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jueves, 17 de noviembre de 2011

La consulta

- La decadencia es el futuro. 


La mueca con la que me miró no dejó dudas, pero decidí alargar aquello unos segundos.


- La decadencia tomará el poder de manera que todos seremos un poco más felices.


La mueca con la que me miró desapareció, pero entendí claramente el fin del encuentro.


- Creo que hemos terminado.
- Sólo acabamos de empezar - acertó a responder incómodo.
- Creo que hemos terminado, no lo dude tanto.
- Pero...
- No he venido para analizarle yo a usted, y me temo que por ese cauce ya corre el agua.
- No estoy de acuerdo.
- ¿Pretende que tengamos un debate?
- Para nada - su nerviosismo iba in crescendo, pobre.
- Creo que hemos terminado.


Se recolocó en la silla intentando mostrar control sobre la situación.


- ¿A qué ha venido, entonces?
- Empiezo a tener una ligera idea.


Un silencio atónito se apoderó de la consulta.


- ¿Y bien?


Le miré, sonreí y me levanté del cómodo sillón en el que no se cuantos incautos se habrían dejado... Bueno, lo que fuera que se hubieran dejado con este titulado sin más poder que el de los cuadros honoríficos, seguramente falsos, colgados en las paredes.


- Debería volver a sentarse.


Me giré, nuestras miradas se encontraron y comprendí que no tenía sentido siquiera responder. Abrí la puerta, me volví a mirarle, noté su disimulado alivio y abandoné la sala con una extraña sensación de desencanto.

lunes, 18 de julio de 2011

Diálogo en una mañana de encuentros

ROBERTO y VERÓNICA salen del videoclub. Comienzan a caminar.


VERÓNICA
¿Por allí?


ROBERTO
Si, por donde quieras.


VERÓNICA
Es que hay un lugar allí que me encanta. Es muy... Tranquilo, acogedor, no sé, diferente.


ROBERTO
Bueno, en este barrio...


VERÓNICA
¿Qué?


ROBERTO
Que hay sitios increíbles, y desconocidos, que es lo mejor. Es un barrio precioso.


VERÓNICA
Si, lo es.


Caminan sin prisa. De vez en cuando uno mira de reojo al otro, nunca cruzan miradas.


VERÓNICA
¿Vives por aquí?


ROBERTO
No, qué más quisiera yo, vivo cerca del río, pero más para abajo de donde me viste el otro día. Pero... Me encantaría poder vivir en cualquiera de estas calles.


VERÓNICA
Si, es genial vivir aquí.


ROBERTO la mira.


ROBERTO
¿Tú...?


VERÓNICA asiente.


VERÓNICA
Es una suerte. Es un piso muy antiguo, de mi familia, pero es encantador vivir ahí. Además es interior, silencioso, vives cerca de todo pero con una calma increíble, adoro mi casa.


ROBERTO
Es una suerte, eso.


VERÓNICA
Si, no me quejo, desde luego.


ROBERTO
Yo de vez en cuando miro.


VERÓNICA
(divertida)
¿El qué miras?


ROBERTO
Pisos.


VERÓNICA
¿Pisos?


ROBERTO
Si, pisos.


VERÓNICA hace un gesto de no entender.


ROBERTO
(irónico, bromeando)
No tengo dinero para salir de casa de mis padres, y mi concepto de estabilidad laboral es un contrato de 6 meses, pero cuando cobro un sueldo miro pisos, por si acaso me renuevan en ese curro de mierda que si me meto en un piso puede que sea el trabajo del resto de mi vida de mierda.


VERÓNICA se ríe. ROBERTO también.


VERÓNICA
Bueno, la esperanza...


ROBERTO
(interrumpe)
La esperanza no la pierdo nunca con nada, tranquila, si por esperanza...


VERÓNICA
Nunca has de perderla. Sino, la vida se hace más difícil, hazme caso.


ROBERTO la mira, preguntando con la mirada "¿por qué lo sabes?"


VERÓNICA
Quiero decir... Bah, olvídalo.


ROBERTO sigue mirándola con la misma pregunta en su mirada. VERÓNICA sonríe, algo más tensa.


VERÓNICA
No preguntes.


Caminan un rato en silencio. De repente, ROBERTO se empieza a reír. VERÓNICA le mira.


VERÓNICA
¿Qué pasa?


ROBERTO
Esto es un poco raro, ¿no?


(...)

martes, 10 de mayo de 2011

Winter's coming


"- (...) No te pregunto por qué el hombre debía morir, sino por qué tenía que ajusticiarlo yo en persona.


