Mostrando entradas con la etiqueta eco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta eco. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de septiembre de 2011

El silencio

El silencio es duro como un martillo golpeando un yunque que más que moldear desfigura el hierro candente, lo machaca incansable en estos días donde ecos pasados estallan en mi propia cabeza, mezclándose diabólicos con las mecánicas embestidas del martillo. No existe un rincón que atenúe la brutalidad sonora del silencio golpeando; no puedo huir porque no me persigue, me espera allí donde voy y a la vez, me acompaña en el camino. La opresión fluctuante entre la sien y el pecho, la sequedad mental, la debilidad de mis latidos avasallados por la fuerza descomunal de la peor de las elipsis, y un océano de nada surgiendo majestuosamente terrorífico a mi alrededor, quedando mi cuerpo entregado; una isla deshabitada ya de razones, sobreviviendo por meras sensaciones que obligan a continuar la espiral. Una y otra vez, sube el martillo, baja y golpea, sube el martillo, baja y golpea. La terrible sensación de un silencio despiadado que ataca y perfora la fragilidad de un sentimiento que de puro es endeble.


El silencio es dulce como un baño tibio a la luz de una vela. Dormir mecido en las sábanas suaves con tu cuerpo rozando ligero el mío, ese silencio de tu respiración posándose sobre mi brazo, envolviendo con una tela de armonía la pasión saciada. El cosquilleo de tu aliento en mis labios como un violín afinado, tus ojos cerrados surcando territorios inexplorados, mis ojos abiertos surcando tu piel infinita. Las mejillas rosadas, tu lengua que atravesó mis trincheras hasta lo más profundo de mis entrañas, tus dedos callados que acariciaron mi satisfacción, tus piernas exhaustas que enredaron mi camino hasta dirigirlo sólo a ti. Tu cuerpo dormido en calma, en el delicioso silencio que inunda mis oídos.

jueves, 20 de mayo de 2010

Ecos

Una banda de 50.000 gargantas, a coro, exprimiendo las últimas gotas de energía, extenuados, derrotados tras 90 minutos apasionantes y con la sensación de haber merecido algo más, cantando sin cesar hasta apagar los gritos de los vencedores en un estadio mítico, coreando los nombres de los jugadores que lo dieron todo, llorando por la tensión y la emoción de estar viviendo un momento grande, agitando las bufandas rojiblancas sin pausa, gritando a los cuatro vientos una pasión, un sentimiento, una forma de vida...

Yo estuve allí, y siempre se dice que nadie se acuerda de quien pierde una final, pero esta vez será diferente, porque nunca se escuchó más a la grada derrotada, porque jamás se dio una situación tan espectacular, porque lo de menos fue el partido, sino la ilusión recuperada y la demostración de amor a unos colores que marcan la vida a quien los siente.

En Barcelona aun resuenen los ecos...

¡Yo me voy al Manzanares,
al estadio Vicente Calderón,
donde acuden a millares,
los que gustan de un fútbol de emoción,
porque luchan como hermanos,
defendiendo sus colores,
por un juego noble y sano,
derrochando coraje y corazón,
lalala lalala lalala
¡ATLETI! ¡ATLETI!
¡ATLÉTICO DE MADRID!
¡ATLETI! ¡ATLETI!
¡ATLÉTICO DE MADRID!
Jugando, ganando,
peleas como el mejor,
porque siempre tu afición
se estremece con pasión,
cuando quedas entre todos campeón,
y se ve frente al balón,
a un equipo de verdad,
que esta tarde también peleará.
¡ATLETI!