viernes, 28 de mayo de 2010
La sonrisa de Dasha (VIII)
viernes, 19 de febrero de 2010
La sonrisa de Dasha (VII)
domingo, 20 de diciembre de 2009
La sonrisa de Dasha (VI)
El ulular del viento es el sonido que más escucho. Sopla entre las piedras, se cuela por cada rendija, llega cortante hasta mi rostro y silbando melodías de muerte, me acompaña. Es mi único acompañante.
Han pasado muchos meses ya… No sé muy bien, exactamente es imposible. Desfilan días y desfilan noches, incontables. A veces ni llego a ver la luz traspasar las pequeñas rendijas de mi escondite, las nubes grisáceas o el humo negro de los fuegos en la ciudad se interponen, es imposible llevar la cuenta. A veces intento contar días, pero me pierdo, y termino sumando las veces que el viento aúlla y ruge, hasta que me doy cuenta y paro, lloroso. No quiero volverme loco, pero es imposible, sé que será imposible no trastornarme, aquí, sólo, a oscuras, sin hablar, procurando no hacer ruido para que no me descubran, el viento es terrible, es constante, más que los bombardeos. Siempre está aquí, y no tengo armas para luchar contra él. Mi única esperanza es que mi pequeña Dasha lo escuche como yo, y le lleve hasta donde esté el aroma de mi amor, porque a mi no me llega nada, pero no quiero ser pesimista, me muero si dejo de pensar en que ella está ahí fuera, esperándome.
Fuera, hay disparos a cada rato; he aprendido a diferenciar de qué bando provienen, si son escaramuzas o fusilamientos, ráfagas preventivas, si son pistolas, rifles o ametralladoras… Realmente es fácil, sobretodo los fusilamientos, que son repentinos, a veces son tan cerca que oigo hasta las voces de quien ordena abrir fuego. Se me hiela la sangre cada vez que sucede. Si me descubren, seré yo uno de los próximos fusilados.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
La sonrisa de Dasha (V)
miércoles, 28 de octubre de 2009
La sonrisa de Dasha (IV)
jueves, 6 de agosto de 2009
La sonrisa de Dasha (III)
Sentado en la Plaza Roja, es lastimoso ver la caída de la tarde. El tráfico es exclusivamente militar, los soldados van de aquí para allá, los caballos tiran de carros repletos de armas… La gente que aun no se ha marchado o no ha sido evacuada está en las calles, paseando bajo los castaños y arces, respirando el polvo levantado por el húmedo viento del oeste, que se ha unido al sofocante calor para hacer de los días infiernos.
De repente, algo se me cuelga de la espalda suavemente, dos bracitos me rodean el cuello. “¡Dasha! ¿Qué haces aquí, mi pequeña?” Se sienta a mi lado y me da la mano, contempla el triste espectáculo que las preparaciones para la guerra ofrecen. Aprieta mi mano con fuerza, seguramente confusa y asustada. “Los Gólubev se han marchado, también.” Procuro que no se note el temblor de mi corazón, de todo mi interior. “No puede ser…” pienso, “¡no puede ser!”. “Papi, ¿no dices nada?” Niego con la cabeza. Nada podría decir.
Pasan minutos, muchos, sin moverme. Dasha sigue ahí, y es lo único que me da fuerzas para no salir corriendo hacia el este, para abandonar la ciudad. “Papá”, giro la cabeza hacia ella, saliendo del trance. “Volvamos a casa, mamá se va a preocupar.”