- El rey Robert tiene verdugos -dijo Bran, inseguro. No sabía la respuesta.


- Cierto -admitió su padre-. Igual que los reyes Targaryen, que reinaron antes que él. Pero nuestras costumbres son las antiguas. La sangre de los primeros hombres corre todavía por las venas de los Stark, y creemos que el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada. Si le vas a quitar la vida a un hombre, tienes un deber para con él, y es mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas palabras. Si no soportas eso, quizá es que ese hombre no merece morir."




A Song of Ice and Fire. A Game of Thrones, de George R. R. Martin.

viernes, 18 de marzo de 2011

Diálogos de cine (VII) Departures. Muerte

Daigo entra en la sala. Sasaki sentado


- ¿Comes bastante?
- ¿Eh?
- Tu esposa sigue fuera.
- Si.
- Come. Seguro que cocino mejor que tú. Sírvete.
- ¿Qué es?
- Huevas de pez globo. A la parrilla están buenísimas.


Daigo mira una foto. Sasaki lo percibe. 


- Mi esposa. Murió de repente hace nueve años. Uno de los dos siempre se va primero, pero cuesta ser el que se queda. La dejé muy guapa, y me despedí de ella. Fue la primera. Abrí este negocio después. Incluso ésto (muerde la hueva) es un cadáver. Los vivos se comen a los muertos. Es así, excepto las plantas. 


Sasaki saborea la hueva. 


- Si no quieres morir, has de comer. Y si comes, disfrútalo. 


Daigo prueba la comida.


- ¿Qué tal?
- Muy buenas.
- Tan buenas que me muero.


Departures, de Yojiro Takita.

lunes, 31 de enero de 2011

Diálogo sobre las páginas de un cuento

- Pues no sé, me siento, me tumbo, cierro los ojos y espero a que se me pasen.
- Qué duro, ¿no?


Se encoge de hombros.


- ¿Probaste alguna manera? 
- Todas.
- Pero...
- Que si, todas. Meses por un lado, por otro, a veces parecía que si, pensé que si, vamos. Obviamente estaba equivocado. 
- Duró mucho tu pelea.
- No fue pelea, ¡qué se yo! Nunca lo vi realmente como una pelea, era... No sé, era lo que me apetecía. 
- ¿Te apetecía?
- Bueno, me apetece.
- Ya.
- ¿Qué quieres que te diga?
- Nada, no sé. Es una pena, tío.
- Y si, pero no tengo más recursos. No sé derribar muros de esos. En su día me creía capaz de todo, al menos de conseguirlo, pero supongo que se puede perder, que a veces mi cabeza no es tan dura como pensaba, que no siempre se logra lo que se quiere.
- A veces pasa, claro.
- A algunos no les cuesta aceptarlo, yo... Pues bueno, tampoco es que lo acepte, ni lo asuma, pero más no puedo hacer, no sé hacer, vaya.
- Olvídate ya, en serio. Has sido valiente pero ya está, no te encierres con este tema.
- No me encierro.
- Te encierras. No quieres ver. Y lo sabes.
- Eso es lo que piensas tú. 
- Mira, que tú pienses que son excusas, cobardía y tal, está bien, es tu pensamiento. Pero tú lo has dicho antes, no sabes derribar esos muros. Déjalo ya, es inútil.
- Si dejado está. No he hecho nada desde hace días. Desaparecido completamente, aquí, con la boca cerrada, comiéndome mis ganas de gritar, de salir corriendo, de...
- Basta tío. Déjalo pero de verdad, no sólo es aislarte o estar desaparecido, déjalo fuera de tu mente también, apártalo, piensa en otras cosas, no sé, pasa página.
- Llevo semanas pasando páginas como de mil libros, pero no encuentro el final...

domingo, 3 de octubre de 2010

Diálogos de cine (VI) La vida es bella

Es de noche, llueve y truena. Guido camina con Dora hacia casa tras la ópera, la intenta cortejar todo el camino.

Dora: Ésta es mi casa.

