Me privo de pocos suspiros,
acelero mi pulso,
acompaso mis labios al sabor de tus sabores,
huyo del mundo exterior para entrar en ti
y perder cada segundo de esta vida,
morder el pan de una sonrisa.
Profundo escarbo en el abismo insondable entre tus piernas,
los ojos cerrados,
el piloto automático en el on de tu cintura,
vaivén tan fresco como caudal de primavera,
tan sereno como fruta madura
a punto de caer.
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jueves, 19 de enero de 2012
miércoles, 11 de mayo de 2011
Adiós duende
Dame muerte,
afila tus garras de gata crecida en ambientes displicentes,
perfora mi ansiedad crecida entre sueños inconscientes
y róbame la sonrisa que sembraste.
Primaveras pasadas siempre fueron mejores,
carretera, manta y muchas flores
que llenaron de semillas los caminos imposibles
que estuvimos dispuestos a caminar,
correr,
atravesar
y a devorar con mordiscos infinitos,
llenándonos de vida el corazón
y de espesa hierba las manos con las que nos recorríamos enfermos,
de día o de noche,
al abrigo de paredes discretas
o al raso cielo del este.
Aun siento enormes brazos alrededor,
antes me envolvían tibios,
deliciosos,
ahora me asfixian,
aprietan,
el aire no se atreve a pasar a mis pulmones desollados;
y el duende ha huido a Arán,
a ese valle que dio origen a las ensoñaciones más hermosas,
ese lugar donde iríamos a plantar nuestro árbol de fantasía,
donde un manto de sonrisas nos envolvería al límite de la felicidad más rebosante,
donde los brazos que me envolverían serían mágicos
y flotaría un aire que lamería nuestras pieles.
La sonrisa sembrada se hubiera convertido en una eternidad
y las garras serían dulces dedos que acariciarían las mejillas,
que ahora,
agrietadas,
son erosionadas por las lágrimas más amargas
que jamás imaginé caer.
El duende desapareció,
Campanilla vuela en otras latitudes
y su polvo se esparce en reinos lejanos
y aquí,
aquí la más seca de las tierras regada con la más agria de las realidades.
Y mucho frío.
afila tus garras de gata crecida en ambientes displicentes,
perfora mi ansiedad crecida entre sueños inconscientes
y róbame la sonrisa que sembraste.
Primaveras pasadas siempre fueron mejores,
carretera, manta y muchas flores
que llenaron de semillas los caminos imposibles
que estuvimos dispuestos a caminar,
correr,
atravesar
y a devorar con mordiscos infinitos,
llenándonos de vida el corazón
y de espesa hierba las manos con las que nos recorríamos enfermos,
de día o de noche,
al abrigo de paredes discretas
o al raso cielo del este.
Aun siento enormes brazos alrededor,
antes me envolvían tibios,
deliciosos,
ahora me asfixian,
aprietan,
el aire no se atreve a pasar a mis pulmones desollados;
y el duende ha huido a Arán,
a ese valle que dio origen a las ensoñaciones más hermosas,
ese lugar donde iríamos a plantar nuestro árbol de fantasía,
donde un manto de sonrisas nos envolvería al límite de la felicidad más rebosante,
donde los brazos que me envolverían serían mágicos
y flotaría un aire que lamería nuestras pieles.
La sonrisa sembrada se hubiera convertido en una eternidad
y las garras serían dulces dedos que acariciarían las mejillas,
que ahora,
agrietadas,
son erosionadas por las lágrimas más amargas
que jamás imaginé caer.
El duende desapareció,
Campanilla vuela en otras latitudes
y su polvo se esparce en reinos lejanos
y aquí,
aquí la más seca de las tierras regada con la más agria de las realidades.
Y mucho frío.
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Valle de Arán
martes, 26 de octubre de 2010
Viaje austral (II) Perito Moreno
La inmensa profundidad de las montañas, la nieve virgen que baña el paisaje, el agua, calma y gélida, acompañada de un silencio tenso, y que aguarda al hielo resquebrajarse para desprenderse furioso y de forma ensordecedora.
Los inicios de la primavera permiten que no haya una horda de turistas, sino que apenas unas decenas deambulemos extasiados por los varios kilómetros de vistas al mágico Perito Moreno.
El día es perfecto. Un Sol rotundo hace brillar el hielo, la nieve y el majestuoso Lago Argentino. Sólo alguna nube pasajera adorna el intenso cielo azul, y difumina las montañas de las que surge el glaciar.
Y es raro, el cerebro se ralentiza al máximo, se detiene a saborear la violencia de la naturaleza, una sensación no definible con palabras se adueña de uno y sólo algún destello alumbra la mente. Pocos.
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