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miércoles, 11 de febrero de 2009

Pilas

-Cariño, ve a comprar pilas que no me funciona la radio.
-Ahora mismo, beibi, termino de fregar los cacharros y voy.
-Date prisa, porfa, va a empezar el programa.
-Bueeeeno, luego termino cosita.
-Mejor.

Cierro la puerta y salgo corriendo escaleras abajo. Siempre es igual, no se entera de nada, se cree que estoy para servirla y lo que se le antoje debe ser una obligación para mi concedérselo. Pero ahora, la tortilla ha sido volteada y yo me encargo de que ella crea que maneja la situación, y me maneja a mi, pero no.

En la calle llueve, bastante además. Es una lluvia punzante, fría, pero sólo tengo que avanzar cien metros y cruzar la calle. Ahí está la tienda, me mojo lo menos posible y entro corriendo. Cierro la puerta y dejo el cierre medio bajado.

-Has tardado mucho.
-Es la misma hora de siempre.

Un beso cojonudo, como siempre. Su lengua es fina pero agresiva, pasional. Me lleva a la trastienda rápidamente y en quince minutos disfruto más que en todo el día. Me hace sentir especial, y yo se lo hago sentir también. Es mutuo, como todo debiera ser en una relación entre dos personas, y eso hace feliz a cualquiera. Otro beso fugaz, pero este más acelerado y satisfecho, preceden mi salida corriendo de la tienda.

-Amorcito, llueve mucho, cojo el paraguas.
-¿Pero no has comprado las pilas?
-Esperé un poquito en el portal, a ver si paraba, pero llueve a mares.
-Date prisa joe, que ya habrá empezado.
-No te haré esperar beibi.

Mientras caminaba -esta vez, si- con el paraguas, me metí la mano en el bolsillo, relajado, feliz. Y palpé las dos pilas que había comprado anoche, que estarían casi enteras, tan solo gastadas por ese par de horas de radio, y luego sustituidas por las que compré hace ya muchos meses, en la misma tienda a la que ahora volvía a entrar.

-¿Te quedan pilas?

Risas.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Sin nombre (II)

Sin nombre (I)

El frío me hiela las pestañas y el viento me corta las mejillas, pero camino despacio. Solo, claro. Las manos en los bolsillos, la mirada al frente, perdida, mis pasos, largos y firmes, mienten marcando un camino inexistente. He llamado a la oficina, he dicho que me sentía mal y que no iría, después he arrojado el móvil a una papelera. No me he duchado esta mañana y mientras respiro el aire contaminado, recuerdo que no he dejado abierta la ventana de casa. Otro día será.

Me cruzo con la gente, que no me ve, que corre de un sitio a otro, y yo si les veo. Hoy lo veo todo. Corren al trabajo, a la compra, al médico, a casa desde el trabajo, desde la compra, desde el médico. Algunos esperan el autobús, o bajan de uno. Me detengo delante de una tienda de animales, y en el escaparate veo varias jaulas de cristal transparentes, que contienen en su interior a varios cachorros cada una, gatos y perros, que juguetean ajenos al resto. Encerrados, condenados a llevar un chip en su cuello, pero felices de tener un plato de comida y uno de agua, y tiempo para jugar, sea en esa jaula o en su futuro hogar, donde les prohibirán cagar o mear, y donde un ladrido a deshoras provocará una paliza. En el fondo les envidio.

El cielo torna de gris a negro y empieza a llover. La gente corre más deprisa aun. Algunos me pegan con sus paraguas, y en la décima de segundo que me miran a los ojos dicen que lo sienten. Que humanidad. Pienso en que las noticias de la televisión hablarán de las inundaciones que ha provocado la tromba de agua, lo que me lleva a recordar que tenía que comprar pilas. Me meto en la primera tienda de chinos que veo y compro un paquete de cuatro. El chino me intenta colocar un paraguas, a lo que respondo con una mueca de aceptación, mientras miro a la calle. Pago y guardo las pilas en el bolsillo de mi gabardina, agarro el paraguas y salgo. Las calles están casi vacías por la gran lluvia que sigue cayendo, pero yo sigo caminando, mirada al frente, perdida,
mis pasos, largos y firmes, que mienten marcando un camino inexistente, y una mano en el bolsillo, la otra, sujeta a un paraguas cerrado. Me apetece un pitillo.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Sin nombre (I)

Meto la llave en la cerradura y la giro, sigue como la dejé, con dos vueltas. Se abre y me percato de que me olvidé apagar la lámpara, que emite una tenue luz que me llega a través de una neblina provocada por el humo del tabaco que me fumé antes, jodido olvido el mío de no abrir la ventana antes de salir.

Huele a cerrado, a cigarrillos consumidos hasta el filtro y a coñac, también dejé la botella abierta y un vaso a medio terminar en la mesa. Bueno, tampoco importa, convivo con ello cada día y me hace compañía como para que aun no me haya tirado por la ventana, así que es un mal menor que puedo soportar. Intento dejar la gabardina en una silla estirando el brazo y sin preocuparme demasiado, con lo que cae al suelo, pero no me agacho a recogerla. Mañana.

Caigo desplomado en el sofá, miro a través de la ventana y percibo la oscuridad de la madrugada con toda su crudeza y su significado. Al menos tengo un techo, pienso, y no como esos sucios vagabundos y mendigos que deambulan de una día para otro con su cartón de vino malo y sus pertenencias a cuestas, oliendo a mierda y dando pena para ganarse unas monedas. Me consuela y dejo de mirar por la ventana, suspiro bajo ese pequeño momento feliz y paseo la mirada en busca del mando de la televisión. Acierto a verlo medio asomado debajo de un cojín y lo agarro. Apuntó al aparato y pulso algún botón. Nada, olvidé cambiar las pilas, anoche no funcionaba ya. Anteanoche tampoco.

Saco el paquete de tabaco de mi bolsillo del pantalón y me enciendo un pitillo, haciendo que el humo recién creado se funda con el que flota desde hace horas. Bostezo y me estiro, mientras aguanto el cigarrillo entre mis labios, aspirando su aroma, saboreando cada partícula que pasa a través de mi garganta. Me pesan los párpados, creo que me voy a dormir, mañana compraré pilas.

(continuará...)