El pasado domingo, vimos uno más de los grandísimos duelos que nos están ofreciendo los dos mejores tenistas del momento, y quizá dos que entrarán en el olimpo de genios de este deporte, si es que no lo están ya.
Y si, son Roger Federer y Rafael Nadal, suizo y español, rivales y amigos, que nos demostraron que el deporte de alto nivel es algo más que competición y que los sentimientos juegan una parte más importante de lo que se cree. 4 horas y media de partido, de una final que pasará a la historia, una historia que está llena ya de finales de ellos y que acabará plagada si mantienen este nivel de tenis que les convierte casi en imbatibles para el resto del circuito.
Con el Open de Australia, Nadal suma su sexto Grand Slam (4 Roland Garros, 1 Wimbledon y este en Australia), aun muy por detrás de los que suma Federer, que eso si, con la edad de Rafa apenas contaba con 1 en su haber. Desde luego los partidos entre ambos son con seguridad el duelo deportivo más interesante y más emocionante del deporte en este siglo XXI, alcanzando incluso unas cotas de emotividad increíbles, como vimos al finalizar el partido con la victoria de Rafa, la venida abajo de Federer en la entrega de trofeos, sus lágrimas de impotencia, la cara descompuesta de Nadal mientras le veía y las entrecortadas palabras del suizo: “Dios, esto me está matando...”
Roger Federer es pura elegancia en la pista, su calidad y su perfeccionismo en el juego no tienen igual, pero la agresividad física y mental de Rafa, unida a su brutal repertorio de golpes desde el fondo de la pista, hace que cualquier intento de batirle sea más complicado que escalar el Everest en zapatillas de estar por casa.
Desde luego, espero que sigamos disfrutando de los apasionantes duelos que nos ofrecen en cada torneo en el que se cruzan, y que la mentalidad de Federer se endurezca, porque sino la brecha será mayor cada vez entre ambos.
¡Vamos Rafa!