Guido- He pasado un montón de veces por aquí y siempre he pensado: ¿Quién vivirá aquí? ¿Sabes que pensé
poner la tienda justo aquí delante?
- ¿La librería?
- Si, y así nos veríamos todos los días.
- Entonces, hasta luego. Has sido muy gentil conmigo, ahora voy a tomar un buen baño caliente.
Aaah… me olvidaba decirte que…
- ¡Diga!
- Que tengo unas ganas de hacer el amor contigo que no te puedes imaginar. Pero esto no se lo diré a nadie,
sobretodo a ti. Deberían torturarme para obligarme a decirlo.
- ¿A decir qué?
- Que quiero hacer el amor contigo, no una vez solo, sino cientos de veces, pero a ti no te lo diré nunca. Solo si
me volviera loco te diría que haría el amor contigo aquí delante de tu casa toda la vida.

Suena un trueno.

- Corre, te mojarás, va a volver a llover.
- Princesa. (Guido se levanta el sombrero despidiéndose)
- Estás empapado.
- No importa, no, el traje no importa…eh… el sombrero sí, el sombrero mojado es molesto. Si pudiera encontrar
uno seco, pero ¿Dónde encontrar uno?
- ¿Cómo era? Ah, si, es fácil: (mira al cielo, rezando) ¡María, manda alguien para que le ponga un sombrero seco
a este amigo mío!

Aparece el hombre al que Guido había cambiado el sombrero antes sin que se diese cuenta, éste le quita el
sombrero mojado a Guido, y le devuelve el suyo, seco. 

- Bueno, buenas noches, Princesa, hasta pronto.

Guido se marcha canturreando y saltando.

martes, 31 de agosto de 2010

Diálogo raro

- Ché, es curioso.
- Y si...
- Pero... Raro, ¿no?
- Bueno, para mi raro no es.
- Llámalo como quieras.
- ...
- Raro.
- ¿Si?
- Si.
- ¿Raro?
- Raro.
- Puede...
- Hazme caso, muy raro.
- Pero sólo es una imaginación... Tampoco es...
- Si no digo que no, pero...
- Que si, que si ya te oí, raro.
- Pues eso.
- Pero es que tengo esa imagen en la mente grabada, y la imagino, tampoco es tan extraño.
- Pero si me dijeras desnuda, o haciendo otras cosas... Qué se yo, pero dormida...
- Y si, dormida, dormida, ¿qué quieres? La imaginación es libre, vuela...
- Si, si, libre, lo que tú quieras. Pero me sigue pareciendo...
- ¡Vale! Ya te escuché, que me lo digas más veces no va a cambiar lo que pienso. La imagino así, dormida, es una imagen suave, dulce, no sé, me dan ganas de abrazarla y...
- Y...
- Y... Bueno, es un sentimiento raro porque es como si ese abrazo que sólo es en mi mente fuera real y yo sintiera que lo es, que la abrazo dormida, que duermo con ella, que al despertar no está pero siento que he dormido con ella, que su aroma está conmigo.
- Ves como es raro, tú mismo lo has dicho.
- Y si, quizá. Pero me gusta. Me encanta.

miércoles, 28 de julio de 2010

Tantas cosas

- Deja que te abrace.
- No, no, quita, por favor, ahora no, hoy no.
- Ven, deja que te abrace, no quiero nada más que abrazarte.
- No es el momento, lo sabes.
- Sólo un abrazo, no voy a intentar ir más allá, sólo quiero abrazarte, no quiero seducirte hoy, no busco eso.
- ...
- Es, nada más que un abrazo.
- No comprendes...
- No, claro que no comprendo, sólo tú sabes lo que tienes dentro, lo que sientes, lo que estás sufriendo, eso lo sé de sobra, no puedo comprender ni quiero tampoco, sólo quiero estar a tu lado, apoyarte, que si no me necesitas no sea un estorbo pero que si puedo hacer algo, quiero hacerlo. Estoy aquí.
- Lo sé, sé que estás ahí. Pero...
- No hables más, en serio, no gastes fuerzas en lo que no tiene importancia.
- Abrázame.

- Quiero cuidar de ti, y que tú cuides de mi.
- No me susurres al oído, hoy no...
- Hoy y siempre que pueda.
- Dijiste que no ibas a seducirme...
- Eres tú quien lo hace sin querer.
- Yo no hago nada.
- Por eso me encantas, porque sin hacer nada me seduces.
- Cállate.
- Me callo, pero no me sueltes.
- Supongo que no...

jueves, 17 de junio de 2010

Cuentos (II) El abrazo

- Mamá, ¿existe El Abrazo?
- Si, claro hijo, existe el abrazo que te da tu padre por las mañanas, el que te doy yo por las noches, el de los yayos...
- Ya, mami, pero no digo esos abrazos.
- ¿Cuáles, entonces, hijo mío?
- Pues no sé, El Abrazo. Ese.


