Yo también quiero una muerte digna. Y supongo que todos.
Y para cada uno, esa muerte digna significará una cosa. Para alguien de fuertes creencias religiosas, esa muerte debe ser cuando Dios de orden, para quien no tenga esas convicciones, la muerte debe ser un derecho más, una elección. Respeto a cada individuo lo que quiera hacer tanto con su vida como con su muerte, es lícito lo uno y lo otro. Cada uno debe poder decidir sobre si mismo, sobre su propio final.
El problema llega cuando otros quieren decidir por ti. Cuando quienes ni siquiera te conocen, debaten sobre si tu familia está en el legítimo derecho de respetar la última voluntad que decidiste libremente, cuando quienes sólo buscan votos en nombre de Dios, se intentan sacar leyes de la manga, para que sea ese Dios, quien decida cuando el pitido de la máquina que te mantiene conectado a una vida artificial sea infinito y no parpadee constante, año tras año. Ahí está el problema, cuando quienes piden libertades y exigen derechos para sus creencias y para sus ideales, niegan esos mismos derechos y esas mismas libertades a quienes tienen diferentes maneras de pensar y de concebir la vida y la muerte.
Si yo quisiera entregar mi vida a ese Dios, y que él decidiera cuando llevarme, espero que mi decisión sea respetada. ¿Por qué si decido no entregar mi vida a nadie, y ser yo dueño de ella hasta el final, puede que no sea respetado?
Que se vayan al carajo de una vez, o con su Dios, pero que nos dejen en paz a los demás, por favor.