La incomunicación es el caballo de Troya que nosotros mismos hemos introducido dentro de nuestras murallas. La hemos alimentado, hecho crecer y desarrollado hasta tal punto que está a punto de fagocitarnos por completo, de destruir lo que siglos y milenios de evolución han logrado; algo que casi se podría dar por innato en el ser humano está pendiendo de un hilo rodeado de cuchillas.
Como buen mal endémico, esta incomunicación se expande imparable por Occidente, como si una epidemia nos afectara y nos la fuéramos pasando unos a otros. Eso si, teniendo muy en cuenta el no comentarlo, no sea que haya que profundizar en conversaciones que requieran ese anticuado vicio del pensamiento y la reflexión.
Podemos conectarnos pero no somos capaces de encontrarnos.
Bajo todas las estrellas muestra una pequeña, casi mínima, situación de incomunicación llevada al límite más atroz de una manera tranquila, sosegada, aparentemente indolora. El conflicto puede ser nuevo o viejo, pero también puede ser una nube que oscurece cada segundo de una vida, y como tal, afecta a los personajes de esta historia. Una historia de incomunicación, si, pero también de soledad, de recuerdos, de sentimientos encontrados, de maneras opuestas de entender y vivir la vida.
Opuestas y ninguna correcta, opuestas y ninguna errónea.
Bajo todas las estrellas, mi primer cortometraje rodado en España.
Próximamente.