La madre suspira.


- ¿Y qué abrazo es ese?
- Es que... No sé explicarlo, mami.
- Ya... Y ¿por qué me lo preguntas?
- Porque he visto El Abrazo.
- ¿Cómo que has visto El Abrazo?
- Si, es verdad, lo he visto.
- ¿Dónde ha sido eso?
- No sé, en la calle, ayer por la noche, cuando venía con papi a casa.
- Y ¿quiénes eran?
- No sé.
- Y ¿se abrazaban?
- Si, era El Abrazo. 
- Pero, ¿por qué?
- Haces muchas preguntas, mamá. Pues porque nunca había visto a nadie Abrazarse así. 
- Pero... ¿Qué hacían? Quiero decir, ¿qué tenía de especial?
- Se abrazaban tan fuerte que parecía que se iban a romper, los dos tenían sus cabezas hundidas en el otro, y él susurraba cosas al oído de ella, con la voz un poco rota, como si se hubiera hecho pupa o algo.


La madre sonríe.


- Eso es bonito, hijo, viste un abrazo bonito.
- Si, era bonito, pero parecían tener pena.
- Bueno...
- Mami, a mí nunca me dan pena los abrazos.
- Pero porque tú eres pequeño.
- La chica del abrazo también era pequeña.
- Pero seguro que no tanto como tú.
- No, no tanto. 


- Pero, entonces ¿por qué tenían pena?
- Quizá se estaban despidiendo, a veces pasa. 
- Pero... Si se quieren tanto que se abrazan hasta casi romperse, ¿por qué se separan?
- Ahora eres tú el que haces muchas preguntas, cariño.
- Pero es que no lo entiendo.
- No sé hijo, quizá se despidieran para mucho tiempo.
- Pobrecitos, ella encajaba en el hueco de los brazos de él.
- ¿Te leo un cuento?
- Y él en los de ella...

lunes, 14 de junio de 2010

Jaulas y sueños

- Si quiero llamarte, ¿qué hago?
- Nada, ya lo sabes.
- Ya...
- Lo siento.
- No lo sientas.
- Si, si lo siento. Es... Tan complicado.
- Bueno, contactaré por telepatía.


Alivio.


- Y, ¿cuántos días tendré que estar aguantándome las ganas?
- No sé, no sé hasta el último momento...
- ¿Cuánto es eso?
- Toda la vida, a lo mejor.
- Pero eso es mucho tiempo.


Miedo.


- No puedo estar así, necesito... No sé el qué, pero algo más. 
- No puedo...
- Puedes, puedes. Es una impotencia brutal el andar con todo esto.
- No hay libertad.
- ¡Ninguna! Es una puta jaula, es... Es un sueño rodeado por una enorme pesadilla.
- ¿Un sueño?
- Si, M... Es un sueño, sino no estaría aquí ahora.


Dulzura.


- Es lo que no entiendo.
- ¿El qué?
- Que sigas aquí, que no corras. Hay mil motivos, ves esto, imagínate en unos años.
- Idiota... Me encanta, y me encantas.
- No lo sabía.
- ¿No te lo había dicho nunca?


Silencio.


- No.
- Necesito un abrazo.
- No puedo...
- Lo sé, pero también necesitaba decirlo.
- Te estoy jodiendo.
- Me estás haciendo feliz, y eso a veces jode, que es diferente.
- Estás cegado, estás ciego, ¡en serio! 
- ¿Qué diferencia hay? Lo que siento no es ficción.
- Lo que yo siento tampoco.
- ¿Y qué sientes?


Chispas.


- No dices nada.
- ¿Qué voy a decir?
- Lo que sientes.


Beso.
Abrazo.
Fusión.


- Nos están viendo todos.
- No me importa, ya no me importa...
- Deseaba oír eso hace meses, mi amor...
- Cállate.
- Eso también.


Beso.
Abrazo.
Despierto.


