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domingo, 20 de diciembre de 2009

La sonrisa de Dasha (VI)

El ulular del viento es el sonido que más escucho. Sopla entre las piedras, se cuela por cada rendija, llega cortante hasta mi rostro y silbando melodías de muerte, me acompaña. Es mi único acompañante.

Han pasado muchos meses ya… No sé muy bien, exactamente es imposible. Desfilan días y desfilan noches, incontables. A veces ni llego a ver la luz traspasar las pequeñas rendijas de mi escondite, las nubes grisáceas o el humo negro de los fuegos en la ciudad se interponen, es imposible llevar la cuenta. A veces intento contar días, pero me pierdo, y termino sumando las veces que el viento aúlla y ruge, hasta que me doy cuenta y paro, lloroso. No quiero volverme loco, pero es imposible, sé que será imposible no trastornarme, aquí, sólo, a oscuras, sin hablar, procurando no hacer ruido para que no me descubran, el viento es terrible, es constante, más que los bombardeos. Siempre está aquí, y no tengo armas para luchar contra él. Mi única esperanza es que mi pequeña Dasha lo escuche como yo, y le lleve hasta donde esté el aroma de mi amor, porque a mi no me llega nada, pero no quiero ser pesimista, me muero si dejo de pensar en que ella está ahí fuera, esperándome.

Fuera, hay disparos a cada rato; he aprendido a diferenciar de qué bando provienen, si son escaramuzas o fusilamientos, ráfagas preventivas, si son pistolas, rifles o ametralladoras… Realmente es fácil, sobretodo los fusilamientos, que son repentinos, a veces son tan cerca que oigo hasta las voces de quien ordena abrir fuego. Se me hiela la sangre cada vez que sucede. Si me descubren, seré yo uno de los próximos fusilados.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Últimos besos

Por último, decirte que siento no haber conseguido que tu felicidad haya trascendido el tiempo, y se vea destruida en estas circunstancias. Me destroza pensar en ello.

Te envío los besos más grandes, como sólo pueden serlo los últimos.

Te quiero.


Las lágrimas desgarradas de ella fluían por su rostro como un río salvaje, erosionando su piel lechosa; caían rabiosas, corriendo la tinta del papel, fusionándose el dolor de ella con las letras de él.

No había remedio, ni para las noticias que traía la carta, ni para la locura desesperante que atacó a la muchacha, haciendo saltar por los aires su sistema nervioso. Temblaba, gritaba y lloraba. Su mente era una niebla confusa plagada de rabia e impotencia, una impotencia insostenible y abrumadora.

Al menos no tuvo que sufrir el verle a él escribir sus últimas palabras con un lápiz del tamaño de una uña, a la luz ínfima que se colaba por una hendidura de la puerta, en un estado penoso de delgadez extrema, donde sus huesos eran salientes picudos, y su piel amoratada se resquebrajaba con soplarla.

No vio como los guardias lo levantaron del helado frío de su celda, y lo arrastraron inhumanamente hasta el patio, donde lo arrojaron al lado de otros prisioneros infectos como él.

No vio como los colocaron en fila delante de un grupo de jóvenes soldados con la mirada asesina de un viejo lobo.

No vio como un capitán bien trajeado y con la panza llena dio la orden.

No vio como los viejos lobos con uniformes militares apretaban los dientes y soltaban ráfagas de ametralladora contra los escombros humanos que tenían delante.

No tuvo que ver como el cuerpo de él recibía con sacudidas y espasmos las balas.

No tuvo que ver como la sangre brotó a chorros de su cuerpo.

Ni siquiera tuvo que ver como, inerte y sin vida, su cuerpo se desplomó contra el árido suelo.


Pero llora, grita y tiembla de pensarlo.

Lee y relee sin parar su última frase: "Te envío los besos más grandes, como sólo pueden serlo los últimos".

Y llora más, grita más alto y tiembla más fuerte.