangra mucho más, bastante grande es el charco que ha dejado ya, y yace muerto sin que nadie le presete ya ninguna atención. El profesor se retuerce en el suelo entre sollozos agarrándose la cara que le cuelga también teñida de rojo. Y mis compañeros me miran acongojados. Doy dos pasos hacia ellos, que se echan hacia atrás temblorosos, llorosos y algunos hasta cagados y meados en los pantalones. Coloco mi cuerpo en posición de lucha, dispuesto a lanzarme a ellos.

Algunos gritan, otros quedan bloqueados, alguno intenta escapar por las ventanas. Nadie planta cara, cobardes cabrones.