- Te echo tanto de menos esta noche, otra vez...

martes, 23 de marzo de 2010

Diálogos sobre algo

Matar y dar la vida.
Pero... ¿Eso se puede?
Joder, ya ves.
No te creo.
En serio, que si.
¿Cómo? Es que no... que no.
Que si, y las dos cosas a la vez.
Venga... Ve... Venga.
No me creas.
Claro que no.
...
Y ¿cómo lo hace?
Su mirada.
¿Qué dices?
Que si tío. Su mirada.
Joder.
Y su boca.
¿También?
Ya ves.
Pero, ¿qué tiene?
No lo sé.
Algo tendrá...
Algo.
¿El qué?
Algo.
Pero ¿qué algo, coño?
No sé, algo. Algo. Nada más, ¿te parece poco?
Ni poco ni mucho sino me dices qué es.
Algo inexplicable, etéreo, abstracto, algo que punza y que sale de sus ojos, de sus labios, de su nariz, de su rostro delicado... Algo, eso es algo.
Ahhh.

viernes, 19 de marzo de 2010

9:05 (I)

miércoles, 17 de febrero de 2010

Diálogos de cine (V) My Life Without Me, de Isabel Coixet

(Interior de una caravana. Antes de la cena, todo un poco revuelto. Un hombre, dos mujeres y dos niñas. Ann está tumbada en la cama mientras el resto ponen la mesa, tiene mala cara)

Ann: Ann, es una vergüenza invitar a alguien para que lo haga todo él mismo...
Vecina Ann: No tengo que hacer nada, sólo calentar las gambas...
Don: Todavía no he entendido porqué tuviste que ir a Shrimps'n Prawns, encontrándote así.
Ann: Creí que me encontraba mejor de lo que me encontraba, ya te lo he dicho.
Vecina Ann: Una anemia fuerte no es cosa de tomársela a la ligera, Ann, debes descansar.
Don: Haz caso a la enfermera Ann, Ann.
(Todos ríen)
Penny y Patsy: Ann, Ann, Ann, ¡ANN, ANN, ANNANNANN!
Vecina Ann: Niñas, Don. Lavarse, manos, vamos...
Ann (off): Rezas para que ésta esa tu vida, tu vida sin ti... Para que las niñas quieran a esa mujer que se llama como tú, para que tu marido acabe por quererla, para que vivan en la casa de al lado y las niñas jueguen a muñecas en el remolque recordando apenas a su madre, que dormía de día y las llevaba en canoa... Rezas para que tengan momentos de felicidad tan intensos que cualquier pena a su lado parezca pequeña. Rezas no sabes a qué, ni a quién, pero rezas. Y ni siquiera sientes nostalgia por la vida que no tendrás porque para entonces, habrás muerto y los muertos no sienten nada, ni siquiera nostalgia.

lunes, 18 de enero de 2010

Diálogos de cine (IV) In the Mood for Love. Wong Kar Wai.

(Restaurante. Decoración aséptica. Hay un ligero humo que impregna la estancia. Suena Aquellos Ojos Verdes, cantada por Nat King Cole. Un hombre y una mujer están sentados frente a frente, se miran fijamente y hablan pausados.)

Él: Le parecerá raro, pero quiero preguntarle algo. El bolso que llevaba esta noche, ¿dónde lo compró?
Ella: ¿Por qué lo pregunta?
Él: Es tan elegante, quiero comprarle uno a mi mujer.
Ella: ¡Es usted tan bueno con su mujer!
Él: No realmente. Mi mujer es muy difícil. Pronto será su cumpleaños, no sé que comprarle.
(Él se enciende un cigarro)
Él: ¿Podría usted comprar uno?
Ella: A lo mejor no le gusta que sea exactamente igual.
Él: Es cierto, no se me había ocurrido. Eso no le gusta a las mujeres.
Ella: Sobretodo si son vecinas.
Él: ¿Los hay de otros colores?
Ella: Se lo preguntaré a mi marido.
Él: ¿Por qué?
Ella: Me lo compró él en el extranjero. Aquí no los hay.
Él: Entonces, dejeló.
(Ella mueve la cucharilla en la taza)
Ella: El caso es que... Yo también quiero preguntarle algo.
Él: ¿El qué?
Ella: ¿Dónde se compró la corbata?
Él: No sé de dónde viene. Me las compra mi mujer.
Ella: ¿De verdad?
Él: Me compró ésta en el extranjero. Aquí no las hay.
Ella: ¡Qué coincidencia!
Él: Si.
Ella: El caso es que... Mi marido tiene una igual. Dijo que era un regalo de su jefe. Se la pone todos los días.
Él: Y mi mujer tiene un bolso igual al de usted.
Ella: Ya lo sé. Lo he visto.
(Se miran aun más fijamente)
Ella: ¿A dónde quiere ir a parar?
(Él fuma pensativo, dubitativo. El humo lo impregna todo aun más)
Ella: Creía que era la única que lo sabía.

sábado, 9 de enero de 2010

Madre e hija. Escena I.

La madre de espaldas a la hija, haciendo la comida. La hija, de espaldas a la madre mirando la televisión.

- Hija, tráeme el inalámbrico por favor.
- Espera, que voy a llamar a Marta un segundo.
- Y yo a tu padre, no tardo nada.
...
- Cariño...
- ¡Marta! ¿Qué tal guapa? Esta noche, ¿qué? Vamos a... ya sabes, ¿no? He hablado con Fran y ellos también quieren, así que... si, bueno, es que está mi madre aquí, ya sabes.

La madre se ha girado mientras la niña hablaba y ésta se gira cuando termina la frase, de un respingo.

- Bueno, oye espera un momento Marta. (a su madre, en voz baja) No tardo.
- Date prisa hija, que me tiene que traer perejil para la comida, si es que no iba a tardar nada...
- Lo que te decía Marta, que están los dos como locos por ir, así que nos ponemos guapas y ¡ay ay ay! Que ganas que tengo... (la voz se va acallando según se aleja de la cocina, dejando a su madre plantada en el centro)

10 minutos después.

La madre entra en el dormitorio de su hija, y ve que sigue al teléfono mientras revuelve el armario.

- Pero...
- Marta, creo que he encontrado lo mejor de mi armario, el vestido negro palabra de honor, cómo triunfamos esa nochevieja, ¿eh? Edu me acuerdo que se volvía loco con...
- ¡Carla!

Carla pega un brinco asustada y se le cae el teléfono al suelo.

- ¡Te he dicho que tenía que llamar a tu padre!
- ¿Eres tonta o qué? Ya iba a terminar de hablar con Marta.

Intenta recuperar el teléfono.

- ¿Hola? ¿Marta? ¡Joder!
- ¡Trae!

La madre le arranca el inalámbrico de la mano con un brusco gesto, volviéndose a caer y, esta vez, rompiéndose. Las dos miran el teléfono escacharrado.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Diálogos de cine (III) El Secreto de tus Ojos. Pasión.

El tipo pudo hacer cualquier cosa para ser distinto. Pero hay una cosa que no puede cambiar, ni el ni vos ni yo, ¡nadie!

Mirame a mi, soy un tipo joven, tengo un buen laburo, una mina que me quiere. Y como decís vos, me sigo cagando la vida viniendo a tugurios como este. Más de una vez me dijiste, ¿por qué estás ahí Pablo? ¿Qué haces ahí? Y ¿sabes porque estoy Benjamín? Porque me apasiona, me gusta venir acá. Ponerme en pedo, cagarme a trompadas si alguien me hincha las pelotas, me gusta.

Y vos lo mismo Benjamín, vos no podés… no hay manera de que te puedas sacar de la cabeza a Irene. Y la mina tiene más ganas de casarse que Susanita. Debe tener más de 37, revista de trajes de novia arriba del escritorio, se comprometió con fiesta y todo… Pero vos, seguis esperando el milagro Benjamín, ¿por qué?

(...)

¿Te das cuenta Benjamín? El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar Benjamín. No puede cambiar de pasión.

El secreto de tus ojos, de Juan José Campanella.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Diálogos de cine (II) Paris, Texas. Peepshow.



(Cabina de un peepshow. Travis y Jane. Una mampara les separa. Él la ve a ella, pero ella a él no.)

Jane - Hola.
Travis - Hola.

(...)

T - ¿Puedo contarte una cosa?
J - Claro, lo que quieras.
T - Es un poco largo.
J - Tengo tiempo de sobra.

(Travis gira su silla para no verla)

T - Conocí a unas personas.
J - ¿Qué personas?
T - Una pareja. Estaban muy enamorados. La chica era muy guapa, unos 17 o 18 años. Él era bastante mayor, un poco salvaje y rebelde. Ella era muy guapa, ¿sabes?
J - Si.
T - Y juntos convirtieron todo en una aventura. A ella le gustaba, incluso ir al supermercado se convertía en una aventura. Siempre reían por tonterías. A él le encantaba hacerla reír, y no se preocupaban por lo demás, porque lo único que querían era estar juntos. Siempre estaban juntos.
J - Parece que eran muy felices.
T - Si, lo eran. Eran muy felices, y él la quería más de lo que creía posible. No soportaba estar lejos de ella durante todo el día cuando iba a trabajar. Dejaba los trabajos por estar con ella en casa, y buscaba otro trabajo cuando se terminaba el dinero, y lo volvía a dejar. Al poco tiempo, ella empezó a preocuparse.
J - ¿Por qué?
T - Por el dinero, supongo. Por no tener suficiente, por no saber cuando llegaría el próximo ingreso.
J - Ya, conozco esa sensación.
T - Él empezó a destrozarse por dentro.
J - ¿Qué quieres decir?
T - Pues tenía que trabajar para mantenerla, pero no soportaba estar separado de ella.
J - Comprendo.
T - Cuanto más tiempo estaba lejos de ella, más loco se volvía. Pero después empeoró, se volvió loco de verdad. Empezó a imaginar cosas extrañas.
J - ¿Cómo qué?
T - Pensó que veía a otros hombres cuando él no estaba. Cuando volvía a casa, la acusaba de pasar el día con otro. Gritaba y rompía cosas en la caravana.
J - ¿La caravana?
T - Si, vivían en una caravana.
J - Perdona, ¿estuviste aquí el otro día? No quiero ser pesada...
T - No.
J - Por un momento, creí reconocer tu voz.
T - No, no era yo.
J - Sigue por favor.
T - Después, empezó a beber, y a llegar tarde para ponerla a prueba.
J - ¿Qué quiere decir ponerla a prueba?
T - Ver si se ponía celosa.
J - ¡Jaja!
T - Él quería que se pusiera celosa y no lo conseguía. Se preocupaba por él y eso le desesperaba.
J - ¿Por qué?
T - Porque pensaba que si ella nunca se ponía celosa era porque realmente no le importaba. Entonces, una noche le dijo que estaba embarazada. Estaba de 3 o 4 meses y él ni siquiera lo sabía. Todo cambió de repente, dejó de beber y consiguió un trabajo fijo. Estaba convencido de que sí le amaba, porque llevaba un hijo suyo. Él pensaba dedicarse a formar un hogar para ella. Pero empezó a ocurrir algo raro.
J - ¿Qué pasó?
T - Ni siquiera lo notó al principio, pero ella empezó a cambiar. Desde que nació el niño se irritaba con todo lo que la rodeaba, se enfadaba por todo. Incluso el niño le parecía una injusticia. Él seguía intentando que todo fuera bien para ella; la compraba cosas, la sacaba a cenar una vez por semana, pero nada parecía satisfacerla. Durante 2 años, luchó por volver a estar unidos como al principio. Pero, al fin, supo que eso no resultaría. Así que volvió a la bebida, pero esta vez en serio. Cuando llegaba tarde a casa ella ya no estaba ni preocupada ni celosa, sólo enfurecida. Le acusaba de tenerla atada por haberle hecho un hijo. Le dijo que soñaba con escaparse.

Sólo soñaba con una cosa: escapar.

Ella se veía a si misma corriendo por la noche desnuda por una carretera atravesando campos y cauces de río, siempre corriendo. Y siempre justo cuando estaba a punto de conseguirlo, él aparecía y siempre la atrapaba. Aparecía justo para atraparla.

Y cuando le contó esos sueños, él los creyó.

Sabía que tenía que atraparla o le dejaría para siempre. Así que ató una campanilla a su tobillo para poder oírla por la noche si se levantaba de la cama. Pero ella aprendió a silenciarla con un calcetín. Poco a poco consiguió escurrirse de la cama y salir al exterior. Una noche la descubrió cuando se cayó el calcetín, y la oyó intentar correr hacia la carretera. La cogió y la arrastró a la caravana, la ató a la cocina con su cinturón, la dejó allí y volvió a la cama. Se tumbó a oírla gritar. Entonces, oyó gritar a su hijo, sorprendiéndose porque no sentía nada. Todo lo que quería era dormir.

Y por primera vez, deseó estar lejos de allí.

Deseó estar perdido en un vasto país donde nadie le conociera, algún sitio sin gente, ni calles. Soñó con ese sitio sin conocer su nombre, y cuando despertó, estaba ardiendo. Había llamas azules quemando sus sábanas. Corrió a través de las llamas hacia las únicas personas que amaba.

Pero se habían ido.

Sus brazos estaban ardiendo, se lanzó fuera y rodó sobre el suelo mojado. Luego corrió. Nunca miró atrás hacia el fuego. Sólo corrió. Corrió hasta que el Sol salió, y no pudo correr más. Cuando el Sol se ocultó, corrió otra vez. Durante 5 días corrió así, hasta que todo signo humano desapareció.

J - Travis...
(Travis gira de nuevo su silla, esta vez para ponerse cara a cara con ella. Él la ve, pero ella sigue sin verle)
T - Si apagas la luz ahí dentro, ¿podrás verme?
J - No lo sé, nunca lo he probado.
(ella apaga, se ven ambos)
T - ¿Puedes verme?
J - Si.
T - ¿Me reconoces?
J - Oh, Travis.
T - He traído a Hunter conmigo. ¿Quieres verle?
J - Si... (ella está muy emocionada) Deseaba tanto verle que incluso no me atrevía a imaginármelo. Anne siguió mandándome fotos suyas, hasta que le pedí que no lo hiciera. No podía soportar el dolor de verle crecer y echarle de menos.
T - ¿Por qué no se quedó contigo, Jane?
J - No podía, Travis. No tenía lo que él necesitaba. No quería utilizarle para llenar mi vacío.
T - Te necesita, Jane. Y además, quiere verte.
J - ¿De verdad?
T - Si, te está esperando.
J - ¿Dónde?
T - En la ciudad, en un hotel. El Meridian. Habitación 1520. Mil quinientos veinte. (Travis va a colgar y marcharse)
J - No te irás, ¿verdad? (Jane golpea la ventana desesperada)
T - No puedo quedarme, Jane.
J - No te vayas. No te vayas... (Jane es la que se gira ahora, dando la espalda a Travis) Después de que te fuiste solía soltarte unos discursos muy largos. Solía hablarte a todas horas, aunque estuviera sola. Durante unos meses estuve hablándote. Ahora no sé qué decir. Era muy fácil cuando sólo te imaginaba, incluso imaginaba que me contestabas. Teníamos largas conversaciones. Los dos. Era casi como si estuvieras allí.

Podía oírte, verte, olerte. Podía oír tu voz.

A veces, tu voz me despertaba. Me despertaba en medio de la noche como si estuvieras en la habitación conmigo. Después, eso se desvaneció. Ya no pude imaginarte nunca más. Intenté hablar contigo en alto como solía hacerlo, pero no había nada.

No podía oírte.

Entonces, me di por vencida, todo se paró. Tú... desapareciste. Ahora trabajo aquí... Y oigo tu voz todo el tiempo. Todos los hombres tienen tu voz.

T - Le diré a Hunter que irás a verle.
J - Travis...
T - ¿Si?
J - Estaré allí.
T - Bien...
J - Hotel Meridian.
T - Si. Habitación 1520. (Travis cuelga y se va. Jane llora)

Paris, Texas de Wim Wenders.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Diálogos de cine (I) Eva al desnudo. Teatro.

- Así que se va a Hollywood.

- ¿Por qué?

- Sólo me lo preguntaba.

- ¿Te preguntabas qué?

- ¿Por qué?

- ¿Por qué, qué?

- ¿Por qué tiene que irse allí?

- No es que deba, es que quiero.

- ¿Es por el dinero?

- El 80% se me irá en impuestos.

- Entonces, ¿por qué? Cuando es el director joven con más éxito del teatro.

- El teatro, ¡el teatro! ¿Dónde pone que el teatro exista sólo en unos feos edificios apiñados en dos kilómetros cuadrados de Nueva York? ¿O de Londres, París o Viena? Escucha, jovencita, y aprende. ¿Quieres saber que es el teatro? Un circo de pulgas. También es ópera y rodeos, carnavales, ballets, danzas tribales, guiñol, un hombre orquesta: todo es teatro. Donde haya magia, fantasía y público, hay teatro. El Pato Donald, Ibsen y el Llanero Solitario. Sarah Bernhardt y Poodles Hanneford, Lunt y Fontanne, Betty Grable. Rex el caballo salvaje, Eleonora Duse: todo es teatro. No los entiendes a todos. No te gustan todos. ¿Por qué iba a ser así? El teatro es para cualquiera, incluida tú, pero no en exclusiva. Así que no lo apruebes ni desapruebes. Quizá no sea tu tipo de teatro, pero , en algún sitio, para alguien lo es.

- Sólo he hecho una sencilla pregunta.

- Y yo me he disparado. Nada personal, jovencita. Es sólo que hay tanta tontería en este camerino de marfil al que llaman teatro que a veces se me atraganta.

- Pero Hollywood… No debe quedarse allí.

- No es más que una película.

- Muy pocos vuelven.

- …

- Leo a George Jean Nathan todas las semanas.

- También a Addison Hewitt.

- Todos los días.

- No hacía falta que me lo dijeras.


Eva al desnudo, de Robert Mankiewicz